La lluvia comenzó exactamente a las seis de la tarde.
No era una tormenta fuerte, apenas una de esas lluvias lentas y melancólicas que parecen hechas para despertar recuerdos. Las gotas golpeaban suavemente las ventanas de la vieja casa de mi abuelo mientras yo caminaba por el pasillo sosteniendo una taza de café entre las manos.
La casa estaba demasiado silenciosa desde que él murió.
Antes siempre había ruido.
La radio encendida en la cocina.
El sonido de sus pasos arrastrándose lentamente por el suelo de madera.
Su voz llamándome para mostrarme alguna tontería que encontraba divertida.
Ahora solo quedaba el eco.
Habían pasado tres meses desde el funeral, pero el dolor seguía sintiéndose reciente, como una herida que se negaba a cerrar.
Mi abuela dormía en el sillón del comedor con una manta sobre los hombros. Desde la muerte de mi abuelo parecía haberse vuelto más pequeña, como si la tristeza le hubiera quitado años de vida.
―Voy al altillo un momento ―le dije en voz baja.
Ella apenas asintió.
Subí las escaleras lentamente. Cada escalón crujía bajo mis pies, y el sonido hacía que la casa pareciera todavía más vacía.
El altillo olía a polvo, madera húmeda y tiempo.
Había cajas apiladas por todas partes, muebles cubiertos con sábanas blancas y fotografías antiguas tiradas dentro de cajones abiertos. La luz amarilla del techo parpadeaba de vez en cuando, creando sombras extrañas en las paredes.
No sabía exactamente qué estaba buscando.
Tal vez fotografías.
Tal vez algo que me hiciera sentir cerca de él otra vez.
O tal vez solamente necesitaba escapar del silencio de abajo.
Comencé a abrir cajas viejas. Había adornos navideños rotos, libros antiguos, ropa guardada desde hacía años y relojes que ya no funcionaban.
Entonces la vi.
Una pequeña caja de madera oscura escondida detrás de un viejo espejo.
Tenía grabados pequeños dibujos en los bordes: estrellas, ramas y flores desgastadas por el tiempo.
Pero lo que hizo que mi corazón se detuviera fue el nombre escrito sobre la tapa.
Mi nombre.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
La tomé con cuidado, como si fuera algo frágil o peligroso. El polvo cubría la superficie y mis manos temblaban mientras la abría lentamente.
Dentro había varias cosas:
Un reloj de bolsillo plateado.
Cartas atadas con una cinta negra.
Una fotografía amarillenta.
Y un cuaderno viejo de tapa oscura.
El cuaderno parecía el objeto más antiguo de todos.
Las esquinas estaban gastadas y algunas páginas sobresalían como si hubieran sido abiertas demasiadas veces.
Lo tomé despacio.
Y en la primera página encontré una frase escrita con la letra de mi abuelo.
"Para quien alguna vez me extrañe."
Tragué saliva.
Debajo había otra frase.
"Hay recuerdos que sobreviven incluso a la muerte."
No sé por qué, pero sentí ganas de llorar inmediatamente.
Me senté en el suelo del altillo mientras la lluvia seguía golpeando el techo. El sonido parecía acompañar el silencio de aquella escena.
Pasé la página.
La siguiente estaba llena de poemas.
Poemas escritos por él.
Mi abuelo nunca me había hablado de eso. Jamás imaginé que escribiera. Siempre lo vi como un hombre tranquilo y silencioso, alguien que prefería escuchar antes que hablar.
Pero aquellas palabras...
Parecían demasiado tristes para pertenecerle.
Leí el primer poema con el corazón acelerado.
"Las cosas que no vuelven"
Hay cosas que desaparecen para siempre.
La infancia.
Las voces de quienes amamos.
Los días felices que no supimos apreciar.
El tiempo se lleva todo.
O casi todo.
Porque hay personas
que logran quedarse viviendo dentro de nosotros
incluso después de partir.
Y quiza esa sea la forma más real de eternidad."
Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
Podía imaginarlo escribiendo aquello en silencio, tal vez durante alguna madrugada, mientras todos dormían.
¿Cuántas cosas de él desconocía realmente?
Seguí hojeando el cuaderno.
Había poemas, cartas y frases cortas escritas en distintas épocas. Algunas páginas estaban manchadas, como si gotas de agua hubieran caído sobre ellas.
O lágrimas.
Entre las hojas encontré una fotografía.
Mi abuelo aparecía mucho más joven. Debía tener unos veinte años. Estaba sonriendo junto a una mujer desconocida frente a un lago.
Nunca había visto esa foto.
La di vuelta lentamente.
En la parte de atrás decía:
"Hay amores que jamás aprenden a irse."
Fruncí el ceño.
No reconocía a la mujer.
Y algo dentro de mí comenzó a llenarse de preguntas.
En ese momento escuché la voz de mi abuela desde abajo.
―¿Encontraste algo?
Miré nuevamente la fotografía.
Después el cuaderno.
Y finalmente la caja.
Sí.
Había encontrado algo.
Había encontrado una parte de mi abuelo que nadie me contó jamás.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.


Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión