Hay una hora que no figura en los calendarios.
Una grieta suave entre la noche que se retira y el día que aún no se atreve a nacer.
Una pausa donde todo lo creado recuerda, por un instante, que alguna vez fue silencio.
Es ahí donde te encuentro cada madrugada, aunque no abra los ojos. Es ahí donde el mundo se repliega y queda apenas lo esencial.. tu calor, la leve gravedad de tu cuerpo, el murmullo tibio de una respiración que no me pertenece del todo y, sin embargo, me sostiene. No somos exactamente dos personas en ese momento, tampoco un solo organismo, somos algo anterior a toda definición, una forma precaria y luminosa de equilibrio. Un acuerdo secreto entre la materia y la ternura.
Mientras dormimos, algo en nosotros vela. No es la conciencia ni el sueño. Es esa zona indefinible donde el universo parece descansar de sí mismo y venir a ensayar su forma más íntima en nuestra quietud, como si la creación, exhausta de tanto girar, eligiera por fin detenerse en la humilde geometría de un abrazo.
A esa hora, el tiempo se vuelve sospechoso. Los relojes, si aún existen, laten en otra dimensión.
Ningún segundo avanza, ninguna hora se cumple, todo se suspende en el vaivén lento de tu pecho, en esa marea mínima que me recuerda que la vida no es una sucesión de instantes, sino un pulso compartido. Cada respiración tuya roza la mía y en ese roce sucede algo que no tiene nombre. Un rezo sin palabras. Una plegaria que no asciende ni desciende, simplemente nos atraviesa.
Pienso, o tal vez lo imagino, que si Dios persiste en su oficio de vigilarnos, debe detenerse aquí. Inclinar su eternidad sobre esta escena diminuta y aprender, porque no hay catedral ni galaxia que le enseñe tanto como dos cuerpos que se sostienen sin pedir nada. Dos criaturas que, sin saberlo, le revelan el secreto que él mismo olvidó, que el origen no es el estallido ni la luz, sino la ternura.
En esa penumbra anterior al alba, siento que el universo entero se repliega para caber en nosotros. Las estrellas se vuelven pequeñas, las distancias se acortan, la historia deja de insistir. Todo converge en esta cama que flota fuera del tiempo, en este instante que no exige futuro ni pasado. Y entonces comprendo que la eternidad no es una línea infinita, sino un círculo mínimo donde dos presencias se reconocen sin hablar.
Hay algo épico en esta quietud. Algo que las palabras no alcanzan a sostener, como si cada madrugada fuera una ceremonia silenciosa donde la existencia renueva su voto más antiguo... permanecer. No avanzar, no conquistar, no explicar. Permanecer en la forma simple de un cuerpo junto a otro, en la evidencia cálida de que el mundo, por un momento, no necesita ser entendido para ser verdadero.
Podría susurrarte tu nombre, murmurar “Vida”, pero rompería el hechizo.
Podría abrir los ojos, pero la luz aún no merece este secreto.
Prefiero quedarme aquí, en la frontera exacta donde todo comienza sin ruido.
Porque hay instantes, raros, casi sagrados, en los que uno comprende que el universo no se sostiene por leyes ni por fuerzas invisibles. Se sostiene por estos gestos mínimos, una mano que descansa, una respiración compartida, la calma absoluta de dos seres que no buscan nada y, sin embargo, lo contienen todo.
Y mientras la madrugada se disuelve lentamente en el primer resplandor, tengo la certeza, breve, fulminante, irrepetible, de que si alguna vez Dios olvidara su propia mano, bastaría con que nos mirara así..dormidos, enlazados, intactos.
Entonces recordaría que la creación no fue un acto de poder.
Fue, desde el principio, un acto de ternura.
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