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La generacion que va a recuperar malvinas

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LA GENERACIÓN QUE VA A RECUPERAR MALVINAS

Una hoja de ruta minarquista para la recuperación pacífica de la soberanía

Ensayo de análisis estratégico, económico, militar y geopolítico

* * *

Preámbulo: Sobreviviendo

Antes de hablar de Malvinas, hay que escuchar.

Existe una versión de "Sobreviviendo" —la canción que León Gieco escribió en 1982, en plena dictadura, mientras los pibes morían en las islas— interpretada por Traiko Pinuer, frontman de Meta Guacha, en el ciclo Un poco de ruido. Es una versión que, antes de cualquier análisis estratégico, antes de cualquier capítulo sobre rearme o diplomacia o geopolítica, conviene tener presente.

Hay tres razones por las que esta versión sirve como puerta de entrada al ensayo.

Primero, por quién la canta. Traiko Pinuer nació en Chile en 1971. Tenía dos años cuando el golpe contra Salvador Allende obligó a sus padres —su padre de Temuco, su madre delegada sindical en una fábrica de Valparaíso— a cruzar la Cordillera con él en brazos. Hijo de exiliados políticos, criado en una Argentina que les abrió la puerta cuando todo se cerraba, Traiko construyó su carrera desde la cumbia villera, ese género que la cultura oficial despreció durante décadas y que terminó siendo una de las pocas expresiones artísticas genuinamente populares del país. Un cumbiero hijo de chilenos cantando sobre Malvinas no es una casualidad estética: es un recordatorio de que la causa argentina sobre las islas no pertenece a una clase social, ni a un signo político, ni a un género musical. Pertenece al pueblo. A todo el pueblo. Incluido al que la cultura legítima suele ignorar.

Segundo, por la letra modificada. En la versión original de Gieco, el verso central dice: "Tengo cierta memoria que me lastima, y no puedo olvidarme lo de Hiroshima". Pero en la versión que el propio Gieco canta junto a Víctor Heredia desde hace décadas —y que Pinuer retoma con su propia voz— la línea muta a: "no puedo olvidarme lo de Malvinas". Ese cambio mínimo lo cambia todo. Convierte una canción universal sobre la guerra en general en una canción específica sobre nuestra guerra, nuestros muertos, nuestra herida abierta. Hiroshima fue el siglo XX cayendo sobre Japón. Malvinas fue —y es— la Argentina misma, sobreviviendo. Cuando Pinuer canta "no puedo olvidarme lo de Malvinas", no está cantando una metáfora: está cantando la Cláusula Transitoria Primera de nuestra Constitución, está cantando los 649 caídos, está cantando el reclamo que ningún gobierno —de ningún signo— ha logrado clausurar.

Tercero, por el verbo. Sobreviviendo. El gerundio importa. No "habiendo sobrevivido", como si fuera algo terminado. No "vamos a sobrevivir", como promesa futura. Sobreviviendo: ahora, en este momento, mientras se escribe este ensayo, mientras los británicos extraen petróleo del proyecto Sea Lion en aguas que la Constitución argentina considera propias, mientras los Eurofighter Typhoon patrullan desde Mount Pleasant, mientras los gobiernos argentinos firman acuerdos como Foradori-Duncan o Mondino-Lammy y luego los desarman, mientras el reclamo sigue vivo en Naciones Unidas pese a todo. Argentina sobre Malvinas hace lo mismo que Pinuer en esa canción: sobrevive. No avanza, no retrocede del todo, no claudica, no triunfa. Sobrevive.

Y aquí aparece la pregunta de fondo que motiva todo este ensayo: ¿alcanza con sobrevivir? Porque sobrevivir es la condición mínima de existencia. Es lo que se hace cuando todo lo demás falló. Es el último acto de dignidad antes de la nada. Pero un país no puede aspirar a sobrevivir como horizonte permanente. Un país aspira a recuperar lo que le pertenece. Un país aspira a vivir, no a sobrevivir.

La canción de Gieco lo dice mejor que cualquier ensayo:

"Ya no quiero ser sólo un sobreviviente, quiero elegir el día para mi muerte. Tengo la carne joven, roja la sangre, la dentadura buena y mi esperma urgente, quiero la vida de mi simiente."

Eso es exactamente lo que la Argentina debe hacer con Malvinas. Dejar de ser sólo sobreviviente del 1833, sólo sobreviviente del 1982, sólo sobreviviente de Foradori-Duncan, sólo sobreviviente de cuarenta años de diplomacia errática. Dejar de sobrevivir y empezar a elegir. Elegir el modelo de país que vuelva la recuperación inevitable. Elegir las alianzas internacionales que la hagan posible. Elegir las herramientas militares, económicas, jurídicas y culturales para sostenerla. Elegir, por fin, la vida de la simiente: las generaciones que vienen y que merecen heredar una Argentina íntegra, no una Argentina mutilada.

Este ensayo es, en última instancia, eso: una propuesta para dejar de sobrevivir. Una hoja de ruta para que la próxima vez que alguien le pregunte a un argentino cómo está la cuestión Malvinas, la respuesta no sea "sobreviviendo". La respuesta sea: "viviendo. Plenamente. Por fin".

Pero antes de avanzar hacia ese objetivo, escuchemos la canción. Porque ningún plan estratégico, ningún capítulo de geopolítica, ninguna recomendación minarquista tiene sentido si no se reconoce primero la herida. Y esa herida, cuando Traiko Pinuer la canta desde la cumbia villera, con su voz rota y su fraseo de barrio, suena más verdadera que cualquier comunicado oficial de Cancillería.

Sobreviviendo. Por ahora.

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Introducción

La cuestión Malvinas constituye, desde la ocupación británica del 3 de enero de 1833, una herida abierta en la integridad territorial argentina. La Disposición Transitoria Primera de la Constitución Nacional, sancionada por unanimidad en 1994, establece con claridad meridiana que "la recuperación de dichos territorios y el ejercicio pleno de la soberanía, respetando el modo de vida de sus habitantes, y conforme a los principios del derecho internacional, constituyen un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino". Sin embargo, el modo de cumplir ese mandato continúa siendo materia de debate.

Este ensayo propone una hoja de ruta integral, articulada desde una perspectiva minarquista —entendida como aquella tradición que defiende un Estado limitado a sus funciones esenciales (justicia, seguridad y defensa), un orden de mercado libre y la primacía de los derechos individuales sobre el constructivismo estatal—. Desde ese marco, la recuperación de Malvinas no se concibe como una empresa militarista ni como un acto romántico de reivindicación nacionalista, sino como la culminación natural de un proceso de transformación nacional que vuelva a la Argentina un país económicamente próspero, jurídicamente confiable, militarmente disuasivo y diplomáticamente respetable. La aventura de 1982 demostró, con sangre joven derramada, que el voluntarismo militar sin sustento estratégico conduce al desastre. La vía correcta es otra: construir una Argentina tan atractiva, sólida y predecible que la soberanía sobre las islas resulte la conclusión lógica de un proceso histórico inevitable, no el premio arrancado por la fuerza.

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Capítulo I: El diagnóstico de partida

El estado actual de la disputa

La Argentina sostiene su reclamo sobre tres pilares jurídicos sólidos. Primero, la sucesión de Estados respecto del Imperio Español, que ejercía soberanía efectiva sobre el archipiélago hasta 1810. Segundo, la ocupación efectiva ejercida desde 1820 hasta el acto de fuerza británico de 1833. Tercero, el respaldo internacional cristalizado en la Resolución 2065 (XX) de la Asamblea General de las Naciones Unidas, aprobada el 16 de diciembre de 1965, que reconoció la existencia de una disputa de soberanía entre el Reino Unido y la Argentina, encuadró el caso como situación colonial e invitó a las partes a resolver la disputa atendiendo a los intereses —no a los deseos— de los habitantes.

