La amistad: la maratón más larga que he corrido, el limón más ácido que he probado y mi corazón más roto.
Mar 30, 2026
He conocido el amor a través de mis amigas. Toda a quien considere dentro de esa categoría es para mí una persona digna de conocer, de amar, de adoptar para que así la vida sea más fácil. Sin embargo, hay algo en mí que parece nunca coincidir del todo y, reiterando lo anterior, proviene de mí y no de todas esas otras personas, al menos esa es mi sensación.
Porque si hay algo cierto es que la amistad es la maratón más larga que me ha tocado correr; nunca he logrado alcanzar realmente la meta. El limón más ácido, ese que arruina hasta las mejores ensaladas. Las veces en que mi corazón ha estado más roto, porque si los sumo dan, más que la cantidad de veces que el amor romántico ha sido culpable. Ha sido siempre un dolor en mi vida. Una lucha constante. Siempre tratando de demostrar que soy buena, incluso cuando era solo una niña de siete años; regalando pulseras a quienes quería que fueran mis mejores amigas, sintiendo la responsabilidad de demostrar que yo merecía ese título más que otras, pidiendo que me eligieran a mí. Demostrando que yo merezco esa reciprocidad, que pueden depositar esa confianza en mí. Pero, por más que lo haga y por más que a veces sienta que lo estoy logrando, al final del día me doy cuenta de que no es así. Siempre hay alguien que ya tiene ese lugar, alguien con quien ya tienen esa complicidad, esa confianza, alguien cuyas palabras tienen más peso por más que digamos las mismas y quizá yo las haya dicho primero. ¿Lo peor? Es que está bien, que nadie es culpable de ello, porque ¿cómo podrían? Solo soy yo que llegué tarde. Porque quizá se siente un poco así; como si llegara tarde a la vida de las personas, porque cuando las conozco ya tienen a alguien en el lugar en el que a mí me gustaría estar. Una mejor amiga, una hermana de otra madre, alguien con un lugar más alto en la jerarquía de la amistad. Y, no me malentiendan, estoy segura que esas personas lo merecen al cien por ciento; las he conocido y me consta. Sospecho también que ese destiempo ha ocurrido en algunas ocasiones al revés. El típico: cuando yo quería tú no, y ahora que tú quieres, yo ya no. Porque durante mucho tiempo se me demostró que no, así que adopté la idea y me hice su dueña, la hice mía para que doliera menos.
Y es justamente eso: la jerarquía de la amistad. Alguna vez hizo clic este concepto en mi cabeza y de repente todos mis dolores empezaron a verse más claros. Si me preguntan, o a mí me dan ganas de hablar al respecto, siempre digo que estoy en contra de tal jerarquía. Que para mí todas mis amigas pueden ser consideradas mis mejores amigas o, al revés, ninguna es considerada así, porque no es necesario tal título para amarlas y entregarles todo lo que una amiga debe recibir de mí. Si bien todo eso es cierto, muy cierto, también lo es que, dentro de esa lógica, hay cierto dolor y que, si en algún momento se me ocurrió esa defensa, fue justamente para eso, para poder defenderme del hecho de que en realidad mi persona no lleva un título en ningún lado, impuesto por nadie y en ninguna de sus variaciones. Hoy es un tema que tengo más masticado y que he aprendido a que no me importe; al menos seis días a la semana, por lo general, dejo uno para que el dolor no se acumule. Aunque luego de experimentarlo por mucho tiempo, he preferido que se mantenga de esa manera. No necesito a alguien que venga a llenar ese vacío, porque ya no existe tal, yo ya lo llené.
Al mismo tiempo, en mi mente conviven todos los días mejores maneras de ser una amiga para mis amigas. Siempre estoy atenta a qué es lo que podría estar haciendo mejor. ¿Cómo podría poner más atención, cómo podría abarcar mejor ciertas situaciones, cómo puedo estar más presente, cómo repartir mis tiempos para no sentir que estoy abandonando a alguien y que, incluso cuando la vida está muy ocupada, no sientan que no estoy ahí para lo que necesitan? Cuando fallo en alguna de las posibilidades anteriores o en las mil más que existen, me siento tan mal y tan merecedora de la ausencia de tal título. Mi problema es, y me atrevería a decir, que no todo el mundo está pensando en lo mismo de la misma manera. De hecho, hay un alto porcentaje que no está tan preocupado de si es o no un buen amigo para sus amigos. Allí es cuando pienso que es un error, un gran error, dar por sentado las cosas que estamos dando por sentado.
Al escribir esto hoy y como todas las veces que he pensado al respecto, no pretendo apuntar con el dedo a nadie, ni hacer de este un tema de culpas; es más bien la vida misma. No se puede obligar a alguien, no se puede forzar al amor, no podemos exigir, solo esperar, quizá sí desear. Eso no vuelve a la otra mala persona, ni a mí una mejor. Y es que funciona de una forma bastante parecida a quien, a veces, parece su competencia: el amor romántico, aunque quizá este duele menos, porque cuando falla somos envueltas por el apapacho de nuestras amigas, pero al revés, ¿quién nos envuelve?
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.
Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión