El trío de Belfast que rapea en irlandés se convirtió en uno de los grupos más controversiales y relevantes de la escena actual. Entre censura, política y provocación, Kneecap está acercando un idioma históricamente marginado a una nueva generación de jóvenes.
Kneecap es un trío de rap formado en 2017 en Belfast, Irlanda del Norte, integrado por Mo Chara, Móglaí Bap y DJ Próvaí. Desde sus comienzos, la banda llamó la atención por una decisión tan simple como radical: rapear exclusivamente en irlandés. En un territorio donde el idioma fue históricamente reprimido y politizado, esa elección no tardó en generar incomodidad, debate y, con el paso de los años, una creciente popularidad que trascendió las fronteras locales.
En los últimos tiempos, Kneecap pasó de ser un proyecto ligado a la escena underground de Belfast a ocupar escenarios internacionales y titulares de prensa. Parte de esa visibilidad se explica por la naturaleza provocadora de sus shows y por declaraciones políticas que despertaron rechazo en sectores del poder británico. Al punto de que figuras como el primer ministro del Reino Unido se manifestaron públicamente en contra de su presencia en festivales como Glastonbury incluso antes de que la banda subiera al escenario. Pero reducir el fenómeno Kneecap a la controversia sería quedarse en la superficie.
Lo que realmente distingue a Kneecap no es solo el ruido que generan, sino el lugar cultural que están ocupando. En pleno 2026, el trío se volvió una referencia para una generación de jóvenes que se acerca al irlandés no desde la escuela ni desde el discurso institucional, sino desde la música, el humor y la irreverencia. En uno de sus shows, Mo Chara lo expresó con crudeza frente a una multitud:
"Nosotros tres no tenemos derechos de estar en este escenario frente a tantas personas rapeando en un idioma que ni siquiera la gente en casa habla".
La frase condensa la paradoja que rodea a Kneecap: una banda que gana visibilidad global mientras canta en una lengua que durante siglos fue marginada, prohibida y empujada a los márgenes culturales. Lejos de tratarse de un gesto nostálgico o académico, el uso del irlandés aparece como una herramienta viva, capaz de nombrar la experiencia de una juventud atravesada por la historia, la política y el presente.
BELFAST DESPUÉS DEL SILENCIO
Kneecap forma parte de una generación que creció en una Irlanda del Norte oficialmente en paz, pero lejos de estar libre de las marcas del conflicto. El Acuerdo de Viernes Santo de 1998 puso fin a décadas de violencia conocidas como Los Problemas, pero no borró las divisiones, ni las tensiones identitarias, ni el peso simbólico que ciertos gestos, como hablar irlandés, siguen teniendo en la vida cotidiana.
Para quienes crecieron después del acuerdo, la violencia no es una experiencia directa, sino una herencia. Está en las historias familiares, en los barrios, en la educación, en los silencios. Kneecap no canta sobre bombas ni enfrentamientos armados, pero sí sobre lo que quedó después: una juventud de clase trabajadora en Belfast que convive con una historia irresuelta y con una identidad constantemente puesta en disputa.
En ese contexto, rapear en irlandés no puede ser un acto inocente. No porque la banda busque convertir cada canción en un manifiesto, sino porque el idioma mismo arrastra una carga política imposible de ignorar. "No es posible no ser político si vas a hablar en irlandés. Es muy difícil no tomar una postura política al haber crecido en Belfast", explicó Mo Chara.
UN IDIOMA QUE VUELVE DESDE LA JUVENTUD
Durante siglos, el irlandés fue sistemáticamente marginado por el dominio británico. En el siglo XVIII, su uso fue prohibido en instituciones oficiales, tribunales y espacios de poder en Irlanda del Norte, relegándolo a un lugar secundario y asociándolo con atraso o rebeldía, según el contexto. Recién en 2022 el idioma fue reconocido como oficial en la región. Hoy, alrededor del 12% de la población lo habla, una cifra que, aunque minoritaria, viene en aumento, especialmente entre jóvenes.
Es ahí donde Kneecap se vuelve central. No porque sean los únicos en usar el idioma, sino porque lo hacen desde un lugar que conecta con la experiencia contemporánea. Lejos de la solemnidad o el tono pedagógico, sus canciones hablan de fiesta, drogas, barrio, excesos y contradicciones. De una juventud que no encaja en el relato institucional de la cultura irlandesa, pero que tampoco está dispuesta a renunciar a ella.
