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J. C. Groussèc, biólogo

Jan 14, 2026

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J. C. Groussèc, biólogo
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"Dulce et decorum est pro patria mori".
—Horacio

Cada expedición del biólogo daba nuevos frutos para incorporarlos al trabajo final de tesis, donde obtendría allí en Córdoba, de ser aceptada la investigación, el título de doctor en geología. Juan Carlos Groussèc, biólogo de mente intrépida, dueño de una duda amante, no hacía casi un mes de su llegada en septiembre a tierras finlandesas que el lago Inari le deslumbraba día a día bellezas inconmensurables, nuevas a sus ojos. Tal vez sea una piedra movida por la corriente, otro pez desconocido para él, un viento más asemejado a una caricia; pero hallaba devoción por aquello que se le presentaba, todo eso se volvía lo absoluto contemplado.

Los fiordos, en específico fiordos de agua dulce, estrechas formaciones de agua abrazando la tierra entre las colinas, eran el motor de la investigación. Groussèc, biólogo, situado en las aguas frías del Kaikunuora y rodeándose de las montañas, pasaba otras anotaciones en los cuadernos de su estudio. Miraba alrededor, se complacía escribiendo y regresaba a su asombro de avistar. Cuidándose de la brisa, repasaba cada apartado sobre fiordos ya estudiados en el lago: Surnuvuono, Suolisvuono, Nanguvuono... Kaikonuora. Tras de sí, un paisaje majestuoso que contrarrestaba el cielo obscuro del amenazante invierno. A lo lejos, la triada de pescadores lapones que lo escoltaba lo saluda en medio del fiordo lacustre; gentes de muy buena estirpe.

Estos pescadores de buen talento con los salmones provenían del pueblo donde Groussèc asentó su base de trabajo. Ubicado al noreste del lago, el pueblo, de cuyo nombre no puedo acordarme, lo confeccionaban decenas de cabañas pequeñas de madera para unos modestos cuarenta y tantos habitantes. 

La simpatía de estos fineses no era una simple bienvenida, era una esperanza de que algún día también regresará. La generosidad resultaba recíproca, divulgando el biólogo cada análisis técnico de aquella naturaleza lapona; aunque sea solo en presencia de intérpretes de lengua anglosajona.

La tarde helada del veintiocho de noviembre ordena sobre un bufete su rompecabezas de fiordos, mientras el lago Inari disfrazaba sus costas con hielo y Finlandia se iba configurando como un recuerdo y un olvido. Lo registrado era material de excelencia y calidad que, sin embargo, debía ser acompañado por su par noruego. Con latidos pesimistas en el corazón, Groussèc dejó a merced de los días su despedida envolvente de esos brazos profundos en el lago, que la glaciar prehistoria suscribió para él. 

Y en paralelo, fineses desde los medios de Hamburgo y Berlín oían noticias desopilantes. Un diario de importación germana publicaba imágenes pavorosas para el mundo. En la península escandinava estaba al acecho las consecuencias del Reich Alemán; sin embargo, su pacto de no agresión con los soviéticos apaciguaba la tensión de cada nórdico. 

Tal vez ninguna nación perecería a cambio de alguna isla, alguna porción de territorio, quizá corriendo la suerte de los dóciles estonios... No era novedad que igualmente buscarían control en el ártico frente a cualquier movimiento alemán. La locura de lo que pudiese ocurrir les era inevitable en sus pensamientos.

Finlandia no doblegaría un metro de patria; pero esa geopolítica no le era tan examinada a Groussèc como el pésame de su propio dolor en los fiordos.

Los fineses entre optimismos y pesimismos habían estado siguiendo las negociaciones de sus ministros y sus vecinos. Pero todo se oscurecía poco a poco en vano, y la ansiedad por conservarse la neutralidad y la buena amistad entre ambos países se iba acrecentando en la desestimación de las contrapuestas finlandesas. 

Declinadas las negociaciones, la atmósfera se hacía estresante y lo que se insinuaba como tema de política internacional de los fineses, amenazaba sobre la investigación de los fiordos.

El veintinueve por la mañana, aún más gélida que las anteriores, el biólogo amanecía llevado al resguardo por fineses cuya patria se armaba a la defensa. Sobre aquel pueblo, del que cuyo nombre no puedo acordarme, hombres comunes lucían un fusil del que aún no comprendían su uso, pero para el cual arriesgarían su sangre con solo comprenderlo. 

La perplejidad o el asombro nublaban lo que la situación denunciaba. Fronteras cerrándose y cada pueblo levantándose como escudo de la nación era señal de que un viaje a Helsinki por socorro en la embajada lo dejaría más expuesto al peligro; trasladarse a Noruega, y estando a solas con dos lenguas que no domina, sería carroña para todo soviético. 

Golpeado constantemente por la dura emoción de que lo hallen prisionero y lo torturen por información, tan lejos de la embajada y aún mayor la distancia con su patria, la posibilidad que le aseguraba estar pleno de vida era subsistir con los nativos de aquellas tierras. Lo mejor era seguirlos. Y así, el biólogo se vio arrastrado por la corriente de este espíritu, hermanado en el regodeo y euforia de cada joven recitando sus canciones.

