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La danza de los pejerreyes las merluzas y los cornalitos

Jan 10, 2026

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La danza de los pejerreyes las merluzas y los cornalitos
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 Todas las mañanas me despierto en el barco de mi papá. Me despierto en un océano sin gaviotas ni estrellas de mar, más bien en un lago, privado de olas, con el cantar de los ruiseñores y hasta un pequeño muelle donde el mundo se detiene a mirar a mi padre navegar. Es recurrente que papá se ingenie alguna forma de sacar algún pez del agua para después vendérselo a alguien y gastarlo en el pan de mañana, la verdad me tiene medio podrido con el discurso de los peces de hoy y el pan de mañana, podría encontrar otra metáfora, no sé, las poesías de hoy son los besos de mañana, pero mi papá no está en su momento más romántico, hoy en día no hay oración que salga de su boca que incluya algo más abstracto que peces barcos y panes. Todo esto no lo recalcó meramente por la falta de amor que puedo observar en su figura, en realidad lo mencionó porque antes el agua que él navegaba era otra. En tiempos no tan remotos nuestro barco surcaba las aguas más dulces, las que alimentan a las rosas veinte días antes de la primavera, esos tiempos dónde no había peces para panes, sino rosas para sonrojos. Es verdad, los peces seguían merodeando las aguas, ¿Quién no quisiera nadar entre esas dulces gotas? Sin embargo, una rosa nunca se iba a llenar con peces.


 De una vez por todas lo miré a mi papá y le pregunté por qué, si ya llegaba primavera, una vez más él no estaba recolectando rosas. Esperaba mínimamente una respuesta digna, que le de un final, por más inconcluso que sea, a mi pregunta, pero lo más profundo que se oyó vibrar en esas cuerdas fue un, es tiempo de peces. Entré en desesperación, me angustiaba no comprender, no tener respuestas, el porqué las rosas ya no florecían. Me senté de espaldas a mi lugar en el bote, sin intenciones de mirar a mi padre. 

 

 Comenzó una nueva jornada de pesca, según papá, hoy no se permitía fracasar, hoy debía ser un gran día. Al principio todo corrió de forma natural, papá juntó fuerzas y logró rescatar varios peces que al público del muelle les parecían irrelevantes, el inicio nos indicaba que el día de hoy iba a ser todo un éxito, si hacía falta que a papá se lo lleven en camilla al caer el sol iba a pasar, pero el barco iba a rebalsar de peces y la mañana del viernes iba a empezar con pan. Ya culminado el primer turno papá se sentó a descansar, pero lucía muy feliz, eso me preocupaba.


  • ¿Qué pasa pa? ¿No crees que vayamos a alcanzar el pescado que necesitamos?

  • No, hijo, es que se está nublando, ¿No te acordás lo que pasa cuando llueve en estos lagos? Los peces recuperan el aliento, comienzan a saltar y perdemos todo.

  • Es un chiste, no puede ser.

  • Callate y reza porque dios nos sople las nubes.


 Se vino el mundo abajo y no exclusivamente por nuestros ánimos, empezó a llover tan fuerte que cada gota que caía derrumbaba nuestro bote y ponía a bailar a los peces, a todos, pejerreyes, merluzas, hasta los cornalitos saltaban por doquier. Entre todo el caos de tormenta las ruedas del carro de carga se empezaron a deslizar por el asfalto y los cartones encima de ella se deshicieron, tal como las recogidas de rosas en aguas dulces veinte días antes de primavera.

 

 Fue desgarrador, pero di media vuelta, observé el reflejo de papá en agua estancada, sucia, pero que no opacaba el brillo de unos ojos vidriosos que saben que los campos de rosas florecen con la lluvia, pero que las regala quien no necesita peces de hoy para pan de mañana.


Vito Biancardi Frias

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