Estaba siendo una de las mañanas más complicadas que había tenido en mucho tiempo. Era loco volver a ese sentimiento abardacor de mi cuerpo cuando tenía que dejar los nervios de lado para poder ser solo profesional. Estaba agotada, aturdida, con ciertas ganas de solo parar, sin embargo esta semana no había ese tal descanso. Todos los días me levantaba esperando con ansias los jueves para poder descansar la mente, para poder separarme un poco de la rutina y por supuesto para poder verte. Este era distinto.
Arrancó fuerte, con presiones, con tensión, con estrés. Tener que enfrentarme a toda esta nueva situación solo me daba ganas de llegar a tus brazos para contarte lo duro que fue y que me reconfortes con tus palabras de aliento. Qué tonta.
Entre cada bache que me daban los clientes chequeaba mis notificaciones a ver si por error no había notado que llegó la tuya, sin embargo no había nada, nunca.
Pensé en vos más de una vez durante ese corto lapso de la mañana, porque sabía que vos te enfrentabas a esto todos los días y eras capaz de lograrlo, yo no me veía de tal manera.
—Sos muy capa vos. Yo no puedo hacer esto —. Texteé de la manera más sincera que podía.
—Vos también lo sos — fue tu respuesta y la verdad era que me hubiese encantado creerte pero no podía.
Casi por inercia volví a escribir ese mensaje que tanto se repetía en mi cabeza, deseando que hoy la respuesta sea otra y no la recurrente.
—Podríamos vernos hoy? —. Dejé el celular fingiendo no esperar ese "escribiendo".
—No amor, hoy no puedo —. Qué bonito hubiera sido decir que no sentí decepción.
Qué bonito hubiese sido si yo me hubiese quedado sin ganas de intentarlo a este punto, sin embargo no, el amor era más fuerte, así que volví a insistir.
A partir de ese momento todo se vuelve borroso, como si estuviese grabado en cámara rápida. Yo corriendo por los rincones de ese local de la esquina, vos respondiendo de vez en cuando, yo fingiendo que no te estoy esperando.
El camino hasta el final fue largo. Cuando se hicieron las 15hs y al fin pude subir para dejar de fingir tanto, un alivio momentaneo colmó mi cuerpo, aunque por fuera había un silencio digno de funeral. Un último audio, mezclado de angustia, enojo e intentando colmarse por sobre todo de empatía. Terminé de atar mis cordones y me fui.
El colectivo no pasaba, el sol pegaba fuerte, no tenía ganas ni siquiera de ponerme mis auriculares. Quería descansar y poder verte.
Mas por el contrario pasó todo al revés.
Llegué a mi casa, con el eco del tráfico adornando el ambiente, metí un tupper adentro del microondas con las sobras de todos estos días, habían sido días duros, ni siquiera podía comer como debía, pero tenía que hacerlo antes de ir a entrenar.
17hs. Yo recién almorzando.
No tuve mejor idea que seguir preguntando cosas.
Una especie de sexto sentido colmó mi cuerpo. Como si una presencia se hubiese posado detrás de mi oreja susurrando eso que no quería escuchar. Perdí el control de mi cuerpo, por completo. Se agrandó el silencio, me vestí con la ropa deportiva pensando que sería un día más, sin embargo nunca pude irme a entrenar.
La silla de mi escritorio ató mis piernas pero eso no fue suficiente para que dejara de temblar. Cada mensaje calaba más profundo en ese espacio imaginario del "alma" o cualquier cosa que haya ahí.
Ya había perdido el control, ya no me importaba nada. Llamadas perdidas, desesperación colmando el ambiente, un calor subiendo por la garganta, acompañado de un llanto descontrolado pero intermitente, ese que le llega a alguien que intenta evadir la realidad, sin embargo ella es más rápida y no para hasta apabullarte.
Me pasó por encima, intentaba huír de ella caminando en círculos por ese pequeño cuarto, miraba por el balcón esperando que el alivio entre de golpe. No pasó.
El mensaje definitivo terminó de apuñalarme, terminó de hacerlo real. Gracias a dios no tenía nada a mano para lanzar, pobre el mueble que recibió el golpe frustrado de mis piernas, pobre la cama que aguantó los gritos. Pobre el encendedor que no dejó de encenderse en ese intento irracional de quemar la realidad.
A partir de ahí, el resto es historia. Quemé una caja de Lucky´s mientras esperaba tu aceptación, una vez recibida me cambié nuevamente de ropa. Al final la ropa deportiva solo sirvió para acoger la batalla.
Salí con lo mínimo, el celular, la sube, los cigarrillos que me quedaban y un encendedor. Ni siquiera tenía plata encima.
Quemé un último antes de subir al bendito colectivo, lleno de desconocidos, adornado con luces tenúes, casi imperceptibles. Un único asiento libre en el que me refugié durante esos eternos 15 minutos. Veía gente subir, bajar, a mi lado dos personas amándose pacionalmente, la chica mirando atenta mi pierna temblorosa, para después subir su mirada a mis ojos. Sentí un poco de verguenza.
En lo que llegaba mis oídos se taparon, la llovizna adornó Avenida La Plata y el pequeño susurro en mi cabeza me avisaba qué era lo que estaba por pasar.
Bajé del colectivo con las manos temblorosas, te di aviso que ya había llegado y me quedé esperandote sin querer verte nunca más. No podía enfrentarme a tus ojos.
Cuando comenzaste a hablar lo hiciste tan fuerte que solo bastaron las primeras oraciones para que mi cabeza deje de procesar lo que estaba pasando. Hacía frío, la calle estaba transitada, decidí doblar hacia una calle más oscura porque no podía soportar que nos vean así.
Desde allí perdí el conteo del tiempo, no sé bien cuánto pasó, pero fue largo, desgarrador e intenso. Al momento que escribo esto es solo una laguna sin muchos recuerdos.
Tengo flashbacks de tus lagrimas corriendo por tus mejillas, de como nuestras voces subían de tono e intentaban mantenerse en control. Tengo algunos recuerdos de como mi garganta se cerró, tengo algunas palabras aún trabadas que terminaron por salir en forma de vómito tiempo despues, todo en un intento absurdo de mi cuerpo por soltar eso que no sabía leer.
No quiero hacer mucho incapié en lo que fue todo eso, ni siquiera lo recuerdo en su mayoría.
Sinceramente lo que ocurrió después era más de lo esperado, creería de hecho que un panorama más ameno que el que estaba acostumbrada. Empecé a caminar bastante rápido intentando apaciguar el shock, seguí abusando del escendedor, enviando mensajes ocultando la desesperación. Una llamada bastó para que la marea de lágrimas se suelten. Palabras inocuas eran soltadas del otro lado del aparato, una voz conocida intentando transmitir tranquilidad mientras que el tráfico a los alrededores solo lograba lo contrario.
Perdí el conteo del tiempo nuevamente, llegué a mi destino, una plaza oscura, fría pero acogedora, 45 minutos marcaba de llamada y se sentía como ese tiempo en el que el corazón entra en paro y deja de responder, en este caso no había quién lo reanime.
Ya no tenía ganas de llorar igualmente, nada tenía mucho sentido. Llegó junto a una persona importante el calor de un abrazo que casi logra hacerme flaquear. No pudo, no hasta que empecé a hablar y reconocí lo mala que había sido todo este tiempo. Qué loco es aceptar las cosas cuando uno las hace mal.
Después de ello solo hubieron conversaciones cotidianas de dos amigas que se ponen al día y no fue hasta casi el final de la madrugada que admití qué es lo que había pasado. Ella sabía que lo estaba evitando pero que no podía irme sin decirlo.
Tengo grabada su cara de reacción en mi telefono, qué gracioso. Nadie se esperaba eso.
La conversación al respecto no fue muy profunda, de hecho era bastante sin sentido, ninguna de las dos estaba entendiendo muy bien lo sucedido. Pero unas risas y unos abrazos después bastaron para que mi corazón baje unos cambios y pueda volver a mi casa a dormir.
Caminé por las calles de Centenario y Palermo a las 3 de la mañana sin ningún tipo de miedo, en cierto punto queriendo nunca llegar.
Cuando llegué y floté sobre mi cama mis ojos se cerraron instantaneamente pero por el contrario nunca me dormí. Solo parecía que le estaba poniendo un punto y a parte a un día eterno y completamente irreal.
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