La posición británica, en cambio, descansa fundamentalmente sobre el principio de autodeterminación de los isleños, materializado en el referéndum de marzo de 2013, en el que 1.513 habitantes (99,8 % de los votantes) optaron por mantener el estatus de territorio británico de ultramar, frente a sólo 3 votos negativos. Ese argumento, sin embargo, presenta una debilidad jurídica fundamental: la población actual fue implantada después de 1833 mediante el desplazamiento de los pobladores argentinos originales, lo que la priva del estatus de "pueblo colonizado" en el sentido que la doctrina internacional reconoce a tal principio.

El dispositivo militar británico

Cualquier estrategia de recuperación debe partir de un diagnóstico realista del adversario. La fortaleza militar británica en el Atlántico Sur es considerable. El Reino Unido mantiene aproximadamente 1.500 efectivos en las islas en todo momento, articulados en torno a la base RAF Mount Pleasant, construida tras la guerra de 1982. El componente aéreo cuenta con un destacamento permanente de cuatro Eurofighter Typhoon en alerta de reacción rápida, complementado por aeronaves Airbus A400M Atlas de transporte y un avión cisterna Voyager que asegura el flujo logístico. La defensa antiaérea fue actualizada con la introducción del sistema Sky Sabre en reemplazo del Rapier, con alcance efectivo de hasta 25 kilómetros y cobertura de 360 grados, integrando el misil supersónico CAMM.

A esto se suma la rotación permanente de unidades de élite —recientemente, el 1.º Batallón del Regimiento Real Irlandés y el 4.º Batallón del Regimiento de Paracaidistas— y el respaldo estratégico de la Royal Navy con sus submarinos clase Astute y Vanguard. La conclusión inevitable es que un enfrentamiento militar directo en el corto o mediano plazo no sólo sería temerario sino, peor aún, contraproducente: regalaría al Reino Unido la legitimidad defensiva que hoy carece y consolidaría su presencia ante la opinión pública internacional.

El estado de las fuerzas argentinas

La Argentina llega al presente con fuerzas armadas que durante décadas sufrieron el desfinanciamiento sistemático. La incorporación reciente de los primeros cazas F-16 representa un primer paso correctivo: en diciembre de 2025 arribaron los primeros seis cazas F-16 Fighting Falcon comprados a Dinamarca por unos 300 millones de dólares, con un contrato total que asciende a más de 900 millones contando armamentos y otros costos, la mayor adquisición de aeronaves militares del país en décadas. El plan contempla la incorporación de 24 F-16A/B Block 15 MLU, con entregas completas previstas antes de 2027, integrándose al Grupo 6 de Caza. Adicionalmente, se han adquirido aviones Lockheed P-3C Orion para la Armada, vehículos Stryker para el Ejército, y se negocia la compra de submarinos franceses.

Sin embargo, conviene ser sobrios: estos pasos son condiciones necesarias pero ampliamente insuficientes para alterar el balance estratégico en el Atlántico Sur. Constituyen, en rigor, una restauración de capacidades mínimas más que una proyección ofensiva. Y eso está bien. La estrategia minarquista no busca paridad militar con una potencia nuclear miembro del Consejo de Seguridad: busca disuasión creíble, control efectivo del propio espacio aéreo y marítimo, y proyección de seriedad.

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Capítulo II: El fundamento económico — la Argentina próspera como condición previa

Por qué la economía precede a la geopolítica

Aquí reside el eje conceptual del enfoque minarquista: ningún país débil, inflacionario, deudor crónico y políticamente errático puede aspirar seriamente a recuperar territorios disputados. La fortaleza geopolítica es una función de la fortaleza económica e institucional. Argentina perdió las islas en 1833 cuando era una nación naciente, débil y dividida. Perdió la guerra de 1982 cuando era una dictadura aislada y económicamente quebrada. La lección es inequívoca: sin solvencia interna, no hay proyección externa.

El proceso de transformación iniciado en diciembre de 2023 ofrece, en este sentido, un punto de inflexión. Argentina aparece como el país que más mejoró su puntaje en todo el ranking global del Índice de Libertad Económica 2026 de la Fundación Heritage. Las proyecciones de consenso sitúan el crecimiento del PBI argentino en torno al 3 % anual hasta 2030, contrastando con el crecimiento cero registrado en la década previa y por encima del promedio latinoamericano.

Los pilares económicos de la estrategia

Una Argentina con vocación recuperatoria debe consolidar, como mínimo, los siguientes pilares estructurales:

Primero, equilibrio fiscal permanente y reducción del Estado a sus funciones esenciales. La doctrina minarquista enseña que el Estado debe limitarse a la provisión de justicia, seguridad y defensa exterior. Liberar recursos hoy capturados por estructuras burocráticas redundantes permite financiar precisamente aquello que el Estado sí debe hacer bien: equipar fuerzas armadas modernas, sostener un servicio exterior profesional y construir infraestructura estratégica en la Patagonia austral.

Segundo, estabilidad monetaria y libertad de monedas. Una moneda confiable es condición previa para cualquier proyecto de largo plazo. La transición hacia la competencia de monedas y la eventual eliminación de los mecanismos inflacionarios que durante décadas licuaron el ahorro argentino es indispensable para atraer capital genuino y financiar el desarrollo del Sur.

Tercero, atracción de inversión extranjera directa con seguridad jurídica. El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), con estabilidad jurídica a largo plazo y beneficios fiscales, ya ha aprobado proyectos por más de 25.000 millones de dólares en sectores clave como energía, minería, litio e infraestructuras. Vaca Muerta, el litio del NOA, los recursos del mar argentino: todo forma parte del mismo tablero.

Cuarto, integración productiva real con la Patagonia. Tierra del Fuego, Santa Cruz y Chubut deben transformarse en polos de desarrollo competitivo, no en regímenes especiales subsidiados. La proyección efectiva sobre el Atlántico Sur exige una Patagonia poblada, próspera y conectada, con infraestructura portuaria, aeroportuaria, energética y de comunicaciones de primer nivel.

El argumento del bienestar comparativo

Aquí surge un punto que la diplomacia argentina ha desaprovechado durante décadas: la verdadera arma persuasiva frente a los isleños no es el reclamo histórico —que ellos no comparten ni comprenden— sino la diferencia de calidad de vida y oportunidades entre una Argentina próspera y la lejana metrópoli británica. Cuando los habitantes de las islas perciban que integrarse —en cualquier forma jurídica— a una Argentina libre, próspera, con bajos impuestos, justicia independiente y respeto irrestricto a la propiedad privada y a sus tradiciones les ofrece más oportunidades que permanecer como ciudadanos de segunda categoría de una potencia decadente, la cuestión política comenzará a moverse sola. Ese es el sentido profundo de "respetar el modo de vida de sus habitantes" que la Constitución exige.

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Capítulo III: El componente militar — disuasión sin aventurerismo

La doctrina defensiva minarquista

Desde una perspectiva minarquista, las fuerzas armadas existen para proteger la vida, la libertad y la propiedad de los ciudadanos frente a amenazas externas. No son un instrumento de política industrial, ni una herramienta de prestigio, ni un actor político interno. Son una institución profesional, técnica y subordinada al poder civil, financiada con recursos que los ciudadanos aportan a regañadientes y por lo tanto deben gastarse con extrema responsabilidad.

Bajo este prisma, el rearme argentino debe perseguir tres objetivos concretos:

1. Recuperación del control efectivo del espacio aéreo y marítimo nacional. Hoy, parte significativa del territorio argentino carece de cobertura radar real. Las flotas pesqueras extranjeras depredan recursos en el límite de la zona económica exclusiva con virtual impunidad. La explotación pesquera ilegal no se limita a los 11.410 km² de Malvinas sino que avanza sobre 1.639.900 km² del territorio marítimo argentino. Antes de proyectar fuerza sobre las islas, hay que recuperar control efectivo sobre el continente.

2. Disuasión creíble en el Atlántico Sur. No se trata de igualar al Reino Unido —tarea imposible— sino de elevar el costo político y militar de cualquier acción británica contra el continente argentino o sus intereses legítimos. Una flota de cazas F-16 modernizados, submarinos convencionales modernos, sistemas antibuque costeros y capacidades de ciberdefensa pueden cumplir esa función sin comprometer presupuestariamente al país.

