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La arquitectura de la crueldad

Aug 31, 2026

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La arquitectura de la crueldad
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La arquitectura de la crueldad

Durante más de cinco años

deposité mi confianza

en aquello que creía imposible de quebrantar.

Nunca imaginé

que una persona cercana

pudiera convertirse en el origen

de una herida tan profunda,

una de esas que no solamente atraviesan la memoria,

sino que consiguen alterar

la manera en que uno contempla la existencia.

Con el tiempo comprendí

que las influencias también se propagan.

La crueldad se transmite

como una enfermedad sin diagnóstico,

de una conciencia a otra,

hasta alcanzar incluso

a quienes jamás tuvieron participación

en el origen de la desgracia.

Y así, aquello que comenzó

como una humillación,

terminó adquiriendo dimensiones

que jamás imaginé.

No solamente me alcanzó a mí.

Rozó también a mi familia,

a quienes permanecieron a mi lado

mientras yo intentaba comprender

por qué el mundo podía ser

un lugar tan hostil.

Mi madre siempre estuvo allí.

Quizá por eso

resultaba todavía más insoportable

ver cómo una persona podía introducir

tanta perturbación en la vida de otros

y continuar caminando

como si nada hubiese sucedido.

La casa dejó de sentirse como refugio.

Las paredes parecían conservar

el eco de las miradas,

de los juicios,

de aquella forma silenciosa de discriminación

que no necesita pronunciar su nombre

para hacerse evidente.

Me sentía observada.

Juzgada.

Reducida a una versión de mí misma

construida por personas

que jamás se tomaron el tiempo

de conocerme.

Y pensé que quizá

había llegado al límite.

Que tal vez aquel sería

el último capítulo.

Después comprendí algo

que todavía me resulta difícil aceptar:

la ausencia de empatía

puede ser una de las formas

más devastadoras de violencia.

Porque no siempre se necesita

una agresión visible para destruir a alguien.

A veces basta una palabra.

Una insinuación.

Una mirada.

Una pregunta formulada

con la intención de humillar.

Un comentario disfrazado de preocupación.

Una sonrisa detrás de la cual

se esconde el desprecio.

Durante aquel periodo

sentí que mi vida había sido colocada

bajo una especie de disección permanente.

Todo era susceptible de juicio.

Mi familia.

Mi historia.

Mis decisiones.

Mi manera de existir.

Como si mi humanidad

fuera un objeto que cualquiera

tuviera derecho a examinar.

Y lo más perturbador

era aquella contradicción:

personas que hablaban de moral,

de espiritualidad,

de bondad,

mientras reproducían exactamente

aquello que decían condenar.

No cuestiono la fe.

Cuestiono la hipocresía.

Porque ninguna creencia

debería utilizarse como máscara

para justificar la crueldad.

He conocido personas

capaces de levantar el mentón

con una soberbia casi ceremonial,

como si la arrogancia

fuera una demostración de poder.

Pero aprendí a distinguir

entre la verdadera fortaleza

y la necesidad enfermiza

de someter a otros.

Quien necesita destruir

la dignidad ajena

para sentirse superior

no es poderoso.

Es profundamente inseguro.

Y quizá por eso

algunas personas construyen personajes.

Un rostro para el mundo.

Otro para quienes pueden herir.

Dos discursos.

Dos identidades.

Una apariencia cuidadosamente edificada

para ocultar aquello que realmente son.

Yo, mientras tanto,

me estaba consumiendo.

Llegó un punto

en que levantarme de la cama

parecía una hazaña imposible.

No tenía fuerzas para comprender

lo que estaba ocurriendo.

Y cuando el agotamiento alcanza

determinadas profundidades,

la mente comienza a contemplar

la desaparición como una forma

de silenciar el sufrimiento.

Hubo momentos

en los que pensé en terminar con mi vida.

No porque realmente quisiera morir,

sino porque quería que terminara

aquello que me estaba destruyendo.

Quería dejar de sentir miedo.

Dejar de anticipar la próxima traición.

Dejar de preguntarme

qué rostro tendría la siguiente persona

que se acercara a mí.

Pero sigo aquí.

Y eso también significa algo.

Porque después de haber conocido

la parte más sombría de la condición humana,

todavía existe dentro de mí

una voluntad que se resiste

a desaparecer.

No quiero convertirme

en aquello que me hizo daño.

No quiero que la crueldad ajena

termine colonizando mi propia conciencia.

No quiero heredar sus sombras.

Quiero aprender nuevamente

a confiar sin sentir que estoy entregando

una parte de mí al enemigo.

Quiero comprender

que no toda cercanía es una amenaza,

que no toda sonrisa es una máscara,

que no toda persona

está esperando mi vulnerabilidad

para utilizarla en mi contra.

Quizá todavía no sé

cómo regresar completamente a la luz.

Pero sé algo:

haber sobrevivido a la oscuridad

no me obliga a pertenecerle.

Y si algún día vuelvo a mirar hacia atrás,

quiero hacerlo sin preguntarme

por qué no fui suficiente para ellos.

Quiero preguntarme, simplemente,

por qué alguna vez creí

que debía serlo.

Ana sofia Ramirez Suarez

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