Es sábado por la noche y no tengo nada que hacer.
Creo que hoy fumé al menos medio atado de cigarrillos. Me tomo una copa de vino y pienso en cómo seguirá mi vida de ahora en adelante.
Ya no me queda nada por cuidar, lo perdí todo.
Pareciera que la vida solo se trata de perder y reconstruirse a raíz de eso.
¿Está mal que me sienta así? Porque creo que es injusto.
Al menos sé qué cosas nuevas tengo ahora. Todavía tengo responsabilidades, todavía tengo que estudiar, todavía tengo que ir a trabajar y pagar deudas. Aún falta un mes para mi cumpleaños, pero sigo sintiéndome vacía como el primer día. Estoy leyendo un cómic nuevo y también puedo escribir. Aunque, a veces, no es suficiente para mí.
Un sábado como este, irónicamente, extraño ir a trabajar. Me gusta porque me ayuda a no pensar, porque puedo socializar —casi obligatoriamente— y me siento, ahora sí, útil en algo. Extraño escuchar las quejas de mi jefe, siempre tiene algo para parlotear. En el fondo, a veces creo, mientras lo escucho con una atención sincera, que capaz él también necesita a alguien con quien hablar. Y me da ternura, un poco de pena también.
Pero extraño tener esa obligación, salir de casa, sentir el frío chocarme la cara. Y aunque me queje en el camino, llego y me olvido. Siento que ahí puedo ser otra persona: dejo de ser yo y me convierto en la chica amable que atiende en una tienda. No sé si pensarán eso de mí, pero yo me percibo así. Me siento un poco “mil” cuando estoy ahí. Las cosas no me afectan tanto.
¿Pero por qué en mi supuesto “lugar seguro” sí? ¿Por qué mi hogar ya no se siente hogar? Creo que, vaya a donde vaya, jamás termino de sentirme parte. Jamás pertenezco.
Es un sentimiento que brota en mí desde chica: no pertenezco. No vengo de ningún lugar y no voy hacia ninguno tampoco. Nada me queda cómodo. Siempre cambio de humor, de gustos, de elecciones, de amistades, de pasatiempos. Nada me llena por completo.
Siempre creí que así se sentía la depresión, pero creo que, en realidad, no es un problema el cual arreglar, sino algo que está en mí misma. Tal vez es parte de mi personalidad.
Soy cambiante e indecisa. Estoy en todas partes y, al mismo tiempo, en ningún lugar.
Pero me gustaría pertenecer. Me gustaría ser como los demás. Sentirme segura en algún lado. Ser cuidada, ser amada, ser elegida. Y yo poder elegir también. Pero siempre que elijo algo o a alguien, nunca es donde debo estar. No hay ningún lugar para mí.
Es frustrante. Es como cuando llegaba el momento de la piñata en los cumpleaños y ningún caramelo o regalo caía en tus manos. Y ese sentimiento de decepción que duraba horas, el afrontar la frustración, en vez de durar solo en mi niñez, se postergó durante toda mi vida. Soy la eterna niña frente a la piñata. Nunca obtengo nada.
Me pregunto qué se sentirá ser la afortunada. ¿Algún día sucederá? ¿Algún día se me dará?
Me enojo con Dios y lloro por las noches, cerrando los ojos y preguntándole al cielo si este dolor vale la pena. Si este dominó de fracasos me llevará a un rumbo nuevo en algún momento. ¿Hay recompensa después de tanto esfuerzo, de tanta espera? Quiero creer que sí.
¿Hay una esperanza ahí para mí?
Ya no quiero ser una perdedora, pero es el rol que mejor cumplo. Con un instinto casi nato, pareciera que nací para hacerlo. Mi corazón se siente agotado. Pareciera que, del otro lado, siempre la pasan mejor.
¿Será que hay algo ajeno acá conmigo que aún no veo? ¿Será que las cosas buenas son imperceptibles desde esta vista?
Cómo quisiera romper ese hechizo maligno y poder verlo. Tal vez solo necesito tiempo.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.


Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión