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La Boca de Boedo

Vitoo

Jan 11, 2026

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La Boca de Boedo
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  • Dale Maca, ya te dije que no me la creí no hace falta que sigas jodiendo así, ya es aburrido.

  • No seas tarado, te lo digo de verdad, no me hace bien que te lo tomes para chiste.

  • Es que mirá la gansada que estás diciendo Macarena, por favor, mirá si te vas a ir a la otra punta de la ciudad así sin avisarme, se me hace imposible creerte.

  • No es mi culpa, no quiero que sea mi culpa. Aparte es Boedo, con el subte en quince minutos estás, tampoco me hagas dramatizarlo, sabés de sobra como me pongo cuando exageras.

  • Bueno, está bien me callo, pero cuando salgamos del colegio bancame dos minutos, ni siquiera, treinta segundos así charlamos.

  • Estoy cansada de que me asustes así.


  No me esperó, supongo que no había mucho más que charlar, quedará simplemente leer la dirección, ir a saludar y cruzarnos esporádicamente en algún recital, algún cumplimiento de quehaceres. Quizás es por estos sucesos que, de pronto, me pongo a reflexionar. No fue la excepción, el camino de vuelta fue una discusión interna, una batalla perdida a la que mi forma de reaccionar fue únicamente cargarla con más y más importancia. Maca no es alguien más, es mi contraparte favorita, no coincidimos en nada, pero lo hacemos, es esa conexión que une y destruye, que bonita destrucción, que deseoso de sal está este caracol.


  No había más que palabras vacías alrededor de mi cabeza, pero la mantenían llena, es la vulnerabilidad que deja pasar cualquier intruso a mis ideas. Casualmente mis ojos se rehidrataron al ver que la mamá de Maca cruzó la puerta. Nuestras madres fueron amigas desde que se inventó el español, siempre juntas a pesar de la distancia y que milagrosamente Maca y yo hayamos nacido ambos en Octubre de 2008 las acercó. Confianzuda como siempre fue, agarró la silla de la cabecera de la mesa, tomó asiento y sacó el termo, que envidia, tiene de todo por contar y yo aquí parado muerto en vida con las palabras en una lengua reseca y un cerebro plagado de telarañas. La charla viajó de año en año, desde los primeros pasos, las primeras palabras, el colegio juntos, haciendo que me decida por sacar un té del cajón, armarlo y cerrar la puerta de mi cuarto. De todas formas me atrapa la inquietud, quisiera saber que té o qué música escucha Macarena, sola en su cuarto.


  Si las decisiones las tomara con la rapidez con la que empaqué mis cosas y caminé hacia lo de Macarena, habría creado la rueda, pero como todo va lento en mi cabeza y no me puedo centrar en lo que realmente quiero, subí al subte y esperé no equivocarme de sentido. Macarena sabe con certeza que yo estoy yendo, igualmente no quiere. Le pesa la incertidumbre de nuestro último encuentro, el beso en el cachete que nunca se dió, los 30 segundos perdidos, mi cara por haberla esperado en los escalones de la puerta del colegio aquel día que discutimos. Probablemente la falta de carácter de sus palabras me dañen más, preferiría el odio, el maltrato y la hostilidad a la indiferencia de esa tarde, es cruel su lugar, es dañina mi presencia, pero más penetrante mi austeridad, todo sería más fácil si pudiese detener el tiempo. Esa indiferencia fue lo que me hizo volver, no existió daño tal como la falta de palabras, faltaron tantas que me las tuve que inventar yo.


  Si había algo terrorífico era el timbre, nadie me esperaba, pero ahí estaba yo, otra vez. Me había costado tanto entender que necesitaba estar allí, su nueva persona, su nueva vida, me senté en los escalones de la entrada y esperé. Al cabo de cinco minutos me abrió la puerta y con una sonrisa de oreja a oreja me paralizó.


  • Si sos más obvio Fausto, yo sabía que ibas a venir. No te me quedes sentado en el piso ahora.

  

  No lloré porque ella me iba a querer ver así y reírse, no le iba a dar el gusto. Durante la subida en ascensor nos dimos el abrazo largo que nos correspondía y merecíamos, yo no tenía mucho tiempo, lo mejor era verla y abrazarla. Al entrar al departamento acomodó todo de forma apresurada, pues, fue todo una gran sorpresa y se tiró en el sillón, me acomodé como siempre hice, pero algo extrañado, había un olor avejentado y me incomodaba. La charla prosiguió con normalidad hasta que me pidió un minuto, salió a prender un cigarrillo y cuando volvió sonrió con esos dientes de publicidad que siempre tuvo. Que atrasada quedó mi mente, yo quería hablar, conversar del año que ya llegaba, de las vacaciones, los juegos, la familia, los pasatiempos, pero todo se ahogó en el humo de un cigarro mal apagado. Es irónico que haya necesitado un respiro y haya aterrizado aquí.


  No había más que hacer que tomar mis cosas e irme, caminar con tantas dudas como la primera vez, quizás aunque los dos sean colores, el rojo y el amarillo tanto no se parecen ni se conocen. Tal vez la indiferencia era un aviso, un letrero que me notificaba acerca del final. Quisiera odiarte, quisiera poder hacerlo y que el olvido pese menos, que me hayas herido a consciencia, que tu cariño haya sido más suave y no tan cercano como para haberme acostumbrado a vivir con él. Jamás desaparecerá porque no lo quiero así, pero no la reconoceré nunca más en las fotos de niños, no sé cómo, pero se la comió Boedo.


Vitoo

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