La tormenta suena así: https://on.soundcloud.com/Q2HQ5HvXuIJiAtaBVS
Te contaré la historia de un hombre
consumido por la tempestad,
el peso del miedo en sus piernas
era un grillete imposible de soltar.
¿Qué sucede cuando no sabes nadar
y te enamoras de una sirena del mar?
¿Te lanzas buscando un poco de su encanto
aunque eso signifique ahogarte en la oscuridad?
¿O te quedas desde la orilla
apreciando su majestuosidad,
aceptando que existen criaturas
demasiado libres como para alcanzar?
La veía bailar entre las olas,
libre bajo la inmensidad,
mientras él desde la orilla
solo aprendía a imaginar.
Se veía tan libre, tan elegante al danzar…
pero en el fondo de su alma
también habitaban la tristeza y la soledad.
Porque incluso las criaturas más hermosas
pueden esconder oscuridad,
y a veces quienes parecen pertenecer al océano…
también se están ahogando en el mar
Y aun así él volvió.
Aprendió a adorarla,
a cantar junto al mar,
a perderse con ella
escuchando las olas hablar.
Compartieron silencios,
pensamientos difíciles de explicar,
y juntos entendieron
todo aquello que estaba mal.
Hablaron del miedo,
de la soledad y la ansiedad,
de cómo el mundo consume almas
que solo quieren amar.
Y por primera vez en su vida…
él dejó de sentirse en soledad.
Pero un día la sirena
comenzó lentamente a cambiar,
sus ojos cargaban tormentas
que él no podía calmar.
Se alejaba entre las olas
sin decir hacia dónde iba,
mientras él regresaba al mismo lugar
esperando verla con vida.
Y aunque jamás aprendió a nadar…
seguía caminando hacia la orilla del mar.
Le cantó a las olas durante noches enteras,
lloró hasta dormirse sobre la arena,
y cada amanecer parecía una condena…
porque ella nunca volvía.
Pero él seguía ahí.
Consumido por el miedo,
la soledad y el desprecio,
preguntándose si amar tanto
era realmente un defecto.
Porque en ella encontró algo
que jamás había sentido:
un lugar cálido y eterno
donde por fin pudo existir consigo mismo.
Y no importaba cuánto tiempo pasara,
ni cuántas heridas dejara el destino…
él seguiría cantándole al océano
esperando el regreso de aquello que más amó.
Aquel hombre atormentado
siguió aprendiendo a callar,
caminando entre la niebla
sin saber cómo escapar.
Trabajaba entre el ruido,
entre dudas y ansiedad,
mientras el peso de la vida
lo comenzaba a quebrar.
Y aun así dentro del pecho
guardaba una claridad
el recuerdo de la sirena
bailando libre frente al mar.
Cada tanto regresaba
a la orilla de aquel lugar,
donde el viento susurraba
todo aquello que no logró salvar
Le cantaba a las olas
esperando que al pasar
llevaran hasta sus manos
lo que nunca pudo entregar.
Porque él jamás quiso atarla
ni robarle libertad,
solo quería verla viva,
sonriendo junto al mar.
Aunque ella perteneciera
a la luna y la inmensidad,
y él siguiera encadenado
al miedo de escapar.
Temía subir a un barco,
dejar la costa y marchar,
porque existen hombres rotos
que nacieron para naufragar.
Los días siguieron muriendo,
la tormenta empezó a llegar,
mientras todos corrían buscando
algún refugio donde escapar.
Pero él se quedó en la arena
observando la oscuridad,
como si esperara en silencio
que algo viniera a terminar.
Porque había un frío en su pecho
difícil de explicar,
un vacío que crecía
cada vez que ella no estaba más.
Y la única vez que sentía
que podía respirar,
era cuando imaginaba a la sirena
cantándole junto al mar.
Entonces aquella noche
decidió no caminar,
y se recostó sobre la arena
dejándose empapar.
Pensó que quizá la tormenta
lo obligaría a nadar,
y que hundirse entre las olas
sería más fácil que continuar.
