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La aguja de los sueños

Dec 29, 2025

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La aguja de los sueños
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Aquel parque frente a nuestra casa siempre fue un portal hacia infinitos mundos de indescriptibles maravillas para todos los niños del vecindario. Cada rincón ocultaba potencial para una nueva aventura, el área de juegos podría ser un templo que escondía un tesoro invaluable en el tope de la pirámide de barras, un pasadizo secreto para escapar de una torre a través del tobogán. 

Fue en uno de esos viajes a mundos imaginarios donde encontramos uno de los objetos que más llamó nuestra atención, una pequeña aguja metálica adherida al final de un tubo de plástico. A sombras de la ceiba más grande de entre todos los árboles, la tomamos con cuidado, enteramente intrigados por la naturaleza de aquel objeto y más aún por la posible razón que la hubiera llevado a estar. Medio enterrada entre la hojarasca del “gran abuelo” como le decíamos al árbol, resplandeciendo bajo el sol, como un pedazo de metal precioso.

No entendíamos su función exacta, pero su extraña forma y el brillo de su aguja nos hipnotizaba.

—Es una varita mágica —dije, levantándola al cielo.

—Es la varita de una reina, quien la posea, puede manejar el reino a su voluntad— replicó Juana, mi mejor amiga, un alma siempre creativa.

Decidimos jugar a devolverle su magia, invocando hechizos y peleando contra enemigos invisibles. Pero en medio del juego, la punta se me clavó en uno de mis índices. Un pinchazo rápido, casi insignificante, pero el ardor inmediato me hizo soltarla.

—¡Te pinchaste! —exclamó Juana, con los ojos abiertos de par en par.

Antes de que pudiera responder, el mundo comenzó a cambiar. El parque se disolvió en una niebla brillante y suave, y al abrir los ojos me encontré en un lugar completamente distinto. Los árboles del parque se habían transformado en enormes setas de colores fluorescentes, y el aire olía a algodón de azúcar. Las voces de los demás niños se habían convertido en un murmullo lejano, reemplazadas por un coro de ranas que cantaban melodías extrañas.

Una criatura pequeña y luminosa, con alas translúcidas como las de una libélula, se acercó flotando.

—¡Bienvenido al Reino de Plata! —dijo con una voz aguda pero melodiosa—. ¡Solo aquellos tocados por la aguja de los Sueños pueden entrar aquí!—

Me miré el dedo, donde el pinchazo brillaba con una luz dorada. 

—Eres el elegido por la aguja de los sueños para recuperar la luz del sol y salvar el reino— impuso la criatura.

Mi amiga apareció transportada al extraño lugar, justo a mi lado. Su rostro rezumaba la emoción de la aventura.

—Esto es como un cuento de hadas—dijo, tomando mi mano—. ¿Tú crees que podríamos quedarnos aquí para siempre?

—Solo si salvamos al reino de la oscuridad— respondió, repitiendo la misión encomendada. 

El viaje por ese mundo fue tan fascinante como inquietante. Los ríos fluían hacia arriba, los caminos se torcían y retorcían sobre sí mismos, y las criaturas que encontrábamos eran una mezcla de lo hermoso y lo grotesco. 

—Para recuperar la luz, deben enfrentar al Gran Tejedor. Pero cuidado, él controla el hilo que conecta este reino con el suyo— dijo la criatura que se mantuvo a nuestro lado por aquella loca travesía.

El Gran Tejedor resultó ser una figura alta y delgada, envuelta en un manto hecho de sombras que se movían como si estuvieran vivas. Sostenía en sus manos una rueca resplandeciente, y su voz resonaba como un eco infinito.

—¿Por qué han venido? —preguntó, su mirada fija en el brillo de mi dedo.

Intenté explicar que habíamos llegado por accidente, pero el Tejedor solo sonrió. Nos dijo que podíamos regresar, pero que cada viaje tenía un precio. Antes de que pudiera preguntar qué quería decir, el mundo comenzó a desvanecerse de nuevo, y volví al parque.

Mi madre estaba frente a mí, con los ojos llenos de preocupación. Me quitó la jeringa de las manos y la tiró lejos, mientras me examinaba el dedo.

—¡¿En qué estabas pensando?!— gritó mientras se acercaba corriendo.

Intenté contarle sobre el Reino de Plata, ella solo me abrazó con fuerza, agradecida de que no hubiera pasado nada grave. Juana y yo intercambiamos una mirada. Sabíamos que habíamos vivido algo real, algo que los adultos no podían entender.

A veces, cuando miro las estrellas, me pregunto si el Gran Tejedor sigue allí, hilando los sueños y las pesadillas de todos los niños que, como yo, se atreven a jugar con lo desconocido.


Rafael Noguera

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