mobile isologo
buscar...

La arquitectura del derrumbe.

Jun 25, 2026

286
La arquitectura del derrumbe.
Empieza a escribir gratis en quaderno

A veces la vida insiste en presentarte personas justo cuando todavía estás intentando entender qué hacer con tus ruinas.

—¿Qué hacés acá? ¿Cómo que querés pasar? ¿Ahora? ¿A casa?

Te miro desde el otro lado de la puerta y siento que llegaste en el momento equivocado. No porque no quiera verte. No porque me incomode tu presencia. Es simplemente que no sabés cómo está todo esto. Desde afuera parece una casa normal, supongo. Tiene paredes, ventanas, una chimenea que todavía conserva cierta dignidad y algunas luces que logro mantener encendidas cuando cae la noche. Pero las casas se parecen mucho a las personas: casi todo lo importante sucede lejos de las fachadas. Y si vieras lo que hay detrás de estas paredes entenderías por qué tardo tanto en abrir.

Discúlpame, che. De verdad me gustaría invitarte a pasar. Prepararte un mate. Hacerte un lugar en el sillón. Recorrer la tarde hablando de cualquier cosa, dejar que las horas envejezcan despacio mientras el agua vuelve a hervir una y otra vez. Pero hace meses que no entro realmente en esta casa. Apenas llego a dormir unas pocas horas antes de volver a salir. He pasado tanto tiempo ocupándome de sobrevivir que olvidé detenerme a revisar qué estaba ocurriendo por dentro. Hay habitaciones enteras que no visito desde antiguos inviernos. Pasillos donde el polvo ya forma parte de la decoración. Puertas cerradas que prefiero no abrir porque sospecho que detrás de ellas siguen esperando preguntas que todavía no sé responder.

A veces pienso que la casa se acostumbró tanto a mi ausencia que empezó a inventarse un dueño distinto. Camino por el pasillo y tengo la sensación de que alguien acaba de doblar la esquina. Entro a una habitación convencido de que escuché un suspiro y sólo encuentro una ventana abierta dejando entrar un viento que conoce demasiado bien mi nombre. Hay días en que no sé si soy yo quien habita esta casa o si es la casa la que terminó habitándome a mí. Como si hubiese aprendido mis silencios hasta el punto de pronunciarlos mejor que yo.

Y además están las flores.

Las veo entre tus manos y no sé qué hacer con ellas. Son hermosas. Demasiado hermosas para este lugar. Vos probablemente no lo entiendas, pero jamás compré un jarrón. Nunca tuve uno. Supongo que uno deja de comprar ciertas cosas cuando se acostumbra a vivir sin visitas. Hay personas que preparan la casa para los demás. Mantienen una silla extra. Guardan una taza de más. Conservan espacio libre por si alguien llega. Yo, en cambio, me fui acostumbrando al silencio. No porque me gustara especialmente, sino porque terminó convirtiéndose en el idioma más fácil de hablar.

Y qué injusticia sería poner esas flores en cualquier vaso improvisado. Hay bellezas que merecen un sitio preparado de antemano, un lugar donde puedan abrirse sin pedir permiso. Las tuyas llegaron demasiado temprano para una casa que todavía no aprende a recibir la primavera. Acá adentro las estaciones perdieron el calendario. Hace tiempo que conviven el otoño y el invierno sin discutir, y la primavera sólo aparece algunos segundos, cuando el sol se cuela por una rendija y consigue convencerme de que todavía vale la pena abrir una ventana.

—¿El olor? ¿Qué estoy cocinando? ¿Si te puedo dar un poco?

La comida jamás se le niega a nadie, al menos eso me enseñaron. El problema es que tampoco puedo ofrecerte un lugar donde sentarte. La cocina parece ordenada desde la puerta, pero es una especialista en fingir normalidad. Sobre la mesa todavía descansan migajas de épocas que no terminé de barrer. Hay platos donde se secaron conversaciones inconclusas y tazas que conservan ecos que ya deberían haberse ido. A veces entro decidido a limpiar y termino observando los mismos objetos durante horas. Hay cosas que permanecen porque tienen valor. Otras permanecen porque uno no encuentra el valor para soltarlas. Y esta casa está llena de las segundas.

Hay una cuchara que ya no uso porque alguien revolvió café con ella durante demasiadas mañanas. Un libro que quedó abierto por una página que nunca más pude terminar. Tampoco está libre una silla, poque hay una, pero la uso para amontonar prendas de ropa que usé y están impregnadas de memorias.

—¿Cómo, que la otra silla si está vacía?

 Sí, está libre, pero es que es una silla que nadie ocupa y, sin embargo, sigue apartada de la mesa como si todavía esperara a quien alguna vez prometió volver antes de que el mate se enfriara. Los objetos tienen una paciencia que las personas jamás aprendimos. Saben esperar décadas sin hacer preguntas. Nosotros, en cambio, nos rompemos mucho antes.