Entre la guerrilla finlandesa la moral se elevaba tanto como la firme voluntad de resistencia. El primer ministro británico no le daría la espalda a Finlandia y apoyará al mariscal Mannerheim que, mientras tanto, por radio apenas audible anunciaba a los conglomerados: 《Defenderemos... hasta el último pedazo de tierra... mientras haya uno de nosotros... con vida...》. 

El biólogo reflexionaba sobre si era uno de ellos o no, si era aquel nosotros grandilocuente y silencioso a la vez. Realmente, Groussèc veía ser ese nosotros  y cada uno de los fineses; porque era todos y no era ninguno y por eso defender Finlandia era su asunto, no por Finlandia, sino por el nosotros de nadie en todos los hombres.

No era religioso, sin embargo, pensaba, de haber un Dios ha sido muy comprensivo consigo. Quizás ese Dios que él no entendía era la inmensidad en la naturaleza escandinava. Tal vez aquí estaba el maravilloso Dios que de niño le hablaban.

Su llegada al noreste extremo del país con un fusil ametrallador y un tradicional puukko finlandes contrastaba con el maletín repleto del estudio de los fiordos, del cual no renunciaría. Desde el campamento instalado veía los entrenamientos de los cazadores lapones que posiblemente en Petsamo no solo hallarian la gloria del mundo, sino además su paz eterna. Cazadores que se adaptaban y aprovechaban los recursos modestos, pero suficientes, que la patria les ofrecía por defenderla. Cazadores inquietos, invisibles, tan presentes y tan precisos, moviéndose como ángeles que provocaban un miedo suprasensible a los soviéticos con pretensiones de conquista; omnipotentes e imposibles de identificarlos con precisión en sus tierras casi divinas.

Veinte días pasados del mes de diciembre, el optimismo cobijaba el corazón de cada soldado. Los jeeps enemigos se estancaban en la nieve; los pelotones y artillerías sufrían el tránsito a través de la geografía lapona; las estrategias de los comandos soviéticos se frustraron ante el conocimiento de sus propias tierras por parte de los fineses. Fineses acostumbrados a la vista de luz leve en sus ojos durante el oscuro invierno, fineses caminando por su hogar a luces apagadas. 

Cada pequeña victoria ante el enemigo despertaba la esperanza de la paz, del fin de todo eso.

De manera tácita y aislada, el veinticinco, un bombardeo en Helsinki sorprendía a los habitantes restantes de la ciudad; el ruido de las sirenas, no similares a campanadas navideñas, resonaba en aquellos refugiados para eludir las bombas. Una extraña navidad transcurrió en las entrañas de la ciudad, un nuevo sentido de hermandad. De lo que debió ser una acción desmoralizadora, nació un nuevo sentimiento de encono, de resolución y firme determinación para que el enemigo pueda ser derrotado. Un espontáneo socialismo de sentimientos contra un falso socialismo en las intenciones.

En paralelo, el biólogo se acostumbraba a sus horas de sueño interrumpidas por los estruendos constantes que se oían de motores por el aire. Cuando un caza ruso era sentido en el radar de sus orejas, desde el primer exhalar de su cuerpo su mano derecha sujetaba el maletín llevándolo para sí; la mano izquierda, menos ágil, levantaba el fusil con mirada a la salida del campamento. Y aunque el ruido de los motores disminuyera alejándose, un silbido se fortalecía a gran velocidad. Ahora era el estruendo de un misil levantando la tierra y la misma cayendo a pedazos; le seguía un gran humo sumando a la neblina.

 Asimismo, los aviadores, de no haber sido interceptados por la artillería antiaérea, retornando no superaban el peligro de las colinas camufladas sobre el horizonte renegrido, estrellándose sin aviso. Aquella impericia de los pilotos soviéticos, no adiestrados del todo, hizo fracasar de manera decisiva la abrumadora superioridad rusa para asestar el golpe mortal a la resistencia.

Luego, lo único audible eran los latidos del corazón. 

Ya no existían las palabras de Lenin en los soldados agresores. En aquellos ojos despavoridos se hundía irremediablemente el mensaje de los viejos bolcheviques. Se les predicaba la paz de los pueblos organizados; se buscaba la hermandad con los humildes sin fronteras que lo impidan. Pero matando a otros proletarios del mundo, alzados en armas como ellos, no abrazaban el ideal de lucha contra los burgueses.

Y en los fineses ocurría un símil desenlace. Sobre cada baja conseguida, en los últimos estertores de sus enemigos vislumbraba un pobre destello  de humanidad desvaneciéndose. Un enemigo que no quería morir, quizá tampoco pelear, sino cumplir y tan solo regresar a su hogar con su rutina de todos los días; un enemigo lejos de su patria.

Pero en la guerra los sentimientos no sobrepasan tanta importancia.