Para Móglaí Bap, el proceso fue también creativo. El irlandés no tenía palabras para nombrar muchas de las experiencias que atraviesan a la cultura joven actual, por lo que la banda tuvo que inventarlas, expandir el vocabulario, forzar al idioma a decir cosas nuevas. En ese gesto hay algo fundamental: una lengua no se mantiene viva solo por preservación, sino por su capacidad de adaptarse al presente.
No se trata únicamente de política, aunque la política esté siempre ahí. Se trata de apropiación cultural, de identidad y de pertenencia. De demostrar que el irlandés no es una lengua del pasado, sino una herramienta válida para narrar el ahora.
"C.E.A.R.T.A": DERECHOS, GRAFITIS Y DOBLE SENTIDO
El origen del proyecto también está atravesado por esa ambigüedad constante entre militancia y humor. El debut de Kneecap, C.E.A.R.T.A, "derechos" en irlandés, nació una noche en la que Móglaí Bap estaba con amigos haciendo grafitis en Belfast en apoyo al idioma. El concepto del disco juega con un doble sentido que define bien a la banda: el derecho a hablar irlandés, pero también el derecho a "salirse un poco de la cabeza", a drogarse, a escapar.
Esa convivencia entre reclamo político y desparpajo es parte de lo que vuelve a Kneecap tan difícil de clasificar. No buscan limpiar el idioma ni convertirlo en símbolo puro; lo ensucian, lo llevan a la calle, lo mezclan con referencias al hip-hop estadounidense y con la tradición de la música rebelde irlandesa con la que crecieron, canciones marcadas por el rechazo a la presencia británica en Irlanda y por el deseo de reunificación.
COLONIALISMO, MEMORIA Y LA INCOMODIDAD DEL PRESENTE
Buena parte de la música de Kneecap gira en torno a una idea que en Irlanda del Norte nunca terminó de resolverse: el deseo de liberarse del colonialismo británico. No es una consigna nueva, pero sí adquiere otra forma cuando aparece en boca de una generación que no vivió Los Problemas, pero que creció con sus consecuencias. Canciones como Get Your Brits Out no funcionan solo como provocación, sino como recordatorio de que la historia sigue presente en la vida cotidiana, incluso cuando se intenta pasar página.
Las influencias del grupo ayudan a entender esa postura. Kneecap creció escuchando hip-hop estadounidense, pero también música rebelde irlandesa, canciones explícitamente anti-británicas que hablaban de la unificación de Irlanda y del rechazo a la intervención del Reino Unido. En su propuesta, ambos mundos conviven: el lenguaje global del rap y una identidad local profundamente politizada. El resultado es incómodo, a veces deliberadamente excesivo, y justamente por eso difícil de asimilar dentro de los márgenes aceptables de la industria musical.
DE BELFAST AL MUNDO
Con el crecimiento de su popularidad, Kneecap dejó de ser un fenómeno estrictamente local. La banda comenzó a circular por escenarios internacionales, llevando consigo un mensaje que, fuera de Irlanda del Norte, adquiere otras lecturas. Lo que en Belfast es parte de una discusión histórica y cultural concreta, en festivales globales se vuelve un gesto político que interpela directamente a públicos y autoridades que preferirían mantener ciertas tensiones fuera del escenario.
Ese salto expuso también los límites de la tolerancia. En su presentación en Coachella, Kneecap lideró cantos a favor de la liberación de Palestina y proyectó mensajes explícitos en apoyo a Gaza, incluyendo afirmaciones que calificaban la ofensiva israelí como genocidio y señalaban el rol de Estados Unidos en el financiamiento del conflicto. La reacción no tardó en llegar. Críticas mediáticas, indignación política y pedidos públicos, como el de Sharon Osbourne, para que se les revocaran las visas comenzaron a rodear a la banda.
A partir de ese momento, reaparecieron videos antiguos sacados de contexto, fragmentos de shows viejos utilizados para construir una narrativa de provocación extrema. La policía antiterrorismo británica inició una investigación y Mo Chara fue acusado de una ofensa vinculada al terrorismo por supuestamente haber levantado una bandera en apoyo a Hezbollah, organización considerada terrorista en el Reino Unido. Kneecap respondió con un comunicado claro: negaron apoyar a Hamas o Hezbollah, condenaron los ataques contra civiles y rechazaron cualquier insinuación de incitación a la violencia, señalando que se trataba de una campaña difamatoria desencadenada tras su posicionamiento en Coachella.
