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La devoción del hambre.

maki

Feb 8, 2026

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La devoción del hambre.
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El traqueteo de las cadenas vibró por el suelo de cemento astillado, húmedo y frío. Eran parte de un castigo en soledad. Los grilletes que la mantenían quieta, sin la capacidad de aclamar escapatoria, rompieron la repetición interminable de los días. Lucía hermosa en el silencio de las sombras mezquinas que la acobijaban, aún sin mostrar ni una pizca de cobardía dentro de su desalma. Estaba hambrienta en esa oscuridad, meciéndose en un tarareo que sólo sonaba en su mente. Una cadencia absuelta a mantenerla entretenida y que la sostenía con delicadeza en forma de una canción ambigua que no sabe de dónde la aprendió. 

—¿Cree que esta mujer es una criatura del diablo?—preguntó una voz diferente. Alguien nuevo que despertó la singularidad de su curiosidad. La pregunta se volvió un eco adormecido y se meció en la incredulidad de un corazón humano. Parecía no creer la veracidad que albergada el sacerdote en su conversación que se asemejaba a un disparate al hablarle de ella. La había logrado “cazar viva” a palabra de él. 

—Hija mía —la llamó. 

Aquella serenidad en él la hacía alucinar. Parecía deslumbrarse por esa calma exudaba y que sobrellevaba en su sotana. Tenía un alma entera que refulgía con tanta intensidad que deseaba extinguirla.

—¿Cómo puedo llamarte?—continuó, despertando el salvajismo de su atención con esa amabilidad que le apetecía desgarrar. Nunca hubo una presentación formal. Ella se quejó de la falta de modales el primer día que la sometió. 

—Puede llamarme como usted quiera. Soy suya. 

El color de sus ojos se oscureció y se profanó a un engaño cuando respondió impura, seductora y ferviente. Tenía esa costumbre de admirarlo de manera voluntaria cuando él se acercaba sin temor, despertando su placer por devorarlo. En ese instante sonrió, consciente de lo desvergonzada que estaba siendo al deshacerse contra la palma de su mano cuando él la tocó. Moría por él en el camino de probar la fe incautada en su corazón que no dejaba de latir. Se desgarraba por su sangre.

—Si respondes amablemente a todas mis preguntas, te daré lo que quieres. 

Aquella criatura se rompió con la promesa. Asintió con euforia, rogando por su evidente deseo que jamás cedería como parte de su naturaleza aborrecida. Sus colmillos resplandecieron, irrumpiendo el escepticismo de su acompañante que soltó un jadeo ahogado y con espanto. Su silueta escuálida buscó refugio contra un muro de la celda, agotando su respirar agitado que le desagradó. Se rió en su cara por la teatralidad que terminó por aburrirla, tornando a lo que movía su atención cuando aquel sacerdote encontró lo que buscaba en el fondo de su valija. 

—¿Dónde está?—volvió a preguntar en la orquesta de un trato que en ningún momento aceptó y dejando caer una insignificante gotita de sangre dentro de un frasco. Ella enloqueció queriendo arrebatarle el resto cuando el sabor instigo sobre la punta de su lengua, alargando la belleza de aquella tortura convertida en un beneficio inequitativo. Algo que ellos querían encontrar y una respuesta que ella callaba. 

—Suficiente, no seas avariciosa —la regañó con firmeza. Una acción encantadora que terminó sosegando su martirio y desvirtuándolo en lágrimas atraídas por la desesperación y el hambre irrompible que arrasó con su ardiente deseo. Una rabieta sublime dentro de su locura dramática que terminó en risas. Se burlaba de ellos en medio de su desesperación que la transformó en un desquiciado encanto y en la audacia que los vinculaba a encontrarlo a “él”. Una fanfarronería que contemplaba desde su celda todos los días desde que llegó. 

—No se preocupen, él los encontrará. Buena suerte —soltó con una crudeza irreverente, escapando de aquel acto al tumbarse sobre el piso y volver a entonar la misma canción enredada en sus pensamientos. Se sentía absuelta porque ella no les pertenecía en esa esclavitud. Actuaba por instinto, sin máscaras y sin miedo. No daría respuestas. "Él” se las daría. 

maki

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