Desnudando los cuerpos inertes para un indigno entierro, la nieve no podía identificar quién era fines y quién era ruso. Después de la muerte no había patria, no había lucha. Solo la quietud total, la ceguera total, la sordera total. Ya no había dolor.

En el Ladoga, la sangre de los soviéticos incursionando se congelaba por el frío de las aguas. Mientras tanto, en los pueblos de entre los distintos frentes, el país agresor avanzaba tanto como retrocedía. En sus campamentos militares se turnaban los avances y las reconquistas. Se colgaba el retrato, con el semblante noble y sus manos a los costados, de Mannerheim; luego se colgaba el retrato de la mirada violenta de Stalin. 

Y el biólogo solo observaba como aquel factor humano iba en aumento como el caudal de una catarata, cayendo hacia un infinito de nada, insistiendo con pobres almas que perecian bajo un obscuro cielo. Juan Carlos Groussèc, extranjero, oía canciones e himnos de igual esperanza entre los bosques lapones. Y aunque se lograba cierta ventaja por sobre los soviéticos, solo eran menos caídos.  Ya nadie hablaba de heroísmo, por más que el entusiasmo fuese generoso.

Siguiente a los enfrentamientos, que con impericia inmolaban la voluntad de poder enemigo, la humanidad que le restaba observar se le confundía entre fineses leyendo en voz alta fragmentos de "Los siete hermanos" y prisioneros rusos abatidos en su sensible juventud. Prisioneros conmovidos que, considerados militarmente como traidores, no pudiendo regresar después a su patria, sollozaban como niños alejados del socorro de sus madres.

Aún conservaba a los fiordos en su memoria; ahora solo intentaba hallarlo a aquel Dios en esos hombres. Valientes cobardes que iban distinguiendo el bien y el mal solo con ver quién portaba el mango de la espada. Hombres, pequeños Melibeos, que tuvieron que abandonar los confines de la patria y los dulces campos.

Los torbellinos helados perdían fuerza poco a poco; un febrero le daba más espacio a la primavera. El invierno terminaba, y los días más gélidos del año que cobijaron el espíritu de resistencia se desvanecían entre hielo y nieve. 

La naturaleza despertaba su verdadera hostilidad en los antiguos paisajes blancos. Ahora eran hombres contra hombres y los carros armados mataban, los aviones mataban y los rusos mataban. La superioridad soviética ya no estaría doblegada a la infinita superioridad de la diosa naturaleza del invierno. Los pasos imperiales no tropezarian con el heroísmo fines que, incondicionalmente, se comprometía desesperado en una  etapa penosa.

Ahora el valor no lograría detener lo que inexorablemente avanzaba. El biólogo veía a los aliados y el cansancio en sus ojos no se resignaba a cesiones o retiradas. Unos eran fineses, otros suecos, noruegos, algún que otro alemán. Uno lo era todos, por tanto nadie era todos; pero todos eran uno.

Poco se hablaba ya de patria, o de fiordos.

Los bosques, que ya no eran helados, transformaban al son del viento aquellos viejos himnos en elegías de guerra. Ya faltaba lo épico, salvo por la epopeya de humanidad. El cielo obscuro sobre cada combatiente era igual para cada uno; el firme destino reverberaba en sus ojos y en los valles con una extensión sin fin.

Al sur, en las trincheras de Carelia la suerte se inclinaba para los soviéticos. La radio solo comunicaba: 《Ninguna defensa ha cedido》. Era el poco contacto con aquellos discursos de victoria.

En el campamento anteriormente infranqueable del biólogo una escaramuza detiene de sorpresa las preparaciones de la defensa. Sin haber logrado despertarse con la ametralladora en una mano o aquellos papeles en la otra, su ágil movilidad era interceptada por una patrulla apuntándole con la mirilla en la entreceja. Habría conocido la gloria alrededor de sus huesos y los discursos de victoria entre su sangre de no ser tomado prisionero.

Unos perecieron en el contraataque de la resistencia, aguardando la espera contrarreloj de otro tipo de paz, que no lamiera los duros términos. Otros, sin paz ni eternidad, pero sin muerte, perecian en el estado de la espera.

Llevados desde convoyes como criminales, como animales con imperativos de sangre ajenos, el camino inexpugnable adormecía al espíritu en la derrota. 

La dura emoción de hallarse prisionero ya no golpeaba; solo se hallaba Groussèc, biólogo, extranjero, autóctono o universal. 

Apenas distinguible entre los compañeros con los que era transportado pudo observar a la trinidad de pescadores lapones del pueblo, de cuyo nombre nadie puede acordarse; gentes de muy buena estirpe que, comenzando a recitar oraciones y rezos, eran escoltados por el enemigo.

Tal vez, pensaba, posiblemente no conocían la muerte porque conocían un Dios y una patria, y por lo tanto estos tiempos tristes no era una sobrevivencia, sino al contrario, un vivir estando...

Tal vez, pensaba, Dios estaba oculto y revelado en Finlandia; debería ser glorioso, poderoso, fuerte y, sin embargo, tan miserable, que no fuese reconocido.

Gonzalo I. Lloret

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