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La casa hambrienta

Jun 18, 2025

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La casa hambrienta
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Este cuento pertenece a mi primera antología de relatos de terror "El horror se esconde en Ciudad de México"

Ilustración de Pablo Duarte.

Mi padre murió cuando tenía seis años. Me tocó crecer junto a mi madre, quien se suicidó luego de que me fuera a estudiar a Ciudad de México; quizás por la soledad, fruto de no tener a su pequeña hija, y única compañía, junto a ella. Esa fue la herencia que me dejó: el pavor de quedarme sola. Cuando llegué aquí fue difícil hacerme amigos. Pasé varias semanas triste y abandonada por el mundo. Hasta que los conocí.

Alejandro, Victoria, Sebastián y Ana; todos alumnos de la misma institución en la que estudiaba, la Escuela Nacional de Artes Cinematográficas. Juntos, formamos un sólido grupo de trabajo, el cual se dedicaba a realizar proyectos por fuera del marco académico. Alejandro era el líder. Caí rendida a sus pies al momento de conocerlo. Al fin tenía la compañía que necesitaba. Sin embargo, una idea suya fue el desencadenante del horror. Una tarde, en el Bosque de Chapultepec, propuso realizar un documental sobre la leyenda de “La Casa de la Tía Toña”. Varios de nosotros dijimos que no la conocíamos. Solamente Sebastián había escuchado algunos rumores, pero nada más. Es así como Alejandro comenzó a narrar el oscuro relato.

—Cincuenta años atrás, una anciana, recientemente viuda, decidió vivir en una mansión en lo profundo de este mismo bosque. Sola, y aislada de la civilización, ansiaba estar acompañada por otros. Por ello, albergó a un grupo de diez niños en situación de calle, los cuales solían rondar por su enorme casa, obnubilados por la inmensidad del lugar. Su noble gesto de solidaridad rápidamente se vio ofuscado por el accionar de los pequeños, quienes comenzaron a robar sus joyas. Acompañado del comienzo de una enfermedad senil, la situación se volvió crítica. Al enterarse del hurto, la vieja decidió asesinarlos uno por uno, para luego tirar sus cuerpos al río, por un barranco aledaño a la mansión. Al darse cuenta del vil acto que había cometido, decidió quitarse la vida en una de las habitaciones...

El relato fue interrumpido por Sebastián, quien dijo que su tío le había contado otra versión muy diferente, en la cual la tía Toña tenía dos hijos que decidieron asesinarla y darse a la fuga. Mientras discutían, comencé a sentir que alguien me miraba desde la oscuridad del bosque.

Alejandro puso fin al debate y continuó con su narración.

—Según la leyenda, la casa se encuentra embrujada. El espíritu de la tía Toña ronda por sus pasillos, llorando por la horrible masacre que llevó a cabo, implorando, arrepentida, por el regreso de sus niños. Además, aquellos que han intentado llegar a la mansión fracasaron. Inclusive, varios han muerto. Estoy seguro que nosotros podemos ser la excepción… ¿No creen?

Todos se maravillaron con el relato y la iniciativa, expresando al unísono que el proyecto debía realizarse. Yo me quedé callada, sin poder despegar ojos ni oídos de la densa vegetación. Creí ver a una figura alta y negra, camuflándose entre los troncos aledaños. Ana me sacó del trance, preguntándome si estaba de acuerdo con la idea. Sonreí y dije que sí. Volví a colocar la vista en lo profundo del bosque, pero ya no había nadie allí escondido.

La reunión terminó y todos comenzaron a marcharse. Me quedé a solas con Alejandro, y me preguntó si me encontraba bien, acompañando el interrogante con un beso. Le dije que sí, solo que el cansancio y estrés de los exámenes me tenía alterada. Él respondió con un abrazo y unas dulces palabras de calma. Rápidamente, vio unos auriculares tirados, los cuales pertenecían a Ana. Alejandro salió corriendo a devolverlos, pidiéndome que me quedara allí esperándolo. Intenté decirle que no quería quedarme sola, pero pareció no escucharme, a medida que se perdía en la lejanía. Me extrañó su reacción. Irse tan desesperado por unos auriculares que tranquilamente podría dárselos en una próxima reunión. Intenté no darle importancia. Sin embargo, la soledad en aquel momento me torturaba.

