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La cámara N°9

Nikkel

Oct 6, 2025

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La cámara N°9
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CAPÍTULO 1/3

Martín trabajaba como operador nocturno en el centro de monitoreo de la empresa de seguridad VIGILAR S.A., ubicada en el centro de la ciudad. Era un trabajo solitario, pero tranquilo: doce pantallas frente a él, cada una mostrando distintos puntos de edificios corporativos, depósitos, estacionamientos y oficinas. Le gustaba pensar que protegía al mundo mientras dormía.

Aquel martes, cerca de las 3:17 a.m., ocurrió algo extraño.

La cámara número 9, asignada a una vieja fábrica reconvertida en oficinas vacías, comenzó a parpadear. No era raro que alguna señal fallara, pero esta vez no mostraba estática, ni negro: aparecía una imagen, muy breve, casi imperceptible. Como una figura. Como si alguien pasara muy rápido por delante del lente, pero más… borroso. Más roto.

Martín parpadeó. Retrocedió la grabación. Nada.

Volvió a ponerla en vivo. Y ahí estaba: un destello. Una silueta de pie, en el centro del pasillo, entre el reflejo pálido de las luces de emergencia. Pero era imposible. La oficina 9-A llevaba meses cerrada. No tenía guardias asignados. Y lo más inquietante: la cámara estaba colocada en un ángulo fijo, pero ahora parecía tener un leve movimiento. Como si se inclinara hacia adelante, acercándose.

Martín se frotó los ojos, rió nerviosamente, y pensó que tal vez estaba demasiado cansado.

A las 3:32, volvió a mirar la pantalla. La figura estaba más cerca.

Martín cambió de monitor. Volvió a la cámara 9. La imagen parecía la misma, pero ahora el pasillo estaba más oscuro. El brillo bajaba lentamente, como si la luz se desvaneciera en tiempo real. Volvió a revisar la grabación. Esta vez sí había algo registrado: segundos de interferencia y, entre los fotogramas corrompidos, la figura seguía ahí.

Pausó. Dio un paso atrás en la reproducción. Luego otro. Y entonces lo notó.

La figura no aparecía repentinamente: se acercaba.

Con cada paso atrás, estaba más lejos. Estaba caminando. Hacia la cámara.

Se le erizó la piel. El cuerpo, aunque borroso, tenía forma humana. Pero algo en su postura estaba mal. Los brazos colgaban a los lados, muy separados del torso, como si sus hombros se hubieran dislocado. La cabeza parecía ladeada, y una mancha negra cubría el rostro.

Martín intentó contactar al supervisor del edificio. Tomó su radio.

—¿Control a Puesto 9, me copia?

Silencio.

—¿Control a Puesto 9, por favor confirmar presencia en el área? Detectamos movimiento en el pasillo principal.

Nada. Solo un zumbido.

Intentó llamar al número de emergencia del edificio. Llamada rechazada.

Volvió a mirar la cámara. Ahora no había figura.

Se incorporó lentamente. Algo en el aire había cambiado. Revisó el resto de las cámaras del edificio 9. Todas mostraban pasillos vacíos, pero en la cámara 11, una puerta comenzó a abrirse sola. Despacio. Sin viento. Sin personas.

Martín tragó saliva.

Volvió a la cámara 9. La imagen estaba completamente negra.

Pensó en reportarlo, pero una sensación muy profunda—una que no podía explicar—le decía que no debía hacerlo. No todavía. Era como si algo estuviera esperando que hablara. Como si al nombrarlo, lo atrajera.

Decidió guardar una copia del video en un pendrive. Lo etiquetó como “ANÓMALO – C9 – 03:17am”.

Justo cuando terminó de copiar el archivo, las luces del centro de monitoreo parpadearon. Solo por un segundo.

Martín volvió a mirar la cámara 9. El pasillo ahora estaba completamente negro.

Resopló con fastidio. Abrió el software de monitoreo y activó la opción de control remoto para reiniciar la cámara. Pero justo cuando el cursor se posó sobre el botón de reinicio, algo hizo que se congelara.

La imagen volvió por un instante. Pero no era el pasillo.

Era otra sala. La suya.

El plano era estático, como si alguien hubiera instalado una segunda cámara en la esquina más alta del centro de control. Martín se quedó paralizado. En la pantalla, él estaba sentado frente a los monitores, de espaldas. Movió un poco su cabeza real… y la figura en el video no se movió.

—¿Qué…?

Avanzó un segundo. En la grabación, su cuerpo seguía igual, sin vida, inmóvil, con la cabeza gacha.

Retrocedió. Avanzó. Detuvo la imagen en un punto exacto. Dio zoom in.

Y ahí lo vio.

Sus ojos estaban abiertos. Pero en lugar de pupilas, solo había blanco. Como si estuviera muerto. Como si el cuerpo que veía en la cámara fuera una versión de sí mismo después de algo horrible. En la esquina inferior, el sistema marcaba: “Grabación: 04:12 AM – Cámara 9”. Faltaban solo quince minutos para esa hora.

Volvió al archivo anterior, temblando, y lo reprodujo cuadro por cuadro.

En uno de los frames corruptos, escuchó un crujido breve en el audio. Subió el volumen.

No era estática. Era un susurro. Casi inaudible.

—Martín… abrí la puerta…

Soltó los auriculares y se levantó de golpe.

Se giró. La puerta seguía cerrada. No había nadie. Solo el silencio del turno más largo de su vida. O al menos, eso pensaba.

Regresó a la pantalla. La imagen ahora mostraba el pasillo, como si nada hubiera pasado.

Pero Martín ya no estaba seguro de lo que era real.

Y el reloj, en la parte superior derecha, avanzaba inevitablemente hacia las 04:12 AM.

Nikkel

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