Las consecuencias fueron inmediatas. Algunos shows fueron cancelados y volvió a instalarse una pregunta recurrente: hasta dónde puede llegar una banda cuando su discurso deja de ser cómodo.

GLASTONBURY Y LA CENSURA COMO GESTO EDITORIAL
La controversia alcanzó su punto más visible con Glastonbury. Antes incluso de que Kneecap subiera al escenario, varios políticos británicos, incluido el primer ministro Keir Starmer, se pronunciaron en contra de su participación, calificándola de "inapropiada". Aun así, los organizadores del festival decidieron seguir adelante con el show.
La BBC, en cambio, optó por no transmitir el set en vivo. Más tarde, el concierto estuvo disponible online acompañado por un mensaje que aclaraba que, si bien la BBC no prohíbe artistas, su programación debe ajustarse a determinadas guías editoriales. La decisión funcionó como una forma de censura indirecta: Kneecap no fue silenciada, pero sí desplazada del espacio principal.
Lejos de retroceder, la banda utilizó su presentación para redoblar el mensaje. Reiteraron su apoyo al pueblo palestino y respondieron a las críticas con un montaje de declaraciones condenatorias provenientes de distintos puntos del mundo. Desde el escenario, Mo Chara lo resumió con una frase que conectó historia y presente: "Los irlandeses hemos sufrido 800 años de colonialismo por el Estado británico. Entendemos el colonialismo y entendemos lo importante que es mostrar solidaridad internacionalmente".

Tras el show, la policía británica anunció una nueva investigación por presuntos "crímenes de odio", esta vez involucrando también a la banda punk Bob Vylan. El debate volvió a encenderse: música, política, libertad de expresión y los límites de lo aceptable en escenarios masivos.
POR QUÉ KNEECAP IMPORTA
Más allá de la polémica, Kneecap ocupa hoy un lugar singular en la cultura contemporánea. No solo por lo que dice, sino por cómo y en qué idioma lo dice. En pleno 2026, el trío logró que una lengua históricamente reprimida vuelva a circular entre jóvenes que no se acercan al irlandés por deber, sino por deseo. No como herencia intocable, sino como herramienta viva, imperfecta y capaz de incomodar.
Kneecap no busca consenso ni pretende ser traducible a todos los públicos. Su relevancia está, justamente, en esa resistencia a suavizar el mensaje. En demostrar que una lengua no muere cuando deja de enseñarse, sino cuando deja de usarse para hablar del presente. Y que la música, incluso dentro de la industria global, todavía puede ser un espacio donde la identidad, la política y la juventud se encuentren sin pedir permiso.
Para un público de América del Sur, Kneecap puede parecer una banda lejana en términos geográficos, pero no necesariamente en términos históricos. La experiencia del colonialismo, de lenguas marginadas o directamente desaparecidas, y de identidades culturales puestas en disputa no nos es ajena. En ese cruce, lo que hace el trío de Belfast deja de ser un fenómeno local para volverse algo profundamente reconocible.
En pleno 2026, Kneecap no usa el irlandés como gesto simbólico ni como herramienta de corrección histórica, sino como una lengua viva, capaz de hablar del presente, de la juventud y del conflicto. En un contexto donde la industria tiende a suavizar discursos para facilitar su circulación global, la banda elige incomodar y mantenerse fiel al lugar del que viene.
Su impacto va más allá de la polémica: Kneecap está logrando que una nueva generación se acerque a un idioma históricamente reprimido desde la música y el deseo, y no desde la imposición. Rapear en irlandés, hoy, es una forma de resistencia cultural, pero también de creación.
Desde este lado del mundo, mirar a Kneecap es también mirarnos en un espejo. Uno donde la música vuelve a funcionar como espacio de memoria, identidad y disputa, y donde lo verdaderamente local, lejos de limitar, termina siendo lo que más fuerte resuena.
ENGLISH VERSION
KNEECAP AND THE IRISH LANGUAGE REVIVAL

The Belfast trio rapping in Irish has become one of the most controversial and relevant acts in today’s music scene. Between censorship, politics and provocation, Kneecap is bringing a historically marginalised language back into the hands of a new generation.
