Nadie supo nunca su nombre, pero hubo quienes afirmaron haberla visto: una flor que no floreció jamás.
Se decía que crecía en un jardín circular —quizá en el sueño de un Dios, quizá en un rincón olvidado de la realidad— donde las flores no eran meras criaturas de la tierra, sino símbolos, espejos de almas atrapadas en la sustancia de lo que no se dice.
Entre ellas, hubo una que se negó a abrirse. No por falta de tiempo o estación, sino por un temor más antiguo que el propio lenguaje: el miedo a ser vista y no ser comprendida. Se llamaba, tal vez, Vergüenza. O Silencio. O ninguna cosa en particular.
Los otros brotes florecían con regularidad obediente. Mostraban sus colores como credenciales, competían por la mirada del sol y la atención de los insectos. Algunas morían jóvenes, bellas como mentiras. Otras envejecían hasta volverse memoria. La Flor Inexistente, en cambio, conservaba su misterio: no daba aroma, no ofrecía néctar, no pronunciaba forma.
—¿Por qué no floreces? —preguntó un escarabajo que creía entender la lógica del universo.
La flor, sin abrir sus pétalos, respondió:
—Porque he leído los ojos de los otros. Y en todos hallé juicio.
El escarabajo no comprendió. Ningún insecto lo hizo. Tampoco los jardineros, ni los pájaros. Hasta que llegó el Hombre Ciego.
No vio la flor —nadie la veía— pero la sintió. Se sentó junto a ella como si aguardara una palabra del tiempo. Y tras un largo silencio, dijo:
—Temes mostrarte porque crees que no eres hermosa. Pero la belleza no está en el ojo que observa, sino en el alma que se atreve a existir.
La flor tembló.
—¿Y si no soy como esperan?
—Entonces serás como nadie. Y eso es más valioso que ser como todos.
La noche cayó sin estrellas. En la oscuridad absoluta, la flor hizo lo que no se atrevía a hacer ante la luz: se abrió. No con estruendo, sino con la solemne lentitud de una verdad revelada.
Sus pétalos no eran rojos, ni blancos, ni dorados. Eran de un color sin nombre, un tono que no se hallaba en la rueda de los sentidos. No podía ser descrita, solo sentida. Quien la miraba sin querer verla, no veía nada. Pero quien la miraba con el alma, entendía algo del universo.
Desde entonces, algunos juran que en los sueños más profundos —esos donde uno se encuentra consigo mismo en forma de laberinto— puede verse una flor que arde sin fuego y respira sin aire.
No tiene nombre, ni especie, ni lugar.
Solo tiene una lección, escrita en la carne del misterio:
“Ser uno mismo es un acto de rebelión contra todo lo que nos enseñaron a temer.”
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