3. Capacidades de proyección logística sobre el Sur Atlántico y la Antártida. La presencia argentina permanente en la Antártida (seis bases activas) es, por ahora, el mejor "anclaje" geopolítico nacional en la región. Reforzarla, modernizar el rompehielos ARA Almirante Irízar, ampliar la capacidad de Ushuaia como puerto antártico y desarrollar la base aérea Río Grande son inversiones estratégicas de altísimo retorno.

Lo que NO debe hacerse

Cualquier provocación militar, ejercicio de fuerza, o retórica beligerante regalaría al Reino Unido la justificación que necesita para mantener Mount Pleasant. Medios británicos especializados ya interpretaron los recientes ejercicios británicos en el Atlántico Sur como una operación destinada explícitamente a "demostrar poder y disuadir a Argentina". La actitud argentina debe ser exactamente la opuesta: profesionalismo militar silencioso, respeto escrupuloso al derecho internacional, ausencia total de gestos hostiles. La paciencia es, aquí, una virtud cardinal.

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Capítulo IV: La estrategia geopolítica y diplomática

El precedente Chagos: lo que puede y lo que no puede transferirse

El proceso por el cual el Reino Unido aceptó transferir el archipiélago de Chagos a Mauricio, manteniendo la base militar conjunta con Estados Unidos en Diego García, ha despertado un entusiasmo comprensible en sectores de la diplomacia argentina. Sin embargo, conviene la prudencia analítica: el caso Chagos y el caso Malvinas presentan diferencias estructurales relevantes. Existe una notable diferencia entre territorios que quieren permanecer bajo la tutela del Reino Unido, como Gibraltar y las Malvinas, y el caso de Chagos, donde la población fue expulsada por la fuerza y el Reino Unido finalmente cedió la soberanía a Mauricio reconociendo así la disputa.

Más aún, el proceso Chagos sufrió un revés significativo: el Reino Unido pausó el acuerdo después de que Estados Unidos no confirmara formalmente su aprobación y el presidente Trump exigiera al gobierno británico no "perder el control" del archipiélago. La lección estratégica es clara: el factor decisivo en este tipo de procesos es la postura de Washington. Sin alineación —o al menos neutralidad benévola— de Estados Unidos, ninguna transferencia de soberanía es viable.

El factor estadounidense

Aquí aparece la oportunidad histórica más relevante de las últimas cuatro décadas. La filtración sobre la posibilidad de que Estados Unidos retire su apoyo al Reino Unido en la disputa sobre las Islas Malvinas reactivó el reclamo de soberanía argentino, ya que si Londres pierde ese respaldo podría ganar fuerza la Resolución 2065 de la ONU que lo obliga a sentarse a negociar. La estrategia argentina debe orientarse decididamente a profundizar la alianza con Estados Unidos en términos económicos, comerciales, estratégicos y militares, generando incentivos para que Washington considere que Argentina —y no el Reino Unido— es el socio natural en el Atlántico Sur.

Esto no implica subordinación, sino convergencia inteligente de intereses. La Argentina aporta a esa relación: territorio antártico, recursos energéticos críticos (Vaca Muerta, litio), un mercado en expansión, un gobierno alineado ideológicamente con la administración republicana, y una posición geográfica estratégica frente a la creciente presencia china en Sudamérica.

Los foros multilaterales

La Resolución 2065 sigue siendo, en palabras de la propia Cancillería argentina, "la columna vertebral" del reclamo. La Asamblea General adoptó por abrumadora mayoría y sin ningún voto negativo esta resolución mediante la cual la comunidad internacional reconoció la existencia de la disputa de soberanía e instó a ambas partes a encontrar una solución pacífica a través de negociaciones bilaterales. El trabajo diplomático debe consistir en mantener viva esta resolución, sumando respaldo en cada Asamblea General, en el Comité de Descolonización, en la OEA, en las cumbres iberoamericanas y en el sistema multilateral en su conjunto.

Particular atención merece la batalla por la denominación: que el mundo diga "Malvinas" antes que "Falklands" no es un detalle menor sino una victoria semántica acumulativa.

La cuestión de los recursos

El proyecto Sea Lion plantea un desafío inmediato. Empresas como Navitas Petroleum y Rockhopper anunciaron el desarrollo del proyecto Sea Lion, ubicado en la Cuenca Norte, donde estiman reservas equivalentes a 1.700 millones de barriles de petróleo. El proyecto se encuentra ubicado dentro de la plataforma continental argentina y se pretende extraer 500 millones de barriles desde un punto a 240 kilómetros de Puerto Argentino.

La respuesta argentina, desde el marco minarquista, no debe pasar por nacionalismos económicos voluntaristas, sino por instrumentos jurídicos concretos: aplicación rigurosa de las leyes 26.659 y 26.915, sanciones efectivas a empresas operadoras, denuncia sistemática en foros internacionales, y —crucialmente— el desarrollo competitivo del offshore argentino dentro de las áreas no disputadas (cuenca Malvinas Oeste y Cuenca Austral) bajo regímenes de inversión transparentes y atractivos. Cuando la Argentina logre que su propio offshore sea económicamente más rentable que el de las empresas que operan ilegalmente en zona disputada, el problema económico se resuelve solo.

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Capítulo V: El factor humano — los habitantes de las islas

Un punto incómodo pero inevitable

Cualquier análisis honesto debe abordar la realidad demográfica: los aproximadamente 3.500 habitantes de las islas no quieren ser argentinos. El 99,8 % de los votantes en el referéndum de 2013 se pronunció a favor de continuar bajo soberanía británica. Esta voluntad, aunque jurídicamente irrelevante en términos del derecho internacional aplicable a casos de descolonización con población implantada, es políticamente real y debe ser tratada con seriedad.

El enfoque minarquista: respeto, no imposición

Aquí la doctrina minarquista ofrece una ventaja moral y práctica sobre los enfoques tradicionales. Una Argentina que respeta de forma irrestricta los derechos individuales —propiedad privada, libertad religiosa, libertad cultural, libertad lingüística, libertad económica, autogobierno municipal— ofrece a los isleños un marco institucional infinitamente más atractivo que el que podría ofrecer cualquier proyecto estatista o populista.

La estrategia debe consistir, gradualmente, en demostrar a los habitantes de las islas que:

1. Sus tierras y propiedades serán respetadas sin excepción.

2. Su sistema escolar, su lengua y sus tradiciones permanecerán intactos.

3. Tendrán autonomía local plena bajo un régimen federal o de territorio especial.

4. Conservarán las ventajas de un mercado abierto sin las desventajas del aislamiento británico.

5. Su seguridad personal y jurídica estará mejor garantizada bajo un Estado de derecho moderno que bajo la tutela militar de una potencia lejana en declive relativo.

Construcción gradual de confianza

Esto exige un trabajo de décadas: visitas humanitarias, intercambios educativos, vuelos comerciales (suspendidos por años), facilitación del paso de familiares de caídos, cooperación científica antártica, intercambio comercial. Cada gesto, cada año, cada generación que pasa con relaciones normales reduce la barrera psicológica.

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Capítulo VI: La hoja de ruta — fases concretas

A modo de síntesis, una secuencia coherente podría organizarse en cuatro fases:

Fase 1 (años 1–5): Reconstrucción interna

Consolidación del equilibrio fiscal. Eliminación de la inflación. Apertura económica plena. Reforma laboral profunda. Reconstrucción de las capacidades militares mínimas (completar el programa F-16, adquirir submarinos modernos, modernizar la Armada). Profundización de la alianza estratégica con Estados Unidos. Mantenimiento del reclamo diplomático sin estridencias.

Fase 2 (años 5–15): Proyección del Sur

Desarrollo intensivo de la Patagonia austral. Infraestructura portuaria de clase mundial en Ushuaia, Río Grande, Río Gallegos, Comodoro Rivadavia. Explotación competitiva del offshore en cuencas no disputadas. Refuerzo de la presencia antártica. Construcción de una base industrial naval y aeroespacial en el Sur. Diplomacia activa para erosionar la posición británica en foros multilaterales.

