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La eternidad del silencio

May 12, 2026

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La eternidad del silencio
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La tormenta suena así: https://on.soundcloud.com/Q2HQ5HvXuIJiAtaBVS

Te contaré la historia de un hombre

consumido por la tempestad,

el peso del miedo en sus piernas

era un grillete imposible de soltar.

¿Qué sucede cuando no sabes nadar

y te enamoras de una sirena del mar?

¿Te lanzas buscando un poco de su encanto

aunque eso signifique ahogarte en la oscuridad?

¿O te quedas desde la orilla

apreciando su majestuosidad,

aceptando que existen criaturas

demasiado libres como para alcanzar?

La veía bailar entre las olas,

libre bajo la inmensidad,

mientras él desde la orilla

solo aprendía a imaginar.

Se veía tan libre, tan elegante al danzar…

pero en el fondo de su alma

también habitaban la tristeza y la soledad.

Porque incluso las criaturas más hermosas

pueden esconder oscuridad,

y a veces quienes parecen pertenecer al océano…

también se están ahogando en el mar

Y aun así él volvió.

Aprendió a adorarla,

a cantar junto al mar,

a perderse con ella

escuchando las olas hablar.

Compartieron silencios,

pensamientos difíciles de explicar,

y juntos entendieron

todo aquello que estaba mal.

Hablaron del miedo,

de la soledad y la ansiedad,

de cómo el mundo consume almas

que solo quieren amar.

Y por primera vez en su vida…

él dejó de sentirse en soledad.

Pero un día la sirena

comenzó lentamente a cambiar,

sus ojos cargaban tormentas

que él no podía calmar.

Se alejaba entre las olas

sin decir hacia dónde iba,

mientras él regresaba al mismo lugar

esperando verla con vida.

Y aunque jamás aprendió a nadar…

seguía caminando hacia la orilla del mar.

Le cantó a las olas durante noches enteras,

lloró hasta dormirse sobre la arena,

y cada amanecer parecía una condena…

porque ella nunca volvía.

Pero él seguía ahí.

Consumido por el miedo,

la soledad y el desprecio,

preguntándose si amar tanto

era realmente un defecto.

Porque en ella encontró algo

que jamás había sentido:

un lugar cálido y eterno

donde por fin pudo existir consigo mismo.

Y no importaba cuánto tiempo pasara,

ni cuántas heridas dejara el destino…

él seguiría cantándole al océano

esperando el regreso de aquello que más amó.

Aquel hombre atormentado

siguió aprendiendo a callar,

caminando entre la niebla

sin saber cómo escapar.

Trabajaba entre el ruido,

entre dudas y ansiedad,

mientras el peso de la vida

lo comenzaba a quebrar.

Y aun así dentro del pecho

guardaba una claridad

el recuerdo de la sirena

bailando libre frente al mar.

Cada tanto regresaba

a la orilla de aquel lugar,

donde el viento susurraba

todo aquello que no logró salvar

Le cantaba a las olas

esperando que al pasar

llevaran hasta sus manos

lo que nunca pudo entregar.

Porque él jamás quiso atarla

ni robarle libertad,

solo quería verla viva,

sonriendo junto al mar.

Aunque ella perteneciera

a la luna y la inmensidad,

y él siguiera encadenado

al miedo de escapar.

Temía subir a un barco,

dejar la costa y marchar,

porque existen hombres rotos

que nacieron para naufragar.

Los días siguieron muriendo,

la tormenta empezó a llegar,

mientras todos corrían buscando

algún refugio donde escapar.

Pero él se quedó en la arena

observando la oscuridad,

como si esperara en silencio

que algo viniera a terminar.

Porque había un frío en su pecho

difícil de explicar,

un vacío que crecía

cada vez que ella no estaba más.

Y la única vez que sentía

que podía respirar,

era cuando imaginaba a la sirena

cantándole junto al mar.

Entonces aquella noche

decidió no caminar,

y se recostó sobre la arena

dejándose empapar.

