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La vi danzar en su tallo dorado,
ajena al jardín de mis manos,
perfumando un mundo que no era mío,
flor de otro, pecado temprano.
Sus pétalos, tinta de un fuego lejano,
suspiros que el viento robaba,
y yo, con los labios sedientos,
soñaba con roces que no me tocaban.
Tenía dueño, tenía nombre,
pero brillaba como si me llamara,
una estrella atrapada en el día,
una espina que dulce sangraba.
Y aunque no era mía ni nunca lo fuera,
la regaba en mis sueños callados,
porque hay flores que nacen en otros
y florecen igual en pecado.
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