Fase 3 (años 15–25): Convergencia y diálogo

Con una Argentina próspera, con superávit fiscal estructural, con fuerzas armadas profesionales y con relaciones internacionales sólidas, la apertura de canales formales de diálogo bilateral sobre todos los aspectos de la cuestión —comercio, transporte, recursos, seguridad— se vuelve viable. Se trata de construir el consenso interno y externo para que la negociación sustantiva sobre soberanía sea ineludible.

Fase 4 (más allá): Solución institucional

La modalidad jurídica final —transferencia plena, condominio temporal, soberanía argentina con autonomía isleña amplia, u otra fórmula— deberá ser objeto de negociación específica. Lo crucial es comprender que sólo una Argentina previamente transformada estará en condiciones de negociar de manera ventajosa.

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Capítulo VII: Mauricio Macri y la paradoja del peor presidente posible para la mejor coyuntura imaginable

La incómoda verdad de partida

Cualquier análisis honesto de la cuestión Malvinas en el contexto Trump-2026 obliga a sostener simultáneamente dos afirmaciones que parecen contradictorias pero no lo son: Mauricio Macri fue, mensurablemente, uno de los peores presidentes que tuvo la Argentina democrática; y, al mismo tiempo, en el tablero geopolítico actual, sigue siendo la pieza individual con mayor capacidad probada de mover voluntades en el círculo íntimo de Donald Trump. Sostener ambas cosas no es una contradicción: es comprender la naturaleza miserable de la política internacional, donde los activos diplomáticos rara vez coinciden con los méritos morales o de gestión.

Conviene empezar por lo primero, sin eufemismos.

El balance objetivo del gobierno Macri (2015-2019): el fracaso documentado

Macri asumió en diciembre de 2015 con un mandato claro: terminar con el populismo kirchnerista, ordenar las cuentas públicas, atraer inversiones y normalizar la inserción internacional argentina. Cuatro años después, entregó un país con inflación interanual del 53,8 % —cuando había recibido una del 25 %—, pobreza del 35,5 % cuando había recibido 29 %, deuda con el FMI de 44.500 millones de dólares contraída en el mayor préstamo stand-by de la historia del organismo y todavía hoy en cabeza del Tesoro argentino, una fuga de capitales de 86.200 millones de dólares según cifras del propio BCRA, una recesión de dos años consecutivos, y la entrega del poder al kirchnerismo más radical: la fórmula Alberto Fernández-Cristina Kirchner. Era exactamente lo que había prometido evitar.

Ningún relato épico cambia esos números. El gobierno que se presentó como la solución modernizadora terminó, por su propia incompetencia para administrar las expectativas y por la incapacidad estructural de su elenco económico, devolviendo a la Casa Rosada al kirchnerismo del que había venido a salvar al país. Es la peor calificación posible para un proyecto político: haber resucitado al adversario.

A ese fracaso macroeconómico se sumó una política exterior caracterizada por la inocencia conceptual y la complacencia con cualquier interlocutor que aplaudiera al presidente. La forma extrema de esa complacencia fue el Acuerdo Foradori-Duncan del 13 de septiembre de 2016, que merece tratamiento aparte.

Foradori-Duncan: la concesión histórica como expresión de un estilo de gobernar

El 13 de septiembre de 2016, los vicecancilleres Carlos Foradori (Argentina) y Sir Alan Duncan (Reino Unido) firmaron el "Comunicado Conjunto" que pasó a la historia como Acuerdo Foradori-Duncan. El texto comprometía a "remover todos los obstáculos que limitan el crecimiento económico y el desarrollo sustentable de las Islas Malvinas" —comercio, pesca, navegación, hidrocarburos—, autorizaba conexiones aéreas adicionales con terceros países (la ruta San Pablo–Malvinas con escala mensual en Córdoba), y omitía absolutamente toda mención a la disputa de soberanía o a la Resolución 31/49 de la ONU que prohíbe modificaciones unilaterales en los territorios en disputa.

El propio formato del pacto —"comunicado conjunto" en lugar de tratado— fue elegido deliberadamente para esquivar el control parlamentario que exige la Cláusula Transitoria Primera de la Constitución Nacional. Es decir: hubo conciencia plena de que lo firmado violaba el espíritu del mandato constitucional. Años después, en sus memorias, Sir Alan Duncan reveló que el pacto se había sellado en una bodega de la embajada británica con Foradori "completamente borracho" tras múltiples botellas de vino tinto. Foradori negó la versión, pero el escándalo fue suficiente para que la Cancillería bajo Cafiero abriera una investigación interna. Más allá del episodio etílico, lo verdaderamente grave es lo que el pacto significó como política: Mauricio Macri fue el primer presidente desde 1983 que omitió mencionar Malvinas en su discurso de asunción, eliminó la Secretaría de Asuntos Relativos a las Islas Malvinas, y permitió que un vicecanciller cediera por escrito en cuestiones que el reclamo argentino había construido durante medio siglo.

La firma de Foradori-Duncan no fue un accidente: fue la expresión coherente de un estilo de gobernar. Macri gobernaba para la palmada en la espalda de los líderes occidentales, no para los intereses argentinos de largo plazo. Cuando los británicos le ofrecieron una agenda de "deshielo" sin contenido soberano, su gobierno la firmó. Cuando los acreedores internacionales pidieron deuda en dólares a tasas usurarias, su gobierno la tomó. Cuando los chinos pidieron mantener acuerdos kirchneristas, su gobierno los mantuvo. La pauta es siempre la misma: ceder en lo importante a cambio de gestos simbólicos.

El PRO post-Macri: un partido que vive del pasado

Siete años después de su derrota electoral, el PRO sigue presentando a Mauricio Macri como referente máximo, lo que constituye la prueba más palpable de la decadencia intelectual del partido. Macri perdió en 2019 contra el peronismo más radical. Perdió en 2021 las legislativas pese al desastre del gobierno Fernández. Perdió en 2023 contra Javier Milei, un outsider que un año antes nadie tomaba en serio. Y en 2024 terminó subordinando su partido a Milei, primero negociando incorporaciones al gabinete y luego entregando candidaturas para no desaparecer electoralmente.

Un partido sano, frente a esa serie de derrotas, habría producido renovación de cuadros, autocrítica de fondo, y nuevas figuras con capacidad de proyectar una década hacia adelante. El PRO produjo lo contrario: una dependencia patológica de la figura de Macri, sostenida no por sus aciertos sino por la incapacidad de los demás dirigentes para construir liderazgos propios. Patricia Bullrich migró a Milei. Horacio Rodríguez Larreta quedó políticamente neutralizado tras su fracaso en las PASO de 2023. María Eugenia Vidal abandonó la primera línea. Las nuevas generaciones del partido son cuadros de gestión, no líderes con proyecto. En ese vacío, Macri reaparece en cada cena, en cada cumbre, en cada seminario, presentándose como el adulto en la habitación que sigue teniendo "la llave" hacia Trump, hacia el FMI, hacia los grandes hacedores del mundo. Es la postura de un dirigente que confunde su agenda de contactos con un proyecto de país.

El PRO actual es, en términos prácticos, un partido sin programa, sin renovación, sin elenco competitivo y sin idea de futuro, sostenido por la inercia de un nombre. Que ese nombre sea presentado como la garantía de la política exterior argentina es la mejor evidencia de que el partido ha agotado su ciclo histórico.

La paradoja geopolítica: por qué, a pesar de todo, Macri es la pieza más útil sobre el tablero Trump

Y sin embargo. Aquí entra la lectura realista, fría, sin sentimentalismos, que el minarquismo riguroso debe asumir. A pesar del fracaso de su gestión, a pesar de Foradori-Duncan, a pesar del partido en ruinas que arrastra, Mauricio Macri es hoy el argentino con mayor capacidad demostrada para influir sobre Donald Trump en una decisión específica de política exterior. Y esto importa, porque la coyuntura abierta en 2026 —la filtración del memo Colby, las tensiones Trump-Starmer por Chagos y por la guerra contra Irán, el rescate Bessent a la Argentina— ofrece la primera ventana real en cuatro décadas para mover la posición estadounidense sobre Malvinas.

