La taza de café tembló,
fue tu dedo,
el milímetro de tu indecisión
apoyando el pulgar,
como si el tacto pudiera borrar lo que no dijiste.
No lo vi entonces
pero ese gesto,
esa duda hecha músculo,
era ya el epicentro.
Lo ignoramos como se ignora una advertencia:
pensando que el desastre
viene con gritos,
no con silencio.
Y, sin embargo,
tu no-beso fue Hiroshima.
y yo, tres años después,
todavía recojo escombros
de una palabra jamás pronunciada.
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