Todos, alguna vez, nos sentimos “feos”.
Nacemos, pero no nacemos sintiéndonos menos o feas.
Nacemos y somos felices tal como somos.
Somos niños y quizás nunca nos importa lo que digan los demas
hasta que llega ese golpe que duele:
¿Por qué me dicen fea?
¿Seré fea de verdad?
Fea, horrible, sin físico, gord@, plan@, p*ta.
Siempre hay algo para criticar.
Creen que es normal discriminar a alguien por cómo es.
Y la discriminación no viene solo de las personas,
también viene de la familia.
Entonces viene la pregunta:
¿está bien discriminar a otro para sentirse mejor?
La respuesta es no.
Muchos creen que está bien hacerlo.
A veces lo hacen solo para sentirse “superiores”.
Pero las palabras son fuertes,
son flechas que llegan directo al corazón.
Nos morimos lentamente por cómo somos en verdad.
Deseamos, o intentamos, ser como los demás.
Y eso está mal.
¿Por qué está mal?
Porque las palabras de los demas nos controlan.
Porque lo que dicen los demás, aunque sea estúpido,
termina decidiendo quién creemos que debemos ser.
Porque dejamos que la poca autoestima nos maneje.
“Se maquilla porque se siente fea.”
“Hace ejercicio porque le dijeron gorda.”
“Se pone poca ropa, ya parece p*ta.”
“Usa ropa ancha para que no se note su cuerpo.”
Vivimos en una sociedad donde todo es crítica.
No todos queremos ser criticados.
No todos queremos sentirnos insuficientes.
¿De verdad queremos ser alguien distinto
solo para ser suficientes para los demás?
“Si soy así, nunca me van a aceptar.”
“Ellos son perfectos.”
Pero no. Nadie es perfecto.
Todos somos imperfectos.
No nacimos iguales.
No somos como ese ideal que queremos alcanzar.
Querer ser perfecto es un sacrificio.
Creemos que está bien,
pero en el fondo sabemos que lo hacemos
para sentirnos suficientes ante los demás
y no por nosotros mismos.
Si sentimos que queremos cambiar
porque nos sentimos insuficientes,
entonces cambiemos solo si creemos
que ese cambio nos va a llevar a amarnos más,
no por las palabras de los demás.
“Soy gord@.”
“Soy fea.”
“No soy linda como ellas.”
Nos miramos al espejo y nos preguntamos:
¿cuándo dejaré de comer tanto?
Me veo más gorda, tengo rollitos,
mi cara tiene granitos,
tengo ojeras, mis arrugas se notan más.
¿De verdad nos vemos así?
¿Y qué podríamos hacer?
Cambiar…
o aceptar lo que somos en verdad.
Es un paso que todos queremos dar
para vernos felices,
para sentirnos suficientes.
Si creés que cambiar te va a acercar a la felicidad contigo misma,
entonces hacelo.
Creemos que el maquillaje nos salva la vida.
Que nos hace ver lindas, perfectas.
Cuando la verdadera belleza somos nosotras mismas.
“¿Por qué no me veo linda?
Míralas a ellas, son lindas.”
Nos comparamos
porque no nos sentimos lo suficientemente llamativas.
El maquillaje nos hace sentir mejor,
pero también nos vuelve dependientes.
Creemos que es lo único que tapa
nuestro verdadero rostro.
Ese mismo rostro con el que nacimos
y que fue cambiando con el tiempo.
Pensamos que sin maquillaje todos nos verán feas.
Que algunas, con suerte, tienen belleza natural
y otras no.
Pero en algún momento
alguien verá o recordará nuestro verdadero rostro.
Y sentiremos miedo de no ser aceptadas,
de que el maquillaje no sea suficiente.
¿Es solo porque otras chicas son más lindas?
¿O vivimos con el miedo
de creer que nunca lo seremos?
Tal vez deberíamos preguntarnos:
¿es linda de verdad?
¿Es linda sin maquillaje?
¿O es su personalidad lo que la hace llamativa?
¿De verdad el maquillaje puede tapar
nuestro verdadero rostro?
Creemos que sí.
Creemos que así dejaremos de compararnos.
Pero al final,
seguimos sintiéndonos feas,
porque siempre habrá alguien linda
con o sin maquillaje.
Maquillarse no es malo ni bueno.
Es una elección.
Pero tenemos que saber
que nuestra belleza natural
es lo más real y perfecto que tenemos.
“Importa mil veces más el físico que la personalidad.”
Creemos que la personalidad es lo llamativo,
pero el físico…
es lo primero que miramos.
No voy a mentir
yo también preferiría el físico.
Hasta que me pregunté:
¿y si alguien cambiara por mí?
¿Yo cambiaría para enamorarte?
Tal vez por tantas novelas
que nos hacen creer
que alguien cambia por amor.
Si uno se siente menos por no tener belleza o físico,
hará lo posible
para que el otro lo vea perfecto o atractivo.
El físico siempre va a importar.
Pero si una persona quiere cambiar,
le va a nacer hacerlo.
Y si no,
la otra opción es amar a alguien tal como es.
Podemos motivar, acompañar, sugerir.
Pero no obligar.
Porque obligar lastima.
El cambio tiene que nacer de uno mismo.
Y mientras tanto,
también debemos aprender a amar al otro
tal como es.
Amamos la personalidad
porque es la belleza de uno mismo,
aunque a veces el físico nos distrae.
Así que, si de verdad queremos cambiar,
que sea por nosotros mismos
y no por los demás.
Todos somos imperfectos.
Tenemos de
fectos,
y aceptarlos, incluso amarlos
será lo mejor que podemos hacer por nosotros.
Porque seguramente en el futuro
esos defectos también serán amados…
por nosotros,
o por alguien más.
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