Las razones de esa capacidad son fácticas, no afectivas. Macri y Trump se conocen desde 1979 a través de los negocios inmobiliarios neoyorquinos del Grupo Socma con la Trump Organization, particularmente el Proyecto Lincoln West de Manhattan. La frustración del negocio en los años 80 —Mauricio terminó vendiéndole el predio a Trump por una cifra entre 95 y 115 millones de dólares en 1984— marcó, paradójicamente, una relación personal duradera. Trump confirmó públicamente esa amistad durante el G-20 de Buenos Aires de 2018, recordando que conocía "muy bien" a Franco Macri y elogiando a Mauricio. Más importante en términos operativos: el préstamo del FMI de 2018 por aproximadamente 57.000 millones de dólares —el mayor de la historia del organismo— fue, según reconoció públicamente Mauricio Claver-Carone, entonces representante de Estados Unidos ante el FMI, una operación política directamente impulsada por Trump para sostener la candidatura de reelección de Macri. Es decir: hay un antecedente concreto, documentado, de Trump usando capital político personal para inclinar decisiones de organismos multilaterales en favor del gobierno argentino, motivado por su vínculo con Macri.

Ese antecedente se reactivó en 2025. Cuando Milei viajó a Mar-a-Lago en abril de 2025 buscando una foto con Trump, el plantón presidencial expuso brutalmente los límites del vínculo directo. Cuando estalló la corrida cambiaria de octubre de 2025, fue el rescate del secretario Scott Bessent —un swap de 20.000 millones de dólares ampliado luego a 40.000— lo que estabilizó la situación. Y fue Macri quien funcionó, según múltiples reportes periodísticos serios, como interlocutor político ante Washington para destrabar esa operación. El propio Macri lo confirmó indirectamente en un seminario en Chile en octubre de 2025: "Conozco a Trump desde hace más de 40 años. Su apoyo a Milei y al acuerdo con el Fondo Monetario fue clave". La distancia operativa entre lo que Milei pudo hacer por sí mismo (foto fallida) y lo que se logró cuando Macri intervino (rescate financiero histórico) es la prueba empírica de que el activo está vivo.

El uso instrumental del activo: cómo aprovecharlo sin entregarse

Aceptado el diagnóstico anterior, la pregunta minarquista correcta no es si Macri es buena persona o si gobernó bien —no lo es y no lo hizo—, sino cómo se utiliza ese activo específico para un objetivo específico sin entregarle el control de la política exterior argentina ni convalidar un retorno político del PRO. La respuesta debe articularse en cuatro principios rigurosos:

Primero, uso quirúrgico, no generalizado. Macri no debe ser embajador, ni canciller, ni representante especial. No debe ocupar cargo institucional alguno. Su utilidad es como facilitador discreto de gestiones puntuales: una llamada a Trump en momentos clave, una reunión con Bessent, un mensaje a Marco Rubio, una intervención ante el Departamento de Estado. El Estado argentino debe usar el contacto, no convertir al contacto en Estado.

Segundo, objetivos minimalistas y verificables, no épicos. Lo que Macri puede entregar realistamente sobre Malvinas no es la transferencia de soberanía. Es algo mucho más modesto pero igualmente histórico: que Estados Unidos pase de respaldar activamente al Reino Unido a una neutralidad benevolente. En términos concretos, los hitos verificables serían: una abstención de Estados Unidos en la próxima resolución del Comité de Descolonización de la ONU sobre Malvinas; un comunicado del Departamento de Estado que reconozca la existencia de una disputa de soberanía en los términos de la Resolución 2065; el no-bloqueo de iniciativas argentinas en la OEA; y, en el escenario más optimista, un gesto público de Trump similar al que tuvo con Chagos pero en sentido inverso —cuestionando, no respaldando, la posición británica.

Tercero, paralelismo institucional. Mientras Macri opera el canal informal con Trump, la política de Estado argentina debe correr por carriles institucionales sólidos: una Cancillería profesional, una Secretaría de Malvinas reconstituida con capacidad técnica plena, una diplomacia activa en el G77+China, en CELAC, en el Comité de los 24, y en bilaterales con Brasil, México, España y Sudáfrica. La dependencia del canal Macri es transitoria; las instituciones son permanentes. Si el canal se rompe —y dada la historia personal entre Milei y Macri, hoy en su peor momento desde la cena de la Fundación Libertad de abril de 2026, donde Milei proyectó datos negativos del macrismo sin saludar a Macri presente en el salón, eso es probable—, la política exterior debe seguir funcionando.

Cuarto, blindaje contra concesiones tipo Foradori-Duncan. Cualquier gestión que involucre a Macri debe estar sujeta a control parlamentario, a auditoría jurídica de la Cancillería, y a un piso innegociable: ningún acuerdo operativo (vuelos, pesca, hidrocarburos) sin contrapartida explícita de reconocimiento de la disputa de soberanía. La advertencia sobre el Acuerdo Mondino-Lammy de septiembre de 2024, que el académico Marcelo Kohen caracterizó como "Foradori-Duncan reciclado", debe ser permanente. Que el actual gobierno haya repetido el patrón macrista —reanudación del vuelo San Pablo-Malvinas con escala en Córdoba, "medidas concretas en pesquerías", exclusión de Aerolíneas Argentinas— prueba que la cultura de la concesión a cambio de gestos es una tentación bipartidaria que requiere blindajes institucionales explícitos.

La lección incómoda

La política internacional no recompensa la pureza moral; recompensa la capacidad efectiva de mover piezas. Mauricio Macri fue un mal presidente —los números de su gestión lo prueban sin necesidad de adjetivos— y conduce un partido en estado terminal que sobrevive por inercia y por la incapacidad de sus competidores. Pero la coyuntura Trump 2026 no admite el lujo de descartar activos por razones de gusto. El minarquismo riguroso enseña que el Estado debe ser limitado en sus funciones, no romántico en sus métodos: debe usar las herramientas que tiene, incluso las desagradables, para los objetivos que persigue.

La fórmula correcta es simultánea y aparentemente contradictoria: utilizar a Macri como canal hacia Trump para hitos específicos sobre Malvinas, sin restituirle poder político interno, sin avalar al PRO como proyecto, y sin permitir que el éxito eventual del canal se transforme en argumento para una restauración macrista en 2027. Es una posición exigente. Pero la cuestión Malvinas siempre lo fue.

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Capítulo VIII: La reunión Carlos III–Trump y la ventana de oportunidad post-Chagos

La visita de Estado de septiembre de 2025: pompa, tensiones y la cuestión territorial

Entre el 17 y el 19 de septiembre de 2025, Donald Trump realizó la visita de Estado más inusual de la historia de la "relación especial" anglo-norteamericana: fue el primer presidente de Estados Unidos en recibir dos visitas de Estado oficiales del Reino Unido, una distinción inédita. Carlos III lo recibió en el Castillo de Windsor con honores plenos —procesión en carruajes, guardia de honor, banquete de Estado con 160 invitados, discurso del rey ante el banquete—, mientras el primer ministro Keir Starmer lo agasajaba al día siguiente en Chequers, donde se anunció el "Tech Prosperity Deal" con compromisos de inversión de unos 40.000 millones de dólares por parte de empresas estadounidenses (Nvidia, Microsoft, Google) en territorio británico.

Bajo la pompa ceremonial, el subtexto era una relación tensa. Trump había criticado públicamente a Starmer por no enviar tropas al Estrecho de Ormuz durante la guerra contra Irán que comenzó en febrero de 2026 (Operación Fury), había mocked los portaaviones británicos como "juguetes" y había llegado a decir que la relación con Starmer "solo se recuperará" si revierte su política migratoria. La visita inversa, en abril de 2026, cuando Carlos III viajó a Washington —oficialmente para celebrar los 250 años de la independencia de Estados Unidos—, fue interpretada por la biógrafa real Catherine Mayer como una arriesgada exposición del monarca "directo a las fauces de uno de los presidentes más comunicativos e irascibles". Algunos parlamentarios británicos pidieron incluso cancelar la visita.

El caso Chagos: Trump rompe el guion

El detonante geopolítico de mayor alcance para la Cuestión Malvinas no fue la visita de Estado, sino el conflicto Trump–Starmer por las Islas Chagos. En mayo de 2025, el Reino Unido firmó con Mauricio un tratado por el cual transfería la soberanía del archipiélago Chagos —incluyendo Diego Garcia— a Mauricio, a cambio de un arrendamiento de 99 años de la base militar conjunta anglo-norteamericana por aproximadamente 101 millones de libras anuales. La Casa Blanca, vía el secretario Marco Rubio, había celebrado inicialmente el acuerdo. Pero en enero de 2026, Trump cambió radicalmente de posición. En Truth Social escribió: "Sorprendentemente, nuestro 'brillante' aliado de la OTAN, el Reino Unido, está planeando ceder la Isla de Diego García (...) sin razón alguna. No hay duda de que China y Rusia han notado este acto de debilidad total". Y agregó: "El Reino Unido cediendo tierras tan importantes es un acto de GRAN ESTUPIDEZ". En febrero, redobló la apuesta: "DO NOT GIVE AWAY DIEGO GARCIA!", tildando al acuerdo de "monumental error". En abril de 2026, el gobierno británico se vio forzado a pausar la implementación del tratado por presión estadounidense.

El memo Colby: la filtración que cambia el tablero

El golpe más directo a la posición británica sobre Malvinas llegó en abril de 2026 mediante una filtración que la agencia Reuters reveló al mundo. Un correo interno del Pentágono, redactado por Elbridge Colby, principal asesor de política del Departamento de Defensa, exploraba opciones para "castigar" a aliados de la OTAN que se habían rehusado a otorgar derechos de acceso, basamiento y sobrevuelo durante la Operación Fury contra Irán. Entre las medidas barajadas figuraban: suspender a España de la OTAN y "reevaluar el respaldo diplomático estadounidense de larga data a las posesiones imperiales europeas, como las Islas Falkland cerca de Argentina". El correo citaba un "sentido de privilegio" entre los aliados que Trump quería castigar.

La filtración generó un terremoto diplomático. La oficina de Starmer reiteró que "la soberanía de las Falkland no está en cuestión" y que "el derecho de los isleños a la autodeterminación es primordial". La líder conservadora Kemi Badenoch declaró: "Las Falklands son británicas. Punto. Luchamos por ellas cuando importó más y pagamos el precio". Sir Michael Ellis, ex Attorney General, sostuvo que se trataba de "posturing": "No me sorprendería que el Pentágono haya filtrado el documento accidentalmente. Es un mensaje a los países de la OTAN". El secretario Marco Rubio se sumó al esfuerzo de contención: "Solo fue un email. La gente se exalta demasiado por un email". En contraste, el gobierno de Milei reaccionó con entusiasmo cauteloso: el canciller Pablo Quirno publicó en X una extensa pieza reafirmando que "la ocupación de 1833 fue un acto de fuerza contrario al derecho internacional", rechazando la "invocación británica del principio de libre determinación" y concluyendo: "Por historia, por derecho y por convicción: las Malvinas son argentinas". Milei replicó: "Las Malvinas fueron, son y siempre serán argentinas".

Implicancias estratégicas: ¿una ventana real?

El triple shock —caso Chagos, memo Colby, deterioro Trump-Starmer por Irán— produjo lo que la prensa internacional caracterizó como la mayor erosión del respaldo estadounidense a la posición británica sobre Malvinas en la historia reciente. Si Estados Unidos dejara de abstenerse o de votar negativamente en resoluciones de la ONU y la OEA sobre Malvinas, la Resolución 2065 (XX) —que reconoce la disputa de soberanía e insta a negociaciones bilaterales— ganaría un peso político decisivo, posiblemente forzando un proceso similar al de Chagos, donde la presión multilateral acabó forzando a Londres a negociar con Mauricio.

Sin embargo, la mayoría de los analistas serios coinciden en lecturas más cautas. Primero, la posición oficial del Departamento de Estado sigue reconociendo la administración británica de las islas; el cambio sería de gran magnitud y altamente politizado. Segundo, Trump utiliza estos asuntos como palancas tácticas más que como compromisos doctrinarios. Tercero, los propios isleños han reaccionado con confianza en la protección británica. Cuarto, ningún canal diplomático oficial entre Washington y Buenos Aires ha sugerido que el reconocimiento argentino sea una alternativa real; la administración Lamelas ha pedido respaldo a Milei pero sin anunciar cambios sustantivos en la política de Malvinas.

La conclusión analítica es prudente: estamos ante una ventana de oportunidad real pero estrecha, abierta por una crisis táctica de la OTAN, no por una conversión doctrinaria de Estados Unidos. La gestión correcta no es maximizar expectativas grandilocuentes sino consolidar avances pequeños y verificables: un comunicado conjunto que reconozca la disputa de soberanía, una abstención estadounidense (no un voto a favor) en resoluciones de la OEA y la ONU, y la consolidación del paralelo Chagos como precedente jurídico.

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Capítulo IX: Posibles aliados internacionales — arquitectura realista del reclamo

China: el aliado incómodo pero indispensable

La República Popular China ha apoyado consistentemente el reclamo argentino desde la década de 1970 y, desde el regreso a la democracia, ese apoyo se ha intensificado en cada foro multilateral relevante. En la sesión del Comité Especial de Descolonización (C-24) de 2023, el embajador chino Geng Shuang declaró: "China apoya firmemente la reclamación legítima de Argentina sobre la soberanía de las islas Malvinas" y exhortó al Reino Unido a "evitar medidas que puedan agravar la tensión y al mismo tiempo responder activamente a la solicitud de Argentina de reanudar el diálogo".

El South China Morning Post enmarcó la declaración como un mensaje cifrado a Estados Unidos sobre Taiwán y el Mar de China Meridional, lo que refleja el carácter instrumental del apoyo chino: opera dentro de la lógica de reciprocidad —Argentina respalda el principio de "una sola China" sobre Taiwán, Pekín respalda la integridad territorial argentina sobre Malvinas— y como contrapeso a la "hegemonía colonial" occidental. El G77+China, con 134 países miembros, ha emitido declaraciones anuales en respaldo a la posición argentina —incluyendo la del 60° aniversario de la Resolución 2065 en 2025—, lo que constituye uno de los respaldos multilaterales más amplios disponibles para Buenos Aires. Liz Truss, como Foreign Secretary británica, llegó a confrontar públicamente a Xi en Twitter en 2022 demandando que China "respete la soberanía de las Falkland", lo que demuestra que Londres percibe el respaldo chino como una amenaza estratégica genuina.

Rusia y BRICS: respaldo retórico, valor variable

Rusia se abstuvo en la Resolución 502 del Consejo de Seguridad de 1982 que exigía la retirada argentina, pero ha expresado simpatía por la posición argentina en años posteriores. India ha reiterado su apoyo a la "descolonización" de Malvinas en términos consistentes con su política antiimperial general. Sudáfrica, dentro del BRICS original, ha mantenido un apoyo declarativo menos activo pero presente.

La adhesión de Argentina a los BRICS, prevista para el 1° de enero de 2024, fue cancelada por Milei al asumir la presidencia. Esto privó al país de una plataforma multilateral que habría amplificado el respaldo en foros como Naciones Unidas. Desde una óptica minarquista, esta decisión es debatible: el costo económico de no acceder al Banco de Desarrollo de los BRICS y la pérdida de influencia diplomática en Malvinas pueden no compensarse plenamente con el alineamiento occidental, especialmente cuando China continúa siendo el segundo socio comercial argentino después de Brasil.

El Vaticano: de Juan Pablo II a León XIV

La Santa Sede ha mantenido una posición consistente de promover el diálogo bilateral y el principio del arreglo pacífico. La visita de Juan Pablo II a Argentina del 11 al 12 de junio de 1982 —apenas dos días antes de la rendición— fue diseñada como contrapeso a la visita protocolar previa al Reino Unido, equilibrando con un mensaje de paz. El papa Francisco, primer pontífice latinoamericano, fue más asertivo. En 2015, posó sonriente con un cartel que decía "Es tiempo de diálogo entre Argentina y Reino Unido por Malvinas" durante la audiencia general del Vaticano —gesto que provocó una protesta diplomática de Liz Truss—, y en años posteriores realizó la experiencia inmersiva "Pisar Malvinas" desarrollada por la Universidad de San Martín. Su muerte en abril de 2025 cerró un capítulo de respaldo activo. Su sucesor León XIV, formado durante años en Chiclayo (Perú) —diócesis donde fueron bendecidos en 1982 los Mirage M-5P enviados por Belaúnde Terry a la Argentina—, mantiene un perfil más bajo en la cuestión, aunque su raíz pastoral peruana lo conecta simbólicamente al apoyo histórico latinoamericano.