Comencé a escucharlos. Niños riendo. Mi sangre se heló al instante. Miré hacia mis costados. No había nadie. Sin embargo, sabía que algo se aproximaba. De pronto, el bosque quedó en completo silencio. Ningún pájaro cantaba, los grillos se habían callado, y el viento dejó de correr por el lugar.

Fue allí cuando escuché su voz por primera vez.

Lucía...

Al principio no supe de dónde provenía. Tuve que agudizar la vista. Una vez que mis ojos penetraron las tinieblas, la encontré. La figura se movía directo hacia mí. Una silueta negra que parecía levitar. Yo permanecí quieta. El terror que corría por mis venas no me permitía moverme. Estaba a punto de emerger de entre los árboles, cuando...

—Lu. —La voz de Alejandro me sacó del horrible escenario de pesadilla en el que me encontraba. Luego, me preguntó qué estaba mirando. Intentando obviar lo que creía haber sido fruto de mi imaginación, dije que me parecía haber visto un animal. Alejandro me abrazó, a medida que los dos nos marchamos de allí.

—Pensé que habías visto a un muerto —dijo él y luego rompió a reír. Pero yo no me sumé a la diversión. Aquello no tenía nada de gracioso.

A medida que los días pasaban, nos fuimos preparando para el rodaje. Cada uno llevaría su propia cámara, a excepción de mí, que no contaba con una. Por lo tanto, me encargaría del sonido. En las reuniones previas al día de filmación, noté un comportamiento raro entre Alejandro y Ana. Él siempre se sentaba junto a ella, y ambos reían por chistes dichos en voz baja. Los celos comenzaron a gobernarme. Mi mente estaba llena de dudas, producto del temor a perderlo todo, de volver a quedarme sola.

En la última reunión se concluyó que iríamos por uno de los dos puentes que llevaban a la casa de manera oculta, lugar donde algunos jóvenes se habían accidentado y otros perdieron la vida. La foto que se había hecho viral por Internet de una de las mansiones dentro del bosque era el punto más concreto que teníamos como referencia, y, por lo tanto, principal destino.

Victoria fue la única integrante que sembró sus dudas ante el grupo. Dijo haber investigado días atrás sobre los alrededores del lugar, y que, según las distintas noticias y fuentes que había encontrado, se topó con tétricos hallazgos. Siendo el peor de ellos la aparición de un cuerpo baleado dentro de un carrito de compras. La gran mayoría rio y bromeó al respecto, excepto yo. Mi rostro imitó la misma expresión de preocupación que se reflejaba en Victoria.

Un día antes de la fecha de rodaje, hicimos un último trabajo de campo. Decidimos grabar, con una cámara y micrófono ocultos, la entrada principal de la mansión. Como bien suponíamos, un guardia de seguridad nos interrogó. Estaba entrado en años y su rostro demarcaba cansancio. Alejandro brindó una excusa simple pero efectiva, diciendo que éramos estudiantes de Turismo y que nos encontrábamos investigando el bosque de Chapultepec. El guardia se relajó un poco y disminuyó sus sospechas. Luego, Alejandro le preguntó sobre la supuesta leyenda de la tía Toña. El anciano contestó que no convenía meterse con esas cosas, que lo único que él sabía era que dentro del bosque se hacían brujerías, y que muchas veces había encontrado restos de rituales durante el día.

—¿Y qué pasa en la noche? —preguntó Alejandro. Se notó un cierto temor en el rostro del guardia.

—No lo sé… ni quiero saberlo —sentenció.

La expedición se realizó al anochecer. No queríamos levantar sospechas o ser encontrados. Todo debía ser realizado de manera secreta. Nadie sabía, ni siquiera nosotros, que estábamos ingresando en la boca del lobo. Tomé la mano de Alejandro durante el trayecto, pero él rápidamente la retiró, explicándome que necesitaba estar libre y preparado para registrarlo todo. Acepté su rechazo.

La noche ya gobernaba la inmensidad verde del lugar. Todos bromeaban entre sí a medida que nos aproximábamos al puente, chocando unos con otros en la oscuridad, viendo tan solo por el visor de la cámara en modo nocturno. Yo intentaba guiarme con las voces de mis amigos. En un momento, giré la cabeza hacia un costado y vi algo. Un pequeño rellano se encontraba iluminado por los débiles rayos de la luna. Entre las siluetas de los árboles vi correr unas figuras de baja estatura. “Son los niños”, pensé, mientras un escalofrío recorría todo mi cuerpo. Aceleré el paso y me hundí entre el resto del grupo.

