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JUANA LA LOCA Y LAS OTRAS LOCAS

Mar 24, 2026

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JUANA LA LOCA Y LAS OTRAS LOCAS
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         JUANA LA LOCA Y LAS OTRAS LOCAS

 

Miró el reloj y se puso nerviosa.

- ¡Las dos y veinte! … ¡Dios!

Miró otra vez el reloj de pared y se apresuró a cambiarse. Sabiendo que afuera estaba fresco se puso el can-can negro que lucía los domingos en el bingo de la parroquia. Salió a la calle y caminó apurada hasta la parada del colectivo que ya asomaba por la esquina. Cuando subió el primer escalón del colectivo, notó que tenía cruzado el can-can, y que también le molestaba la bombacha. Un muchachito le cedió el asiento.

- ¿Qué hora tiene? -, le preguntó ansiosa a su vecino de viaje.

-Las tres menos cuarto, señora.

Juana se preocupó. Nunca había llegado tarde a ningún lado, y no quería que ésa fuese la primera vez.

Se distrajo mirando por la ventana las casas y los edificios que tanto conocía. Al rato se levantó del asiento, y en la siguiente parada bajó del colectivo, cruzó apurada la calle y despareció por la boca del túnel.

-Voy a llegar tarde… -, murmuró preocupada, mientras intentaba con disimulo acomodarse el can-can y la bombacha.

Esperando el subte observó el cartel de publicidad y se concentró en la imagen del muchacho que fumaba.

- ¡Yo lo veo igual a Carlos!… ¿Me estaré volviendo loca?- expresó, mientras una catarata de angustia la inundaba.

Ya en el vagón hizo una sumatoria mental de los recaudos tomados antes de salir:

-Levanté la ropa de la soga…

-Cerré la llave del gas…

-Cerré las ventanas que dan al patio…

-Le puse llave a la puerta…

Repitió varias veces el listado hasta que la puerta del vagón se abrió y Juana salió al andén. Subió asesando las escaleras, y al salir por la boca del subte suspiró aliviada. Cruzó casi corriendo la calle, y recién se detuvo al llegar al centro de la explanada, desde donde observó a un grupo de mujeres hablando entre sí.

Juana se acercó.

- ¡Qué suerte que viniste! - exclamó Azucena, al ver llegar a Juana.

-Tengo cruzado el can-can...

Las mujeres rodearon a Juana, y ella con velocidad se subió la pollera y se acomodó todo.

- ¡Qué pasa acá! - preguntó el policía que, al acercarse, exclamó:

- ¡Otra vez ustedes!

¡Sí!… ¡Otra vez! -, respondió, desafiante, Azucena.

-Entonces ya saben… circulando, locas…circulando…

Haciendo oídos sordos, las mujeres se colocaron los pañuelos en la cabeza, y caminaron en silencio hasta completar una vuelta a la explanada.

Luego dieron otra… y otra… y otra…

 

 

 

 

Roberto Dario Salica

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