La arquitectura de la crueldad
Durante más de cinco años
deposité mi confianza
en aquello que creía imposible de quebrantar.
Nunca imaginé
que una persona cercana
pudiera convertirse en el origen
de una herida tan profunda,
una de esas que no solamente atraviesan la memoria,
sino que consiguen alterar
la manera en que uno contempla la existencia.
Con el tiempo comprendí
que las influencias también se propagan.
La crueldad se transmite
como una enfermedad sin diagnóstico,
de una conciencia a otra,
hasta alcanzar incluso
a quienes jamás tuvieron participación
en el origen de la desgracia.
Y así, aquello que comenzó
como una humillación,
terminó adquiriendo dimensiones
que jamás imaginé.
No solamente me alcanzó a mí.
Rozó también a mi familia,
a quienes permanecieron a mi lado
mientras yo intentaba comprender
por qué el mundo podía ser
un lugar tan hostil.
Mi madre siempre estuvo allí.
Quizá por eso
resultaba todavía más insoportable
ver cómo una persona podía introducir
tanta perturbación en la vida de otros
y continuar caminando
como si nada hubiese sucedido.
La casa dejó de sentirse como refugio.
Las paredes parecían conservar
el eco de las miradas,
de los juicios,
de aquella forma silenciosa de discriminación
que no necesita pronunciar su nombre
para hacerse evidente.
Me sentía observada.
Juzgada.
Reducida a una versión de mí misma
construida por personas
que jamás se tomaron el tiempo
de conocerme.
Y pensé que quizá
había llegado al límite.
Que tal vez aquel sería
el último capítulo.
Después comprendí algo
que todavía me resulta difícil aceptar:
la ausencia de empatía
puede ser una de las formas
más devastadoras de violencia.
Porque no siempre se necesita
una agresión visible para destruir a alguien.
A veces basta una palabra.
Una insinuación.
Una mirada.
Una pregunta formulada
con la intención de humillar.
Un comentario disfrazado de preocupación.
Una sonrisa detrás de la cual
se esconde el desprecio.
Durante aquel periodo
sentí que mi vida había sido colocada
bajo una especie de disección permanente.
Todo era susceptible de juicio.
Mi familia.
Mi historia.
Mis decisiones.
Mi manera de existir.
Como si mi humanidad
fuera un objeto que cualquiera
tuviera derecho a examinar.
Y lo más perturbador
era aquella contradicción:
personas que hablaban de moral,
de espiritualidad,
de bondad,
mientras reproducían exactamente
aquello que decían condenar.
No cuestiono la fe.
Cuestiono la hipocresía.
Porque ninguna creencia
debería utilizarse como máscara
para justificar la crueldad.
He conocido personas
capaces de levantar el mentón
con una soberbia casi ceremonial,
como si la arrogancia
fuera una demostración de poder.
Pero aprendí a distinguir
entre la verdadera fortaleza
y la necesidad enfermiza
de someter a otros.
Quien necesita destruir
la dignidad ajena
para sentirse superior
no es poderoso.
Es profundamente inseguro.
Y quizá por eso
algunas personas construyen personajes.
Un rostro para el mundo.
Otro para quienes pueden herir.
Dos discursos.
Dos identidades.
Una apariencia cuidadosamente edificada
para ocultar aquello que realmente son.
Yo, mientras tanto,
me estaba consumiendo.
Llegó un punto
en que levantarme de la cama
parecía una hazaña imposible.
No tenía fuerzas para comprender
lo que estaba ocurriendo.
Y cuando el agotamiento alcanza
determinadas profundidades,
la mente comienza a contemplar
la desaparición como una forma
de silenciar el sufrimiento.
Hubo momentos
en los que pensé en terminar con mi vida.
No porque realmente quisiera morir,
sino porque quería que terminara
aquello que me estaba destruyendo.
Quería dejar de sentir miedo.
Dejar de anticipar la próxima traición.
Dejar de preguntarme
qué rostro tendría la siguiente persona
que se acercara a mí.
Pero sigo aquí.
Y eso también significa algo.
Porque después de haber conocido
la parte más sombría de la condición humana,
todavía existe dentro de mí
una voluntad que se resiste
a desaparecer.
No quiero convertirme
en aquello que me hizo daño.
No quiero que la crueldad ajena
termine colonizando mi propia conciencia.
No quiero heredar sus sombras.
Quiero aprender nuevamente
a confiar sin sentir que estoy entregando
una parte de mí al enemigo.
Quiero comprender
que no toda cercanía es una amenaza,
que no toda sonrisa es una máscara,
que no toda persona
está esperando mi vulnerabilidad
para utilizarla en mi contra.
Quizá todavía no sé
cómo regresar completamente a la luz.
Pero sé algo:
haber sobrevivido a la oscuridad
no me obliga a pertenecerle.
Y si algún día vuelvo a mirar hacia atrás,
quiero hacerlo sin preguntarme
por qué no fui suficiente para ellos.
Quiero preguntarme, simplemente,
por qué alguna vez creí
que debía serlo.
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