Pierdo la consciencia mientras en la casa yacen las huellas de mí tristeza.
Están todas las pruebas esparcidas por el suelo.
En la cama.
En mí cuerpo.
Pierdo la consciencia mientras en la casa reina el silencio de mí pensamiento dormido, apagado.
Nadie llora.
Ya no lloro.
Pierdo la consciencia y nada sueño.
No hay sueños, ya no.
Hay cierta paz acá en la esquina de la inconsciencia.
En el límite del exilio de la mente.
En el límite que disipa la tristeza y te hunde.
La cama se hunde.
¿Quién más se hunde?
Seguro soy yo.
Cómo podría saber, no lo puedo asegurar.
Pierdo la consciencia mientras la noche reina afuera.
Mientras los coches se dirigen hacia donde quieren, hacia donde desean.
Mientras el malestar se adueña de este hogar insulso, asfixiante, mío.
Y no lo arreglo.
No me arreglo.
Es que estoy rota
y no me doy cuenta.
No me molesta.
No me molesta.
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