Una vez descubrí algo inquietante: uno puede caerse de sí mismo sin que nadie escuche el golpe.
Sucede despacio, casi con elegancia. Como cuando una taza queda demasiado cerca del borde de la mesa y nadie advierte el peligro hasta que ya es tarde. Hay días en que siento que yo soy esa taza, un pequeño vértigo inclinado hacia el vacío.
Me gusta la soledad, sí. La conozco con la familiaridad con que se reconoce un cuarto cuando la luz está apagada. La vida me fue enseñando a caminar dentro de ella como quien aprende a andar descalzo: primero con cautela, tanteando el suelo, después con esa naturalidad extraña que tienen los hábitos cuando ya se volvieron parte del cuerpo.
En la soledad hay ritos mínimos.
El agua calentándose en silencio.
El vapor de un café o de una infusión que sube lento como un pensamiento.
Las historias que uno se cuenta en voz tan baja que parecen venir desde otra habitación.
He aprendido a hablarme así, como si yo fuera dos, el que escucha y el que necesita decir algo para no desaparecer del todo.
A veces incluso me observo desde cierta distancia. Me siento en mis propias piernas, me inclino sobre mi espalda imaginaria, me digo palabras suaves como quien le habla a un animal cansado. Hay días en que todo funciona, sobrevivo a la jornada, a los ruidos, a las luces demasiado fuertes, a esa sobreestimulación que deja el alma vibrando como un vidrio recién golpeado.
Entonces lloro un poco.
Pero lloro bajito, con esa prudencia que tienen los que ya conocen la intemperie.
Sé llorar así, una mano apoyada en la espalda, otra en la planta de los pies, como si el propio cuerpo fuera un territorio que necesita ser sostenido desde dos extremos para no partirse.
He aprendido muchas cosas en esta soledad. A prepararme algo caliente en las mañanas. A contarme historias en silencio. A decirme que todo está bien incluso cuando no lo está del todo.
Frente al espejo también aprendí algo más. Ya no importan demasiado las hegemonías, ni las formas correctas de existir. El reflejo que me devuelve el vidrio no es una versión pulida de nadie, es apenas alguien que ha resistido ciertos días difíciles y todavía está aquí.
Y sin embargo, hay noches.
Noches en que algo dentro de mí se vuelve más frágil que de costumbre.
Es entonces cuando aparece ese deseo extraño: tener unos brazos enormes, largos como una cinta de medir que pudiera desplegarse por toda la habitación. Brazos capaces de rodearme entero, de alcanzarme incluso cuando estoy un poco lejos de mí mismo.
Porque a veces uno también se extravía dentro de su propio cuerpo.
Quisiera abrazarme como se abrazan las cosas que están a punto de caer.
Alcanzarme en el aire antes del golpe.
Sentarme en mis propias piernas, quitarme los labios para besarme en la frente con una delicadeza que no conozco del todo. Poner los oídos sobre la mesa y escucharme desde lejos, como si mi corazón estuviera hablando en otro idioma.
Y entonces decirme, con una voz tranquila: “Está bien, botija. Todo esto también está bien".
Porque hay días en que lo único que uno necesita escuchar es que está a salvo. Que es suficiente lo que está haciendo, que no tiene que resolver absolutamente todo. Que puede descansar un rato, bajar la guardia, dejar que el mundo siga girando sin tener que sostenerlo con las manos.
Pero mis brazos no son tan largos.
Por eso, cuando llegan esos días en que no logro sostenerme del todo, cuando siento que me inclino demasiado hacia el borde de algo invisible, hago lo único que puedo hacer, me quedo quieto.
Espero.
Y en ese silencio, que a veces parece un sueño y a veces un océano, trato de estirar mis brazos imaginarios un poco más.
Lo justo para alcanzarme.
Lo justo para rodearme con cuidado.
Lo justo para convencerme, otra vez, de quedarme.
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