Kneecap is a rap trio formed in 2017 in Belfast, Northern Ireland, made up of Mo Chara, Móglaí Bap and DJ Próvaí. From the very beginning, the group drew attention for a decision that was as simple as it was radical: rapping exclusively in Irish. In a territory where the language has long been repressed and politicised, that choice quickly sparked discomfort and debate, and over time helped propel the band beyond the local scene.
In recent years, Kneecap has moved from Belfast’s underground circuit to international stages and major media headlines. Part of that visibility comes from the confrontational nature of their live shows and their openly political statements, which have triggered backlash from figures within the British establishment. To the point where senior politicians, including the UK prime minister, publicly opposed their appearance at festivals like Glastonbury even before the band stepped on stage. But to reduce Kneecap to controversy alone is to miss the point.
What truly sets Kneecap apart is not just the noise they generate, but the cultural space they occupy. In 2026, the trio has become a reference point for a generation of young people engaging with Irish not through school or institutional discourse, but through music, humour and irreverence. At one of their shows, Mo Chara put it bluntly in front of a packed crowd:
"The three of us have no right to be standing on a stage like this, rapping in a language that people back home don’t even speak."
The statement captures the central paradox surrounding Kneecap: a band gaining global visibility while performing in a language that was, for centuries, marginalised, banned and pushed to the cultural fringes. Far from a nostalgic or academic exercise, their use of Irish is a living tool, one capable of expressing the experience of a generation shaped by history, politics and the present.
BELFAST AFTER THE SILENCE
Kneecap belongs to a generation that grew up in a Northern Ireland officially at peace, yet far from free of the conflict's aftershocks. The 1998 Good Friday Agreement brought an end to decades of violence known as the Troubles, but it did not erase divisions, identity tensions or the symbolic weight carried by certain acts, speaking Irish among them.
For those who grew up after the agreement, violence is not a lived memory but an inheritance. It exists in family stories, neighbourhoods, schools and silences. Kneecap doesn’t rap about bombs or armed clashes, but about what came after: a working-class youth in Belfast living with an unresolved past and an identity constantly under negotiation.
In that context, rapping in Irish can hardly be considered a neutral act. Not because the band aims to turn every track into a manifesto, but because the language itself carries an unavoidable political charge. "It’s impossible not to be political if you’re speaking Irish. Growing up in Belfast, it’s very hard not to take a political stance," Mo Chara has explained.
A LANGUAGE REVIVED BY YOUTH
For centuries, Irish was systematically marginalised under British rule. In the 18th century, its use was banned from official institutions, courts and centres of power in Northern Ireland, relegated to a secondary status and often associated with backwardness or rebellion, depending on the moment. It was not until 2022 that Irish was officially recognised as a language of the region. Today, around 12% of the population speaks it, still a minority, but one that continues to grow, particularly among younger generations.
This is where Kneecap becomes central. Not because they are the only artists using Irish, but because of how they use it. Far removed from solemnity or pedagogical tone, their songs deal with partying, drugs, neighbourhood life, excess and contradiction. With a youth culture that doesn’t fit neatly into the institutional narrative of Irishness, yet refuses to abandon it altogether.
For Móglaí Bap, the process was also deeply creative. Irish lacked words for many aspects of contemporary youth culture, forcing the band to invent them, to expand the vocabulary and push the language into unfamiliar territory. There’s something essential in that gesture: a language doesn’t survive through preservation alone, but through its ability to adapt and speak the present.
This isn’t only about politics, even if politics is always present. It’s about cultural ownership, identity and belonging. About proving that Irish is not a language frozen in the past, but a valid, flexible tool for narrating the now.
C.E.A.R.T.A: RIGHTS, GRAFFITI AND DOUBLE MEANING
The band’s origins are also marked by that constant tension between activism and humour. Kneecap’s debut project, C.E.A.R.T.A, "rights" in Irish, was born during a night of graffiti in Belfast in support of the language. The concept plays with a double meaning that defines the group: the right to speak Irish, but also the right to "lose your head a bit", to get high, to escape.
That coexistence of political demand and irreverence is part of what makes Kneecap so difficult to categorise. They don’t aim to sanitise the language or turn it into a pristine symbol; they drag it into the street, mix it with references to US hip-hop and with the tradition of Irish rebel music they grew up on, songs rooted in anti-British sentiment and the desire for Irish reunification.