Unión Europea, España y el paralelo Gibraltar

La Unión Europea ha mantenido oficialmente la posición pro-británica, pero con fisuras significativas. En 2024, una declaración tras una cumbre con países latinoamericanos incluyó el término "Las Malvinas" junto a "Falkland Islands", lo que provocó protestas británicas. España es el caso más interesante por el paralelo Gibraltar. Históricamente, Madrid ha apoyado la posición argentina en votaciones de la ONU desde 1965 (incluyendo la Resolución 2065 y la 3160 de 1973), por la simetría jurídica entre ambos casos: ambos son los únicos territorios donde la ONU rechaza la aplicación del principio de autodeterminación por considerar que las poblaciones son "implantadas" o "trasplantadas". El acuerdo entre el Reino Unido, España, la UE y Gibraltar de mediados de 2025 —que mantuvo la soberanía británica pero introdujo concesiones significativas en frontera y régimen fiscal— abre un paralelo interesante: si Londres acepta arreglos pragmáticos en Gibraltar bajo presión política regional, no es absurdo plantear modelos similares para Malvinas.

La pregunta minarquista clave: ¿es compatible el alineamiento con EE.UU. con el apoyo de China?

Esta es la tensión central de cualquier estrategia minarquista para Malvinas. El gobierno de Milei ha adoptado un alineamiento automático con Washington, con el secretario Bessent declarando públicamente que "Milei tiene el compromiso de sacar a China de Argentina". Sin embargo, China sigue siendo el segundo socio comercial de Argentina, vital para las exportaciones agropecuarias, y la principal voz de respaldo no occidental al reclamo argentino sobre Malvinas. Mauricio Macri lo expresó con claridad realista en noviembre de 2025: "Uno puede, como lo logramos en mi gobierno, tener con Obama y con Trump las mejores relaciones del mundo y con Xi Jinping también". "China es un mercado que la Argentina tiene que atender, no para polemizar, sino porque ha hecho explotar nuestras exportaciones".

La síntesis minarquista pragmática debe rechazar el bipolarismo ideológico. Un Estado limitado, defensor de la libertad económica y los derechos individuales, debe maximizar su soberanía estratégica a través de relaciones diversificadas. Conviene un alineamiento estratégico con Estados Unidos en seguridad, instituciones democráticas y agenda multilateral occidental, pero un mantenimiento robusto de las relaciones comerciales con China y de su apoyo declarativo en la ONU. No se trata de elegir entre Washington y Pekín: se trata de utilizar pragmáticamente cada relación para objetivos específicos. En Malvinas, el respaldo chino multilateral es un activo que ningún gobierno racional debería entregar a cambio de gestos retóricos.

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Capítulo X: Recorrido histórico de la posición regional sobre Malvinas — hitos clave

1965 — La Resolución 2065 de la ONU: el triunfo diplomático fundacional

El 16 de diciembre de 1965, la Asamblea General de la ONU aprobó la Resolución 2065 (XX) por 94 votos a favor, 0 en contra y 14 abstenciones (incluido el Reino Unido). Bajo la presidencia de Arturo Illia y con el trabajo de la diplomacia argentina en el subcomité III del Comité de los Veinticuatro, el texto reconoció la existencia de una "disputa" de soberanía entre Argentina y el Reino Unido, calificó el caso como una situación colonial sujeta al proceso de descolonización (en línea con la Resolución 1514 de 1960) y exhortó a ambos gobiernos a "proseguir sin demora las negociaciones". La práctica totalidad de los países latinoamericanos votó a favor, configurando lo que el especialista Lanús describió como "el gran triunfo de la diplomacia del gobierno del presidente Arturo H. Illia". Estados Unidos ejerció presión, sin éxito, para sacar el tema de la órbita de la ONU. La Resolución 2065 sigue siendo la columna vertebral jurídica del reclamo argentino.

1982 — La Guerra de Malvinas: el mapa real de las solidaridades

La invasión del 2 de abril de 1982 obligó a la región a tomar posición. La votación del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) del 28 de abril de 1982 aprobó por 17 votos —y 4 abstenciones (Estados Unidos, Colombia, Chile y Trinidad y Tobago)— una resolución urgiendo al Reino Unido a cesar hostilidades. Estados Unidos no solo se abstuvo: Reagan declaró el 30 de abril el apoyo activo a Londres, la suspensión de asistencia militar a Argentina y el suministro de armamento clave (misiles AIM-9L Sidewinder, FIM-92 Stinger, base aérea de Isla Ascensión).

Chile desempeñó el rol más vergonzoso del continente. Aunque Pinochet mantuvo neutralidad pública, la dictadura chilena suministró inteligencia electrónica, vigilancia satelital y cobertura de radar a la RAF británica desde Punta Arenas y el sur del país. El piloto Sidney Edwards, enviado de Thatcher, reveló en su libro My Secret Falklands War (2014) que "sin la ayuda de Chile, hubiéramos perdido la guerra". El general Fernando Matthei, comandante de la FACh y miembro de la Junta, lo confirmó: "Yo hice todo lo posible para que Argentina perdiera la Guerra de Malvinas". En 1999, Margaret Thatcher reconoció públicamente la deuda y, durante la detención de Pinochet en Londres, el Partido Conservador intervino activamente para que regresara a Chile.

Perú fue el mayor aliado material y diplomático de Argentina. El presidente Fernando Belaúnde Terry —civil, democrático, con simpatía por el pueblo argentino que lo había acogido durante su exilio— intentó la mediación más seria del conflicto. El 1 de mayo de 1982 negoció con Reagan, Haig y Galtieri un plan de paz; al día siguiente, el hundimiento del crucero General Belgrano sepultó cualquier posibilidad de paz. Materialmente, Perú entregó 10 cazas Mirage 5P (M-5P), bendecidos en Chiclayo y enviados clandestinamente; misiles tierra-tierra y tierra-aire; tanques externos para extender la autonomía de los Mirage argentinos; representó los intereses diplomáticos argentinos en Londres tras la ruptura; y coordinó la compra de máscaras de gas y misiles Exocet a Israel. Una encuesta peruana de mayo de 1982 mostró 85,8% de respaldo a Argentina y 71,8% de disposición a ir a combatir.

Venezuela, bajo la presidencia social-cristiana de Luis Herrera Campins, fue el otro pilar latinoamericano del apoyo. Pese a la dependencia petrolera de Estados Unidos, Caracas suministró un C-130H Hércules con repuestos militares, tanques de gasolina y alimentos; canceló la compra de 24 entrenadores Hawk británicos como represalia política; y organizó la "Misión de Paz y Solidaridad", una delegación pluripartidaria que recorrió Europa para defender los argumentos argentinos.

Brasil, bajo la dictadura de João Figueiredo, ejecutó una "neutralidad imperfecta" con clara inclinación pro-argentina. El 11 de mayo de 1982, Figueiredo se reunió con Haig en la Blair House y con Reagan al día siguiente, advirtiendo que la posición brasileña podría cambiar si el Reino Unido atacaba el continente. Brasil suministró aviones de patrulla EMB-111, cohetes balísticos y cazas Xavante para tareas de espionaje sobre fuerzas británicas, y aprovechó el aterrizaje de un bombardero británico Vulcan en Río para examinar un misil antirradar AGM-45 Shrike antes de devolverlo.

Bolivia ofreció apoyo militar pero fue advertida por Estados Unidos sobre sanciones económicas. Paraguay mantuvo apoyo diplomático sólido. Cuba, Nicaragua, República Dominicana y Libia ofrecieron diversos grados de apoyo material. Colombia se alineó vergonzantemente con Estados Unidos en la OEA, abstención que le costó capital político en la región durante años.

