Cuando el brillo de la inspiración desaparece nos queda solo un reflejo lejano y la intención de encontrar el camino que nos lleve a alcanzar algún tipo de objetivo creativo sobre el cual depositar un poco de orgullo.
Cuando se construye una obra artística hay momentos de inspiración encadenadas a una idea primigenia, una referencia o un disparador conceptual y estético capaz de convertir a casi cualquier otra ocupación en una más de las mundanas y ordinarias actividades de la existencia cotidiana. Esa ráfaga incontenible de revelaciones que destella tintineante desde el mundo de lo no creado es, también, el potencial de algo hermoso, original y hasta novedoso que genera una excitación solo superada por la frustración de no lograr sus concreción inmediata o la tristeza de descubrir que la invención no era el reflejo de genialidad que suponíamos. Al parecer, de eso se trata todo. Lidiar con la falta de inspiración, conocimiento y tolerancia o adaptar las reglas de nuestro juego para que, de una vez por todas, el resultado valga la pena sufrida.
Olvidar la idea, no tener los recursos -físicos, económicos o intelectuales- para encarar el intento de creación, el bloqueo creativo o no comprender los procedimientos necesarios para llevarla a cabo son algunas de las complicaciones típicas con las que la maldad de este mundo pone a prueba nuestros niveles de tolerancia y resistencia al fracaso y, siendo sinceros, no hay fórmula certera para contrarrestar los efectos anímicos y prácticos más que entender que la posibilidad de no cumplir la expectativa cargada sobre nuestras obras son siempre un resultado posible. Ahora, ¿Eso evita que la pasemos tan mal?; Por supuesto que no.
Lo cierto es que el artista no elige crear sino que, por el contrario, no puede evitar la creación ni la pasión por la búsqueda de los cánones que le permitan expresar un mensaje con el cual el mundo se sienta tan identificado como él. Cuando las condiciones son favorables y el proceso creativo se permite darse naturalmente, resulta fácil romantizarlo como el momento liberador y transformador que siempre debería ser pero, en los momentos en que el creador convive con las presiones diarias de un trabajo que no lo satisface, los condicionamientos horarios de una necesaria educación constante, las presiones de un sistema que exige nivelesde proactividad y productividad inhumanos y las complejidades propias de la existencia en sociedad, la idílica imagen de la experimentación creativa se acota a los límites de una salud mental a punto de colapso.
Resulta necesario aislarse del ruido externo para encarar el momento lúdico con la lucidez que precisa el acto creativo. Darse el tiempo de observar, agregar, sacar, intercambiar y transmutar los materiales implica la liviandad del juego y la flexibilidad de quien acepta lo inesperado como recurso para un nuevo plan de acción. La seriedad de quien se sabe un trabajador no necesariamente se encorseta en la formalidad ni la metodología asesina a la imprevisibilidad.
Me refugio en la creación como un espacio en el cual equivocarse es un privilegio que debemos permitirnos. Tomar al error como elemento generador de movimiento y estar atento a lo que este nos sugiera mientras nos liberamos del prejuicio implícito en lo definitivo. Elijo pensar que en esta instancia la expectativa es solo una visión finita de la obra. Un desencadenante que nos permita disfrutar y abrir el camino mientras buscamos algo que nos cure la impaciencia. Un momento en que impere la suerte y el inconsciente donde la racionalidad y el análisis se permitan llegar tarde. Un momento suspendido que solo reconoce su importancia una vez que ha sucedido.
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