COLONIALISM, MEMORY AND PRESENT-DAY DISCOMFORT
Much of Kneecap’s music revolves around an unresolved idea in Northern Ireland: the desire to break free from British colonialism. It’s not a new slogan, but it takes on a different form when voiced by a generation that didn’t experience the Troubles firsthand, yet grew up in their aftermath. Tracks like Get Your Brits Out function not just as provocation, but as reminders that history continues to shape everyday life, even when there’s pressure to move on.
The band’s influences help contextualise that stance. Kneecap grew up listening to US hip-hop alongside Irish rebel music, explicitly anti-British songs centred on reunification and resistance to UK involvement in Ireland. In their work, both worlds coexist: the global language of rap and a deeply politicised local identity. The result is uncomfortable, often deliberately excessive, and difficult to fit within the industry’s acceptable boundaries.
FROM BELFAST TO THE WORLD
As their profile grew, Kneecap ceased to be a purely local phenomenon. International stages brought their message into new contexts, where what is a historically grounded debate in Belfast becomes a direct political intervention elsewhere, one that challenges audiences and authorities alike.
That leap also exposed the limits of tolerance. During their Coachella performance, Kneecap led chants in support of Palestinian liberation and projected messages backing Gaza, including statements describing Israel’s offensive as genocide and pointing to US funding of the conflict. The backlash was swift: media outrage, political condemnation and public calls, including one from Sharon Osbourne, to revoke the band’s visas.
Soon after, old concert footage resurfaced, stripped of context and repurposed to construct a narrative of extreme provocation. British counter-terrorism police launched an investigation, and Mo Chara was charged with a terrorism-related offence for allegedly displaying a Hezbollah flag, an organisation proscribed in the UK. Kneecap responded with a clear statement: they denied supporting Hamas or Hezbollah, condemned all attacks on civilians, and rejected any suggestion of inciting violence, describing the situation as a smear campaign triggered by their Coachella stance.
The consequences were immediate. Shows were cancelled, and a familiar question resurfaced: how far is a band allowed to go when its message stops being comfortable?

GLASTONBURY AND CENSORSHIP AS EDITORIAL CHOICE
The controversy reached its most visible point at Glastonbury. Before Kneecap even took the stage, several British politicians, including Prime Minister Keir Starmer, publicly criticised their inclusion, calling it "inappropriate". Festival organisers stood by the booking.
The BBC, however, chose not to broadcast the set live. While the performance later became available online, it was accompanied by a disclaimer stating that although the BBC does not ban artists, its programming must comply with editorial guidelines. The decision functioned as a form of indirect censorship: Kneecap was not silenced, but removed from the main stage of public visibility.
Rather than retreat, the band doubled down. They reiterated their support for Palestine and responded to criticism with a montage of condemnatory statements from around the world. From the stage, Mo Chara linked past and present: "Irish people have lived under 800 years of British colonialism. We understand colonialism, and we understand the importance of showing international solidarity."
Following the performance, British police announced a new investigation into alleged "hate crimes", this time also involving punk band Bob Vylan. Once again, the debate flared up: music, politics, free speech and the limits of acceptability on major stages.

WHY KNEECAP MATTERS
Beyond the controversy, Kneecap occupies a singular position in contemporary culture. Not only because of what they say, but how, and in what language, they say it. In 2026, the trio has helped bring a historically repressed language back into circulation among young people who approach Irish not out of obligation, but desire. Not as an untouchable inheritance, but as a living, imperfect and confrontational tool.
Kneecap doesn’t seek consensus, nor does it aim to be easily digestible. Their relevance lies precisely in that refusal to soften the message. In showing that a language doesn’t die when it stops being taught, but when it stops being used to speak about the present. And in reminding us that music, even within a globalised industry, can still be a space where identity, politics and youth collide without asking for permission.
For audiences in South America, Kneecap may seem geographically distant, but not historically unfamiliar. The experience of colonialism, of marginalised or lost languages, and of contested identities resonates deeply. In that intersection, what Kneecap represents moves beyond a local phenomenon and becomes something recognisable.
From this side of the world, looking at Kneecap is also a way of looking at ourselves, at music as a site of memory, identity and struggle, where what is truly local, far from being a limitation, often resonates the loudest.
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