Lo he intentado, más vale que lo he intentado. No hay producto de limpieza que no haya probado. He abierto ventanas. He cambiado muebles de lugar. He tirado cajas enteras creyendo que así aligeraría el peso de los años. Pero una vida no se ordena igual que una habitación. Las inseguridades se parecen demasiado a la humedad. Uno pinta encima, ventila, jura que ya pasó. Y sin embargo regresan. Siempre regresan. Aparecen otra vez detrás de los cuadros, debajo de las capas más recientes, recordándonos exactamente dónde estuvieron las grietas.

Descubrí, demasiado tarde, que el dolor tiene la extraña costumbre de disfrazarse de orden. Uno acomoda cajones, clasifica papeles, cambia los muebles de lugar creyendo que está reorganizando la casa, cuando en realidad sólo intenta encontrar una posición menos incómoda para aquello que sigue pesando igual. Hay tristezas que no desaparecen; simplemente aprenden a ocupar menos espacio visible.

—¿Si no me da miedo pasar las noches así?

Sí, no te voy a mentir, algo de temor le tengo a esta casa, es que hay noches en que escucho la casa respirar. No es una metáfora. De verdad parece respirar. Las tuberías suspiran detrás de las paredes, los escalones se quejan bajo el peso de nadie y las puertas producen sonidos que se parecen demasiado a nombres. Entonces me quedo quieto escuchando. A veces creo reconocer voces. No son fantasmas. Ojalá fueran fantasmas. Son versiones antiguas de mí mismo. El que creía que todo sería más sencillo cuando creciera. El que estaba convencido de que entendía el mundo. El que todavía no había conocido ciertas pérdidas. Todos siguen viviendo acá, ocupando habitaciones, negándose a entregar las llaves. Por eso cada vez que intento ordenar algo termino levantando polvo. Nunca encuentro objetos. Encuentro personas que fui.

Hay incluso un chico que todavía corre por el pasillo sin sospechar que algún día aprenderá a despedirse. Lo escucho reír algunas madrugadas. Nunca logro alcanzarlo. Apenas doblo la esquina ya desapareció. Creo que todos cargamos una infancia que juega a las escondidas dentro de nosotros. A veces se deja encontrar. Otras veces sólo hace ruido para recordarnos que sigue viva.

Y por eso no quiero que entres.

No porque me avergüences.

No porque me moleste que hayas llegado.

No porque no quiera compartir un rato con vos.

Es porque todavía hay vidrios rotos por todas partes. Las paredes están húmedas de tanto aguantar tormentas y los pisos siguen marcados por cosas que tardaron años en romperse. Hay techos sostenidos apenas por la costumbre y rincones donde la melancolía lleva tanto tiempo instalada que ya forma parte de los muebles. Yo conozco los lugares peligrosos. Sé dónde apoyar los pies. Sé qué tablas resisten y cuáles ceden. Pero vos no. Y sería injusto dejarte caminar por aquí como si esto fuera un hogar cuando todavía se parece demasiado a una zona de derrumbe.

Además, las ruinas tienen un lenguaje propio. Crujen cuando alguien intenta olvidar demasiado rápido. Se desmoronan si uno las obliga a sostener un peso para el que todavía no están preparadas. Hay reconstrucciones que fracasan por la desesperación de volver a parecer una casa antes de haber aprendido, siquiera, a ser un montón de ladrillos en paz. Yo todavía estoy en esa parte del trabajo donde uno recoge pedazos sin saber exactamente qué fue lo que se rompió.

La tarde empieza a apagarse detrás de vos. El cielo se vuelve naranja, después rojo, después algo parecido a una herida lenta. Durante unos segundos ninguno de los dos dice nada. Vos seguís sosteniendo las flores. Yo sigo sosteniendo la puerta. Y me parece que esa imagen resume perfectamente todo lo que está ocurriendo. Vos llegaste con la simple intención de acercarte. Yo te recibo con el nerviosismo de quien todavía está intentando ordenar las habitaciones donde guarda su historia.

Entonces el viento entra por el pequeño espacio que deja la puerta entreabierta y mueve apenas los pétalos de las flores. Por un instante me parece que la casa también las mira. Que incluso ella, con todas sus grietas, recuerda cómo era vivir cuando alguien llegaba sin hacer ruido y sin exigir nada. Tal vez las casas también sienten esperanza. Tal vez por eso nunca terminan de derrumbarse del todo.

Así que perdóname si te recibo en el umbral y no en el corazón de la casa. No es un rechazo. Tampoco una despedida. Es apenas una cuestión de tiempo. Hay paredes que todavía debo levantar de nuevo y habitaciones que necesitan aire antes de conocer otras voces. No me avergüenzan las ruinas. Después de todo, fueron construidas con la misma vida con la que algún día volveré a reconstruirlas. Pero todavía no quiero que nadie tenga que esquivar los vidrios que yo mismo sigo recogiendo.

Porque hay una diferencia enorme entre cruzar la puerta de una casa y entrar en los lugares donde alguien guarda aquello que todavía está aprendiendo a reparar. Y hay otra diferencia, todavía más difícil de explicar: algunas personas no llegan para salvar la casa, sino para recordarle, con un ramo de flores entre las manos, que incluso las ventanas más rotas siguen siendo capaces de dejar pasar la luz.

Nicolás

Comentarios

No hay comentarios todavía, sé el primero!

Debes iniciar sesión para comentar

Iniciar sesión