Tal vez perdiéndose en el agua
dejaría de pensar,
y en el fondo del océano
podría volverla a encontrar.
Pero mientras el cielo rugía
y el viento comenzaba a golpear,
algo dentro de aquel hombre
empezó lentamente a implosionar.
Porque quizá la tormenta
nunca estuvo sobre el mar…
Porque quizá la tormenta
nunca descendió del cielo,
quizá llevaba años viviendo
quieta debajo de sus huesos.
Como un huracán dormido
respirándole en el pecho,
rompiéndole lentamente
todo aquello que había construido por dentro.
Desde niño caminó herido
sin permitirse caer,
pero aquella vez sus piernas
únicamente sabían retroceder.
Porque cada paso hacia adelante
se convertía en otro hacia atrás,
como si el miedo lo abrazara
para impedirle escapar.
Y mientras la lluvia caía
golpeando la ciudad,
entendió que no era el océano…
era su mente queriéndolo arrastrar.
Entonces volvió a casa
con la ropa empapada de sal,
arrastrando los pies cansados
y una tristeza imposible de explicar.
Otra noche sin verla
Otra noche hablando con la oscuridad.
Otra noche buscando sus ojos
entre sombras de la ciudad.
Y aun así recordaba
la tibieza de su mirar,
la forma tan sencilla
en que ella lograba calmar
todo aquello que llevaba años
aprendiendo a ocultar.
Pero nadie comprendía
la historia que intentaba contar,
porque hablar de sirenas
suena absurdo en esta realidad.
Le dijeron que estaba roto,
que debía dejarla atrás,
que ningún hombre cuerdo
espera treinta años junto al mar.
Mas él siguió volviendo
con su guitarra y su ansiedad,
sentándose en la misma orilla
donde aprendió lo que era amar.
Y una tarde mientras dibujaba
su recuerdo sobre un papel,
descubrió que aún temblaban sus manos
igual que la primera vez.
Habían pasado treinta inviernos,
quizá algunos más,
y aun seguía cantándole despacio
como quien le canta a la eternidad.
Nunca logró arrojarse al agua.
Nunca consiguió saltar.
Vivió mirando el horizonte
sin atreverse a cruzar.
Porque soñar era sencillo.
Lo difícil era aceptar
que hay personas que nacen
sin saber cómo avanzar.
El tiempo cayó sobre su rostro
sin mostrar piedad,
dejándole ojeras profundas,
cabellos de nieve y cansancio al mirar.
Pero aun así cada noche
regresaba al mismo lugar,
como si en el fondo supiera
que ella algún día iba a regresar.
Y cuando por fin ocurrió
nadie lo llegó a notar.
Solo el viento quedó como testigo
y las olas dejaron de hablar.
Ella apareció despacio,
lastimada igual que él,
con los ojos llenos de inviernos
y heridas sobre la piel.
Se sentó junto a su cuerpo,
acarició su vejez,
y con una voz quebrada
preguntó cómo sobrevivió sin ella
Y aquel hombre sonrió apenas,
con lágrimas queriendo caer:
—Han pasado tantos años…
y aun se siente como aquella primera vez.
Ella bajó la mirada
como quien carga culpa también,
y preguntó casi en silencio:
—¿Por qué decidiste volver? ¿Tantas veces?
Él observó el océano
antes de responder:
—Porque fuiste el único sitio
donde dejé de temer.
El único rincón del mundo
donde pude descansar,
porque incluso un hombre roto
necesita un lugar al cual llamar hogar.
Entonces ella besó su frente
con infinita suavidad,
y antes de perderse en la niebla
susurró mirando el mar:
—Espérame treinta años más.
Y él, abrazando la guitarra
contra su soledad,
cerró los ojos lentamente:
—Llevo toda una vida haciéndolo…
podría esperar una eternidad

Nicolas Olarte
Escribo poesía y compongo piezas instrumentales para crear atmósferas, cada texto tiene un sonido; cada sonido nace de lo no dicho.
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