En medio de la noche se despertó, lo primero que hizo fue tomar su móvil, le pareció escuchar que vibró dos veces, creyó recibir el mensaje de ella, pero no fue así, era la notificación del clima que anunciaba lluvia fuerte.
Lo volvió a colocar sobre el buró a un lado de su cama, se quedó unos segundos sentado en la oscuridad, solo alumbraba la recámara una luz del otro lado de la calle. Sintió sed.
Sin encender la luz tomó su vaso rojo, y se dirigió al garrafón y se sirvió, la sintió algo pesada. Dejó el vaso sobre la mesa y se paró a un lado de la puerta mirando hacia la calle, completamente sola, ni un alma caminando, volteó a ver el reloj, las 02:47 a.m. quiso ser el único fuera de casa, pero se contuvo.
Sonrió un poco confundido, noches atrás se levantaba más o menos a la misma hora, se servía una copa de vino y se ponía a escribir, creo por lo que mostraba su rostro era a una mujer. Se sentía inspirado, había una musa en esa bella dama. Se sentía casi como Neruda o Benedetti cuando hablaba de ella.
En esta ocasión, lo que le venía al corazón, al parecer no era algo romántico, como en otras ocasiones, más bien parecía ser que la extrañaba. Se negó a escribir algo doloroso, bebió más agua. Tosió un poco. Suspiró.
Buscó aquella pluma que era exclusivamente para escribirle a su musa, ya no tenía tinta. Sacó la cajita de cartuchos y me colocó uno nuevo. Tomó las hojas rayadas qué también solo eran para las cartas dirigidas a ella y se sentó a la mesa.
Era cierto que echaba de menos su escritorio, aquel que tuvo que vender para poder cambiar de residencia, el mismo que guardaba sus libros favoritos. Pero en esa mesa, con esa silla había vuelto a escribir los mejores versos que su corazón dictaba. Y todos los había inspirado aquella mujer.
Anotó la primera palabra sin siquiera pensarla, pero arrugó de inmediato la hoja y al cesto de basura. Miró hacia la lámpara que estaba cruzando la calle y cerró los ojos, no había más que palabras para decirle lo mucho que la extrañaba, pero él no quería escribir sobre ello, deseaba que su corazón escarbara y naciera una carta más, un poema, una historia de amor de ellos dos y regalársela.
Dieron las 04:25 a.m. y por fin después de escuchar aquella canción, lo que tanto esperó le llegó, tomó otra hoja limpia, escribió su nombre, sonrió y en el renglón de abajo, comenzó diciendo... "sabes, no he dejado de escribirte, no he dejado de soñar contigo, ni siquiera he dejado de pensarte a cada hora, solo quería que lo supieras... "
Después de terminar la carta en alrededor de dos hojas más, las dobló como era su costumbre y las puso junto con todas las otras, se sirvió un poco más de agua, volvió a ver la lámpara qie estaba del otro lado de la calle y volvió a la cama, a intentar dormir lo poco que quedaba antes que amaneciera.

Roberto García
Hombre arcádico con sentimientos farádicos. Escritor esporádico, iluso creador gonádico. Con amor pleno y poeta maniático, pero, poco simpático...
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