El puente podía verse de manera clara, pero no lo suficiente como para cruzarlo. En las vigas de metal se leían distintas fechas y nombres. Pruebas de las almas que habían intentado cruzar. El grupo no dio mucha importancia a ello, pero yo me detuve ante una inscripción. Había una frase escrita, como si alguien hubiera agarrado una piedra para luego raspar la roca contra el acero. Esta rezaba: Nunca estarás sola. Estuve a punto de tocar aquel breve e inquietante grabado, pero la voz de Alejandro irrumpió el extraño momento. Pidió que los demás encendieran la cámara principal, junto a las luces de la misma, y que yo preparara el sonido. Puso su mejor voz de documentalista y comenzó a explicar dónde nos encontrábamos y qué habíamos venido a buscar. Luego, se acercó al puente. Dijo que estábamos situados a más de treinta metros de altura del suelo, y que según se contaba, veintitrés jóvenes habían perdido la vida en ese mismo lugar, intentando llegar a la casa.

Comencé a oír un murmullo lejano. Voces infantiles que querían decirme algo.

—Yo seré la primera persona en cruzar este puente con vida —dijo Alejandro.

Puso su pie sobre una de las maderas y esta crujió. Sebastián logró tomarlo del brazo en el momento justo en que estaba por seguir el mismo camino que el frágil pedazo de madera. La incertidumbre y miedo se adueñaron del grupo. Yo seguí escuchando las voces. Pude comprender lo que estaban queriendo hacerme saber.

Ve tú… tú sí puedes cruzar.

—Yo voy a cruzarlo —expresé, con una voz monocorde y fría, que casi no pude reconocer.

Caminé directo al puente. Victoria intentó detenerme, pero Alejandro se lo impidió, indicando que siguieran grabando. Logré avanzar dos metros por la derruida pasarela hasta frenarme y decir:

—¿Van a seguirme o qué?

Continué avanzando, mientras ellos me seguían por detrás. En ningún momento giré para ver cómo se encontraban, tan solo marché, como un imán atraído hacia un metal oscuro y poderoso. Podía sentir el pavor de todos ellos, casi como si emanaran terror por sus poros. Finalmente, logramos cruzar el puente.

Llegamos a la tan ansiada casa. La mansión era inmensa. Su arquitectura, de lo más peculiar, poseía un aura de misterio. Los diversos balcones del edificio se asemejaban a un laberinto sin salida. Se podían ver varias cúpulas triangulares en su parte superior, las cuales daban un aspecto de estilo gótico al lugar. A simple vista, se trataba de una vivienda singular y extraña, pero un factor determinante hacía que su esencia se desvaneciera: la gran mayoría de las luces de las habitaciones estaban encendidas. Había miradas de preocupación sobre mí. Yo permanecía inmutable. Alejandro, por su parte, se colocó de espaldas a la casa y comenzó a hablar a cámara. Los niños volvieron a hablarme...

Por aquí, Lucía… es por aquí.

Alejandro estaba terminando de explicar que nos encontrábamos en las afueras de la casa de la tía Toña, y que parecía estar habitada, pero corté en seco su monólogo.

—Esta no es la casa… Síganme.

Alejandro lanzó una mirada de intensa irritación. El resto del equipo enfocó sus cámaras sobre mí, para luego seguirme. Se podían escuchar las quejas del otro por detrás, pero nadie le prestó atención.

Yo avanzaba a paso ligero entre ramas y hojas. Mientras las voces me guiaban, mis amigos me seguían como cerdos directo al matadero.

Por fin, la encontré. Se trataba de una casa humilde, o al menos lo era en su tiempo. Ahora se encontraba arruinada y consumida por el paso del tiempo. Sus ventanas estaban tapiadas, la madera de los cimientos carcomidas por la humedad, el techo y las paredes gobernadas por la vegetación forestal. Ningún sonido lograba discernirse, todo se hallaba en silencio. El grupo continuó filmando a Alejandro, mientras seguía con su cháchara informativa. Yo, sin darle importancia a nada de eso, abrí la puerta de un empujón e ingresé.

