Desesperarse por lo florido o volverse loco con sinónimos y tecnicismos artificiales que arrastren a la metáfora y la coloquen en el pedestal del onirismo retórico es un vicio encasillable dentro del fetichismo moderno. Por otro lado, considero que el mayor valor de la disciplina artística se encuentra en la capacidad de transmisión de ideas y conceptos que, contra toda imposición del elitismo barroquista, se encuentra en la claridad del discurso. Lo que quiero decir es que, a veces, el exceso conspira contra la comprensión y el impacto real se alcanza diciendo lo justo y necesario. Según los clásicos, la belleza está en el equilibrio.
Es sumamente fácil señalar como iluminados a quienes nos llenan de palabras, planos distorsionados o alegóricos y manchas abstractas que nos permiten interpretaciones libres de la obra con la falsa satisfacción de sentirnos parte del grupo que entiende el mensaje oculto. No está mal que así suceda cuando la intención es presionar los límites estéticos del concepto, aunque lo difícil es admitir que generalmente nos cuesta dejarnos conmover por la simpleza del mensaje desnudo. Aceptar que la figuración de la forma más simple, trazada de manera inteligente sobre un lienzo o, aún más lejos, una pintura rupestre inmortalizada sobre piedra en el cerro colorado; nos moviliza más que el ímpetu intelectualista de un vanguardismo centrado en la tradición europea.
Un principio fundamental de la filosofía callejera moderna nos ha indicado que no siempre la cantidad es calidad y, aunque la tentación sea inevitable, es necesario aprender a editar para potenciar lo que hacemos. Metodizar un ojo crítico que analice fríamente para arrancarle a la obra cualquier elemento que solape involuntariamente a las ideas que se pretende comunicar para evitar que el discurso se opaque a sí mismo o la idea se tergiverse ante el carácter de lo innecesario. Si escondemos, que sea a propósito y nunca por falta de observación.
Por supuesto que la subjetividad en la percepción de la belleza y el principio emocional del hecho artístico me obliga a limitarme a la experiencia personal pero, entendiendo a las convenciones sociales e históricas como verdades a medias, me permito ejemplificar este texto con un lugar común que, además, tal vez sea la ruptura cultural más importante en la música popular del siglo XX. El Punk Rock y la importancia del mensaje por sobre la capacidad técnica como respuesta a la estética sobrecargada del Rock Progresivo.
Hacia finales de los años 70, el Rock Sinfónico y la Música Progresiva implicaban, no solo la escucha atenta y activa, sino también una formación intelectual que permitiera avanzar sobre las pretensiones de músicos obsesionados con el desarrollo armónico y melódico de canciones interminables y discos sobre producidos que serían aplastados por los tres minutos y medio de un single de los Sex Pistols. La claridad de los gritos de Johnny Rotten sepultaba para siempre a la grandilocuencia exagerada de los teclados de Rick Wakeman por la simple razón de una narrativa despojada y directa. La única distancia entre el público y el mensaje era estética. Si el sonido no te espantaba, el discurso estaba ahí, saliendo de los parlantes con un volumen imposible de ignorar.
No pretendo atacar el valor de las construcciones complejas, porque es evidente. Intento enaltecer y equiparar la economía intrínseca de la simpleza en pos de su potencia comunicacional. Poner en juego a Igor Stravinski y Joey Ramone como artistas igualmente capaces de representar a los modelos sociales de una época. Intento dejar en claro una posición. Establecerme sobre la línea de fuego para sostener que el ingenio, la visceralidad y la inteligencia, suelen ser más interesantes que el hedonismo de los virtuosos.
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