Vaya a la verdulería.
Pero a esas que lo dejan a uno seleccionar la mercadería.
Elija las más naranjas, las más brillantes.
Siéntese en cualquier lugar que tenga a mano, donde no pueda ser interrumpido.
No importa si no lava la mandarina.
Trate de no desechar la cáscara, pues puede oficiar de condimento para algún budín o de intrusa en la yerba mate.
No necesitará ningún utensilio; ni tampoco será requisito tener las uñas largas.
Solo con la yema de sus dedos, pellizque en cualquier lugar de la circunferencia.
Ella es amable, cederá ante el mínimo contacto.
Una vez que la primera defensa se haya roto, tire con paciencia.
Sienta el perfume adueñándose del mundo.
Pero aténgase a las consecuencias: es un olor traidor, le avisará a todo el purgatorio que usted se ha detenido a respirar.
Separe el primer gajo. Lléveselo a la boca.
Y mientras la acidez estalla en su lengua, contéstese:
¿Ha reído hoy? ¿Cedió el asiento en el colectivo? ¿Dio los buenos días?
¿Acarició a su perro?
.
Mastique despacio. No hay apuro.
Aproveche el segundo gajo para pensar en lo que ya no está en edad de hacer.
Mírese las manos sucias de jugo y pregúntese:
¿Su silencio es noble?
¿Ha podido dejar ir a aquellos que ama porque no alcanza con su forma de amar?
¿Ha llamado a su abuela, si aún vive?
Siga desarmando al intento de circunferencia.
El sistema premia la velocidad,
pero no puede uno comer una mandarina a la velocidad de la luz.
Continúe...
¿Quién lo espera en casa?
¿Hace mucho que tiene la misma pesadilla?
¿Puede detenerse cuando es consciente de que está hablando mal de otro?
.
Termine el último gajo.
Límpiese los dedos contra el pantalón y regrese lentamente a la distopía.
No se lave las manos.
NO INSISTA.
El olor se impregna por horas.
.
¡Felicitaciones!
Usted ya sabe cómo comer mandarinas.
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