Una estela blanca prevalecía en los rincones del lugar, mezcla de polvo y telas de araña. Las paredes estaban impregnadas de un líquido negro y vetusto, el cual descascaraba el empapelado amarillento de ellas. En el piso, pude discernir que había al menos un centenar de pequeños rayones, como si alguien hubiera estado desgarrando sus uñas, intentando aferrarse a su vida, mientras era arrastrado por algo o alguien.

Ven, niña... acompáñame.

No podía verla, pero la sentía muy cerca, casi respirándome en la nuca. Caminé por confusos e irregulares pasillos, aquel lu- 40 gar parecía un olvidado palacio situado en la delgada línea entre la vida y la muerte. A lo lejos podía escuchar a mis amigos, llamándome, pero mi andar no se interrumpió en ningún momento.

Llegué a una habitación donde había una silla enfrentada a un espejo de piso, roto. El cristal fragmentaba la realidad reflejada. Me senté y rápidamente un viento helado golpeó mi espalda. Dos manos esqueléticas y firmes se posaron sobre mis hombros. Pude ver a la tía Toña en el espejo. Se trataba de una mujer alta y delgada, con el pelo gris atado y tirante, la piel de su cuerpo estaba teñida de un blanco opaco. Recuerdo que pensé: “Similar a la de los cadáveres… igual a la de mi madre cuando la vi dentro del ataúd”.

¿Quieres saber la verdad, mi dulce niña?

Asentí débilmente.

Pues escucha bien... nunca cuento las cosas dos veces.

Mientras la tía Toña hablaba con su voz de ultratumba, los sucesos del pasado se materializaron en mi mente, como si realmente yo hubiera estado allí presente.

Vi a la anciana llorar de rabia y tristeza luego de haber perdido a su marido; cómo rondaba por el bosque sin rumbo alguno; su encuentro con los niños y cómo uno a uno se fueron convirtiendo en huéspedes de su pequeño hogar. También pude ver los castigos físicos que sentenciaban el juicio ante las travesuras de los chiquillos. Día a día, el sometimiento era peor, pero una cierta cruel ternura se escondía por debajo. Sin embargo, los niños decidieron vengarse, haciendo trizas la única foto del difunto marido. Por ello, la tía Toña decidió ponerle fin a aquel mal.

Agarró una vieja caja de veneno para ratas e hizo una abundante cena para todos los pequeños, con aquel terrible condimento como receta secreta. Varios de ellos vomitaron sangre y murieron en el acto, otros intentaron huir, arrastrando sus débiles cuerpos hacia la puerta de entrada. En las duras noches de invierno, ella mandaba al mayor de los niños a cortar leña. El hacha se encontraba donde siempre, posada en uno de los cuartos, junto a los juguetes de madera. La tomó y terminó el trabajo. Una vez que apiló todos los cuerpos, los despedazó y llevó sus restos en un saco hacia un barranco y los lanzó. Los miembros amputados flotaron por el río circundante hasta llegar al puente que con mi grupo de amigos habíamos atravesado horas atrás.

La anciana recapacitó ante tal acto. Volvía a estar sola. Había perdido a todas las personas que amaba, y, por lo tanto, no quedaba más remedio que irlas a buscar. Comió dos platos de la letal comida y cayó muerta, hundiendo su rostro en una masa marrón, similar al barro inundado por agua estancada.

Un tanto patético, ¿no te parece? Mira cómo quedó mi rostro.

La anciana tomó mi cabeza y obligó a que me girara. Un pavor frenético se encarnó en mi rostro. Su cara estaba en un avanzado grado de descomposición. Podía verse parte de su mandíbula inferior, dientes negros como un cáncer terminal, sus ojos vacuos y blanquecinos como los de un ciego que ha visto el horror en la oscuridad. También había restos viscosos de comida, por los que se movían pequeños gusanos.

Tú también estás sola… y ahora más que nunca... escucha...

Colocó los auriculares en mis oídos. El micrófono corbatero de Alejandro seguía encendido. Lo puede escuchar hablar junto a Ana.

—Está loca, ya no sé qué hacer con ella —decía Alejandro.

—Debes contarle sobre lo nuestro cuanto antes… Si no se entera ahora, luego perderá la poca cordura que le queda —le contestó Ana.