Pensó que quizá la tormenta

lo obligaría a nadar,

y que hundirse entre las olas

sería más fácil que continuar.

Tal vez perdiéndose en el agua

dejaría de pensar,

y en el fondo del océano

podría volverla a encontrar.

Pero mientras el cielo rugía

y el viento comenzaba a golpear,

algo dentro de aquel hombre

empezó lentamente a implosionar.

Porque quizá la tormenta

nunca estuvo sobre el mar…

Porque quizá la tormenta

nunca descendió del cielo,

quizá llevaba años viviendo

quieta debajo de sus huesos.

Como un huracán dormido

respirándole en el pecho,

rompiéndole lentamente

todo aquello que había construido por dentro.

Desde niño caminó herido

sin permitirse caer,

pero aquella vez sus piernas

únicamente sabían retroceder.

Porque cada paso hacia adelante

se convertía en otro hacia atrás,

como si el miedo lo abrazara

para impedirle escapar.

Y mientras la lluvia caía

golpeando la ciudad,

entendió que no era el océano…

era su mente queriéndolo arrastrar.

Entonces volvió a casa

con la ropa empapada de sal,

arrastrando los pies cansados

y una tristeza imposible de explicar.

Otra noche sin verla

Otra noche hablando con la oscuridad.

Otra noche buscando sus ojos

entre sombras de la ciudad.

Y aun así recordaba

la tibieza de su mirar,

la forma tan sencilla

en que ella lograba calmar

todo aquello que llevaba años

aprendiendo a ocultar.

Pero nadie comprendía

la historia que intentaba contar,

porque hablar de sirenas

suena absurdo en esta realidad.

Le dijeron que estaba roto,

que debía dejarla atrás,

que ningún hombre cuerdo

espera treinta años junto al mar.

Mas él siguió volviendo

con su guitarra y su ansiedad,

sentándose en la misma orilla

donde aprendió lo que era amar.

Y una tarde mientras dibujaba

su recuerdo sobre un papel,

descubrió que aún temblaban sus manos

igual que la primera vez.

Habían pasado treinta inviernos,

quizá algunos más,

y aun seguía cantándole despacio

como quien le canta a la eternidad.

Nunca logró arrojarse al agua.

Nunca consiguió saltar.

Vivió mirando el horizonte

sin atreverse a cruzar.

Porque soñar era sencillo.

Lo difícil era aceptar

que hay personas que nacen

sin saber cómo avanzar.

El tiempo cayó sobre su rostro

sin mostrar piedad,

dejándole ojeras profundas,

cabellos de nieve y cansancio al mirar.

Pero aun así cada noche

regresaba al mismo lugar,

como si en el fondo supiera

que ella algún día iba a regresar.

Y cuando por fin ocurrió

nadie lo llegó a notar.

Solo el viento quedó como testigo

y las olas dejaron de hablar.

Ella apareció despacio,

lastimada igual que él,

con los ojos llenos de inviernos

y heridas sobre la piel.

Se sentó junto a su cuerpo,

acarició su vejez,

y con una voz quebrada

preguntó cómo sobrevivió sin ella

Y aquel hombre sonrió apenas,

con lágrimas queriendo caer:

—Han pasado tantos años…

y aun se siente como aquella primera vez.

Ella bajó la mirada

como quien carga culpa también,

y preguntó casi en silencio:

—¿Por qué decidiste volver? ¿Tantas veces?

Él observó el océano

antes de responder:

—Porque fuiste el único sitio

donde dejé de temer.

El único rincón del mundo

donde pude descansar,

porque incluso un hombre roto

necesita un lugar al cual llamar hogar.

Entonces ella besó su frente

con infinita suavidad,

y antes de perderse en la niebla

susurró mirando el mar:

—Espérame treinta años más.

Y él, abrazando la guitarra

contra su soledad,

cerró los ojos lentamente:

—Llevo toda una vida haciéndolo…

podría esperar una eternidad

Nicolas Olarte

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