Murió la abuela. Había hartazgo en su pulso. Lo contrario a mi abuelo: la encarnación del humo de un cigarrillo. Parecía vapor, pero eran sus pulmones. Él falleció con los tubos bordándole el cuello; lo apretujaba la muerte. Y se evaporó su cuerpo sin avistar el último humo.
Pero al corazón de mi abuela lo mató él. Tortuosa la veía, y cómo no: su vida subsistía porque “Pablo” era su nombre. Su hogar. Su hombre.
Cuando ella falleció, su corazón se engrandeció diez veces, y no por un buen accionar: se infartó. La espuma vagaba por sus labios, a veces blanquecina, pálida en su amarillo. A mis ocho años, nunca había visto un trauma tomar forma de abuela.
Su fantasma nunca visitó mi casa. Creía haberla visto una tarde; usaba el vestido de su boda. Pablo era su símbolo. Ella existió porque alguna vez fue suya. Estaba a distancia, pero las manchas de tierra en su vestido, las arrugas por donde viajaban los gusanos, y su hedor —que ya no pertenecía a la comida— hicieron que cesara el tiempo. Y el ramo que sostenía no parecía una planta de la casa: lo trajo del purgatorio. Pero el purgatorio era mi fantasía, y ella estaba podrida.
Así que, a seguir jugando. Porque siendo niña puedo emular el juego y abandonar, en instantes, el trauma.
Pero la casa, después de su partida, ya no era conservadora. Levantaba polvo cuando corría, y me culpaba. Soy libre: nadie me reta, nadie me silencia; también estoy muerta.
Lo mismo decía la casa. Era arena, ladrillos, el cemento del piso; pero volvió a ser hogar. “¿Cómo es posible?” “Devuélvame la rigidez, no soporto la debilidad”, decían las paredes. Pero no eran los recovecos de los escombros ni el eco de los vivos. Eran las voces de mis abuelos descompuestos.
Ahora los pasillos entre la cocina y el comedor sí daban miedo. La casa era irrespirable. Se quedó en ella la opresión. La dureza, la crítica, el control.
No eran monstruos debajo de mi cama: eran sus cuerpos. Me respiraba en la nuca la idea de terminar como ellos.
Mamá podría consolarme, si tan solo llorar ante mis ojos se permitiera. Pablo hizo fallecer a la abuela, pero ella mató el corazón de mi madre.
Estoy sola. Y lloro porque habito la muerte cuando los recuerdo. ¿Por quién debería morir? Pablo y Lidia no suscitan en mi alma la dualidad que representan para mi madre. Pero ella no puede fenecer por mí: sentir, por linaje, no se lo puede permitir.
Así que, insolente como la niña que fui, me propuse escribir.
Escribí sobre traumas: no morí. Escribí sobre mis abuelos: reviví.
Para cuando esté en otra casa que no es mi hogar. En otro vuelo que no es mi tierra, habré perecido. Pero me leerán allá, en mi patria. Allá en Italia, la sangre de Pablo que dio una razón a Lidia para que viva.
Yo moriré como escritora, pero viva, desde niña, siempre he estado. Escribiendo, siempre soy trascendental.
Soy inmortal cuando al trauma no le doy el rótulo de muerte.

Milagros Gomez
Escritora Argentina del Terror Poético. Publicada en antologías y revistas internacionales. Directora y curadora editorial de la Revista Vapula.
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