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La flor de alma

Abr 15, 2026

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La flor de alma
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Había una vez una niña llamada Alma. Era muy tímida y le costaba mucho hacer amigos. No le gustaba ir al colegio, pero le gustaba mucho salir de su casa, porque cerca de ella había un parque lleno de flores: desde margaritas hasta girasoles.

Cada mañana arrancaba una flor de este hermoso parque. Ella creía que algún día esto le traería suerte para hacer amigos.

Al entrar al colegio, Simón la saludaba como cada mañana, pero ella sabía que era solo para que se rieran de ella. Sin embargo, no le importaba y lo saludaba de vuelta.

Entra al salón y la maestra les dice:

—¿Hicieron su tarea para hoy?

Alma, muy orgullosa, muestra su tarea, a la que le dedicó toda su tarde del día anterior.

Al mostrarla, la profesora le dice que estaba mal y que debía repetirla.

A lo que Alma responde:

—No logro entender las matemáticas, creo que necesito ayuda.

—Lo siento, Alma. Lo he explicado varias veces. Es mejor que te esfuerces o perderás la materia.

Todos se burlan de ella.

Al salir de clase, se da cuenta de que la flor que había arrancado ya tenía varios pétalos caídos.

Llegó a su casa alrededor de la 1 p. m. Sabía que nadie la iba a estar esperando, así que comió y decidió esforzarse en matemáticas para que no se volvieran a burlar de ella.

Llora y llora. No entiende por qué simplemente no logra comprender las matemáticas. Decide acostarse.

A eso de las 7 p. m. llega su mamá y le pregunta:

—Almita —así le decía de cariño—, ¿cómo te fue hoy?

Ella responde:

—Bien, mami. Jugué con mis amigos en el descanso y comimos juntos.

Sabía que a veces tenía que mentirle a su mamá, aunque no estaba bien.

Se acostó e intentó dormir, pero solo podía pensar en la flor. Se sentía culpable. Pensaba que, al arrancarla de su tallo, la había marchitado.

Así que decidió plantar una flor tan hermosa que, cada vez que pasara, se sintiera en paz. Y así nunca más arrancar una de ese parque.

Al día siguiente, muy temprano, antes de ir a la escuela, le pidió ayuda a su mamá para plantar la flor. Alma decidió plantar un girasol; el color amarillo era su favorito. Pensó que esto le traería suerte.

Después de esto, se fue a la escuela. Esta vez ni Simón ni nadie la estaba esperando en la entrada, así que se puso muy contenta.

Al entrar al salón, le mostró la tarea a la maestra. Ella le dijo que estaba muy bien y que le alegraba mucho que se hubiera esforzado. Alma se puso aún más feliz.

Pero al salir al descanso, Simón le dice que no debería estar ahí y que debería irse como su padre.

Alma se sintió tan mal que salió corriendo y no quiso volver a clase.

Una hora más tarde, su mamá la recogió de la escuela, pero Alma no quiso hablar. Al llegar a casa, se dio cuenta de que la flor que había plantado se había marchitado y se le habían caído todos los pétalos.

Alma se puso a llorar.

La mamá le pregunta:

—¿Qué pasa, Almita? Cuéntame qué tienes.

Alma responde:

—No sé por qué no logro que las flores florezcan. No entiendo por qué se les caen los pétalos… no entiendo… y creo que eso me hace sentir igual.

—¿A qué te refieres, hija?

—Que me siento como esta flor: triste, apagada y marchita.

La mamá la abraza y le da un beso.

—Hija, las flores no siempre se marchitan porque estén mal. A veces necesitan más tiempo y mucho amor.

Alma levantó la mirada.

—¿Entonces no estoy marchita?

—No —respondió su mamá con una sonrisa—. Solo estás creciendo.

Alma la abrazó con fuerza. Por primera vez, sintió un poco de esperanza.

Al día siguiente, volvió a cuidar su girasol. Lo regó, acomodó la tierra y le habló con cariño.

Cuando llegó a la escuela, Simón volvió a molestarla, pero algo en Alma era diferente. No lo saludó ni se sintió mal, solo se alejó.

Decidió aceptar que no siempre podía sentir miedo, así que en clase alzó la mano y preguntó lo que no entendía.

La maestra, muy sorprendida, decidió explicarle otra vez y despacio.

Alma por fin sintió que entendía y se puso muy feliz. No le prestó atención a Simón en el descanso ni a la salida.

Pasaron los días… y un pequeño capullo comenzó a crecer.

Alma sonrió.

Porque entendió algo muy importante:

No estaba marchita…

solo estaba floreciendo a su tiempo.

catarsisoo_

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