Posguerra y democracia (1983-2002): la reconfiguración diplomática

Con el regreso a la democracia, la región consolidó un apoyo unánime al reclamo argentino, ahora despojado de la incomodidad ideológica de respaldar a una junta militar. La Declaración Conjunta de Madrid (1989-1990) entre Argentina y el Reino Unido, bajo Menem, instauró la "fórmula del paraguas de soberanía". La incorporación de la Cláusula Transitoria Primera de la Constitución de 1994 elevó el reclamo a rango constitucional como "objetivo permanente e irrenunciable".

Era kirchnerista (2003-2015): el bloque regional más sólido

Bajo Néstor y Cristina Kirchner, el reclamo se transformó en política regional articulada. UNASUR (2008-2014) emitió declaraciones anuales; MERCOSUR adoptó decisiones cumbre tras cumbre, incluyendo la histórica decisión de noviembre de 2010 (bandera "ilegal" de Malvinas) y la Cumbre de Montevideo de diciembre de 2011 que prohibió el ingreso a puertos del bloque a buques con esa bandera, ratificada en enero de 2012 por Uruguay, Brasil y Chile pese a las gestiones del canciller William Hague. CELAC (creada en 2011) incluyó el reclamo en cada cumbre. ALBA, ALADI, Cumbres Iberoamericanas, ASA y ASPA emitieron pronunciamientos.

Era Macri (2015-2019): la concesión histórica

El Acuerdo Foradori-Duncan del 13 de septiembre de 2016 marcó el retroceso más significativo del reclamo desde 1965 (analizado en detalle en el Capítulo VII).

Era Alberto Fernández (2019-2023): restauración formal

Cafiero anunció la finalización del pacto Foradori-Duncan en marzo de 2023 ante el canciller James Cleverly en Nueva Delhi. La Cancillería recreó la Secretaría de Malvinas, reactivó el respaldo del G77+China, y profundizó la denuncia de las actividades unilaterales británicas en Sea Lion (hidrocarburos) y pesca.

Era Milei (2023-presente): retórica intensa, gestiones contradictorias

La administración Milei combina una retórica nacionalista intensa ("Las Malvinas fueron, son y siempre serán argentinas") con gestiones que reproducen los patrones del macrismo. El Acuerdo Mondino-Lammy del 24 de septiembre de 2024 fue caracterizado por el académico Marcelo Kohen como "Foradori-Duncan reciclado". La vicepresidenta Victoria Villarruel —hija de un combatiente— rechazó públicamente el acuerdo: "Nos ofrecen migajas como consuelo emotivo y debilitan nuestra posibilidad de negociación".

Brasil, Chile, Uruguay: política de Estado y matices

Brasil mantiene una posición de Estado cuya raíz se remonta al reconocimiento explícito del derecho argentino sobre las islas en 1833. Más allá de la fricción Lula-Milei en 2025-2026, Itamaraty sostiene la línea histórica.

Chile post-Pinochet incluye apoyo declarativo y copatrocinio en el C-24, pero las cicatrices del 82 persisten. El diferendo desatado por el Decreto Supremo de Sebastián Piñera (agosto 2021), que extendió la plataforma continental chilena al este del meridiano 67°16'0, produjo una superposición de unos 5.300 km² con la plataforma continental argentina. Las relaciones regionales operan en múltiples planos simultáneos.

Uruguay ha sido históricamente pro-argentino pero con praxis ambivalente. Bajo Mujica (2010-2015), Uruguay aplicó el bloqueo regional a buques con bandera de Malvinas. Sin embargo, desde Lacalle Pou y bajo el actual gobierno, los puertos uruguayos —especialmente Montevideo— han funcionado como nodo logístico estratégico para la presencia británica en el Atlántico Sur: escalas de buques británicos, vuelos del Airbus A400M de la RAF entre Mount Pleasant y Montevideo (documentados en marzo y abril de 2026), reaprovisionamiento de flotas pesqueras con licencias británicas. Uruguay mantiene la declaración pública pro-argentina pero permite las prácticas operativas pro-británicas.

Bolivia, Paraguay, Perú, Venezuela han sostenido el respaldo declarativo a través de todos los gobiernos. México y Colombia han mantenido apoyo declarativo en la era democrática.

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Conclusión: La generación que va a recuperar Malvinas

Recuperar Malvinas es, antes que un objetivo militar o diplomático, un proyecto civilizacional. Exige construir una Argentina que merezca recibirlas: próspera, libre, ordenada, justa, respetada. La paradoja final, propia de la sabiduría minarquista, es que cuando ese país exista, Malvinas vendrán solas —no porque el Reino Unido las entregue por la fuerza ni porque los isleños lo deseen instantáneamente, sino porque el peso del tiempo, la solvencia económica, la consistencia jurídica y la atracción del modelo institucional argentino tornarán insostenible cualquier alternativa.

La estrategia es, pues, doblemente virtuosa: construye una Argentina mejor independientemente del resultado en el Atlántico Sur, y al construirla hace que ese resultado sea cada año más probable. La impaciencia, en cambio —ya sea bajo la forma del aventurerismo militar, del nacionalismo retórico o del aislacionismo diplomático— es la mejor garantía de mantener el statu quo otros cien años.

Pero a esa fórmula clásica hay que sumarle, ahora, el reconocimiento de una coyuntura excepcional. Por primera vez en cuarenta años, una combinación de factores —la fractura Trump-Starmer, el precedente Chagos, el memo Colby, el alineamiento argentino con Washington, el respaldo chino multilateral, el activo singular de Mauricio Macri como puente personal con Trump— abre una ventana real. Estrecha, frágil, reversible, pero real. Aprovecharla con inteligencia exige asumir la naturaleza cruda de la política internacional: usar a quien hay que usar, cuándo hay que usarlo, sin convertirlo en proyecto político interno; sostener relaciones con todos los aliados disponibles, incluso los incómodos; rechazar los acuerdos que entregan recursos a cambio de gestos; y construir, sobre todo, las instituciones que sobrevivan a los hombres.

Las Malvinas, en última instancia, no se recuperan con cañones ni con consignas. Se recuperan con superávit fiscal, con fuerzas armadas profesionales, con instituciones sólidas, con respeto a los derechos individuales, con paciencia estratégica, con alianzas internacionales bien administradas y con la convicción de que la libertad económica e institucional es, también, una forma superior de patriotismo.

Esta es la generación que tiene la oportunidad de recuperarlas. No por merecerlo más que las anteriores, sino porque la coyuntura histórica lo permite y porque las herramientas conceptuales —el minarquismo, la apertura económica, la inserción internacional inteligente— por fin existen. Que esa oportunidad no se desperdicie depende, como siempre, de que los argentinos dejen de sobrevivir y empiecen a elegir.

Sobreviviendo. Por ahora. Pero no por mucho más.

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Nota sobre fuentes

Este ensayo se elaboró sobre la base de fuentes verificadas, entre ellas: la Constitución de la Nación Argentina (Disposición Transitoria Primera, 1994); la Resolución 2065 (XX) de la Asamblea General de las Naciones Unidas; comunicados oficiales del Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Argentina; informes técnicos sobre el dispositivo militar británico en el Atlántico Sur publicados por medios especializados en defensa (Zona Militar, Escenario Mundial, Galaxia Militar); el Índice de Libertad Económica 2026 de la Fundación Heritage; análisis del Focus Economics sobre las perspectivas económicas argentinas; reportes del Ministerio de Defensa argentino sobre la incorporación de los cazas F-16; análisis de medios internacionales (Time, NPR, CBS News, CNN, Reuters, The Guardian); reportes del Council on Geostrategy y la prensa argentina (La Nación, Infobae, Perfil, Clarín, Página/12); y diversos análisis académicos sobre la cuestión de los hidrocarburos en el Atlántico Sur publicados por el Instituto de Relaciones Internacionales (IRI-UNLP). Todas las afirmaciones fácticas relevantes han sido contrastadas con al menos dos fuentes independientes.

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Ignacio Uriel Galetto Rodriguez

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