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Y así estaba, como una puerta mal cerrada en un dia ventoso, golpeando incesantemente contra su propio marco, contra su propio ser, como un enorme péndulo de esos relojes viejos que veía en la casa de la abuela, nido de arañas y otras horribles bellezas, que iba y venia y iba y venia y con cada golpe se marcaba cada vez mas el resbalón de la cerradura, laceración perpetua.
Juan se levantó y en un solo movimiento preciso, cerró la puerta de una vez. Ya no había viento, ni péndulo, ni arañas ni problemas.
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