Las lágrimas no tardaron en recorrer mi rostro. La anciana sonreía, gozando con mi sufrimiento.

Únete a nosotros, pequeña… Nunca estarás sola… Te acompañaremos… por siempre.

Los raquíticos dedos de la anciana comenzaron a abrir mi boca, a medida que sus fauces destruidas y putrefactas hacían lo mismo. Miles de gritos sonaron en el interior muerto de aquel agujero. Un círculo que devoraba vidas.

La casa había cambiado. Sus líneas rectas se habían torcido. El horizonte era difuso. Y los rincones escondían cosas en la oscuridad. La tía Toña agarró el hacha, ahora oxidada y cubierta por sangre seca de años atrás. Luego, a medida que arrastraba el filo metálico por las maderas del suelo, comenzó la cacería.

Yo corría detrás de ella, pero parecía nunca alcanzarla, me sentía en una pesadilla en la que mis piernas no respondían ante el terror puro que fluía por mis venas.

Encontramos primero a Sebastián. Intenté gritarle que corriera, pero parecía no escucharme. Mi voz sonaba como si estuviera a kilómetros de distancia. Una vez que la figura espectral se colocó junto a él, giró, sobresaltado, y horrorizado, al ver el filo del hacha aproximándose a su cabeza. Algunas gotas de sangre cayeron en mi rostro. No pude expresar emoción alguna, producto del shock. Entonces, comencé a sentir los pasillos del lugar. Las voces en las paredes. Las puertas que engañaban y llevaban a ninguna parte. Los llamados de mis amigos, quienes no podían encontrarse en aquel laberinto infinito. La casa cambiaba a merced de la tía Toña.

Victoria fue la siguiente en ser interceptada por el espíritu. Al ver el hacha goteante de sangre siendo blandida por la Tía Toña, imploró piedad.

Huye... Cuéntales a todos lo que viste... Haz que esas almas solitarias vengan a mí.

Victoria, llena de lágrimas en sus ojos, escapó de la casa para nunca más volver. Intenté detenerla, pero no lo conseguí. Ni siquiera pareció haberme visto.

Encontramos a Alejandro y Ana saliendo del interior de una habitación. La tía Toña se aproximó ávidamente hacia ellos. Alejandro fue el primero en actuar. Volvió a ingresar al cuarto y luego se pudo escuchar como bloqueaba la puerta con un mueble, abandonando a Ana. Ella, ante tal cobardía, comenzó a insultar a su amante, para luego implorar que le abriera, y, finalmente, rendirse. El vil espíritu se colocó frente a ella. Sonreía. Ana cayó al piso y alargó su mano, clamando piedad. Pero la suerte ya estaba echada. El hacha brindó su sentencia final. Podía escuchar el llanto de Alejandro en la otra habitación. La anciana comenzó a partir la puerta de madera junto a su fiel y ensangrentada compañera, hasta por fin derribarla.

Estaba en un rincón, sentado, abrazado a sus piernas, y balanceándose de atrás hacia delante. Imploró que no lo hiciera, que no mutilara su vida, ni su cuerpo. El espectro se paró a escasos centímetros de él. Fue entonces que alcé la cabeza. Me di cuenta que me encontraba en la misma habitación del comienzo. El espejo y yo nos enfrentamos en un duelo de miradas. Donde antes se había reflejado la tía Toña, ahora se encontraba mi figura, sola, enmarcada sobre el cristal, sosteniendo el hacha que había acabado con mis amigos.

Hazlo. Esta vez, la voz de la anciana no intentaba ser persuasiva e hipnótica. No. Ahora se trataba de una orden. Levanté el hacha con ambas manos, preparando el impacto.

Luego, todo fue silencio.

Aquí es donde vivo actualmente, en la Casa de la tía Toña. Donde el día y la noche no existen, y el tiempo está suspendido en medio de la realidad. El hogar de todos los niños que han sido abandonados. Juego con ellos en el bosque, y deambulo por los pasillos, flotando de un lugar a otro. Y, siempre, ella está cuidándonos. Por fin estoy libre de la soledad, por fin estoy acompañada, por fin, estoy en paz.

Ahora debo irme. Parece que el plan de dejar viva a Victoria ha funcionado. Alguien ha entrado a la casa, y tía Toña nos ha prometido a todos un lujoso banquete a base de almas.

Juan Ignacio Villano

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