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Incomprensión

Mar 1, 2024

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Incomprensión
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Incomprensión

 

 

Justo al lado de mi edificio vive Javier, enfermero intensivista en el hospital de La Paz de Madrid. Tiene treinta y cinco años y es gay. Desde niño supo que estaría predispuesto a ayudar a los demás porque pasó la mayor parte de su niñez entre hospitales y, aunque ha resuelto su infantil problema de salud, le ha quedado muy dentro de sí ese deseo de aportar algo a los demás. Llegado el momento de escoger una carrera, dudó entre microbiología o enfermería, se decantó por esta última. Quizás la culpa la tuvo su padre, un médico bien reconocido en su ciudad, y su madre, comadrona que ayudaba a traer al mundo felicidad. Javier se considera a sí mismo un tipo normal que intenta vivir su vida de la mejor manera posible. Es alto, fibroso y, para muchos, cabe dentro del canon de belleza que se puede considerar guapo. No pierde oportunidad alguna en su poco tiempo libre para dedicárselo al gimnasio. Convive con sus dos perros, un labrador negro de siete años llamado Kazan, regalo de su hermana, y otro mucho más pequeño y sin raza que adoptó, llamado, simplemente, Chato. Javier los adora.

La vida de Javier transcurre entre turnos en el hospital, el gimnasio y cuidar a sus perros. Generalmente los fines de semana, cuando no tiene guardia, busca la marcha y se va de fiesta a Chueca con sus amigos Darío, medico intensivista, y Paco, enfermero como él. Tiene la teoría vital de que la vida es un regalo y de que solo existe un ahora. Piensa que el pasado es una ficción temporal y el futuro una necesidad de la mente para planificar la vida. Muchas veces llega a casa medio borracho y con el ligue de turno. Aunque intenta buscar el amor verdadero, algún resorte cerebral se lo impide o simplemente no ha llegado todavía la persona indicada. Muchas veces bromea con que el amor es un unicornio que solo pasta en la orilla derecha de algún río perdido entre las montañas de las novelas de George R.R. Martin. Sus padres viven y ejercen la medicina en La Coruña y se sienten orgullosos de sus tres hijos: David, el mayor, ingeniero de caminos; Lola, policía nacional, y Javier, el benjamín, por el que sienten un amor desmedido, aunque no lo reconozcan públicamente.

  A Javier, como a todos, la vida tal y como la conocía le cambió a principios de marzo. Comenzaron a aparecer los primeros casos importados de pacientes enfermos del nuevo coronavirus que venían desde Asia. Javier y sus compañeros, poco a poco, empezaron a sentir la presión de trabajo en la UCI y a percibir lo que se aproximaba. Con mucho acierto, le pidió a su hermano David que viniera desde Coruña en su coche a por los perros, porque estaba seguro de que, en los momentos más difíciles, pasarían muchas horas encerrados, sin comida ni atención. Con una preocupación menos, se dedicó en cuerpo y alma a su trabajo. Procuraba cada día poner sus conocimientos a disposición de todo aquel que tuviese que recalar en la UCI de La Paz. Hoy, casi dos meses después, está terriblemente agotado y triste. A pesar de que tienen un severo régimen de descanso, ha sido muy duro el trabajo pues la sala ha estado constantemente abarrotada durante todo este tiempo. Además, algunos de sus compañeros han enfermado y ha sido cruel tener que atenderlos personalmente, implicarse emocionalmente en su cuidado. Todo ha sido aún más difícil porque a menudo las condiciones de trabajo no han sido las más idóneas. Su rostro ya posee las huellas de las mascarillas y las gafas protectoras, huellas como tatuajes que confía que no queden para siempre. Huellas también que son muescas de todo lo que ha visto en la UCI en estos angustiosos días. Por sus manos han pasado muchos pacientes, ha visto morir a unos cuantos, sin distinciones de edad ni de procedencia. Lo peor de todo ha sido verlos morir solos. Él y sus compañeros han intentado brindar apoyo emocional y cariño, que conforta, pero termina siendo para ellos demoledor.

Cuando regresa a casa, agotado y triste, solo desea poder dormir. Ha perdido peso y masa muscular, y las ojeras compiten con las marcas dejadas por las mascarillas. Se mira al espejo y no se reconoce. No logra ver al joven despreocupado y feliz que era, en el reflejo solo encuentra a un desconocido que se siente muy solo y que tiene que lidiar con algo que siente que le supera. Él quisiera poder tener la suerte de deprimirse y dejarse llevar por la autocompasión, pero sabe que no puede darse ese lujo. Sabe que no es el momento para ello. En la UCI hay personas que le esperan para recibir su ayuda, para que intente alargarles la vida, sabe que sus compañeros confían en él, en su buen carácter, en su capacidad de trabajar en equipo. Los demás lo necesitan porque es un líder nato y esa capacidad la conserva a pesar de lo jodido del momento.

  Por todo eso no consigue comprender el significado del mensaje que le han dejado en la puerta de su apartamento. Cierto era que venía medio dormido después de su turno de noche. Lo leyó, pero no lo analizó y se quedó dormido. Pero a las cinco de la madrugada algún resorte cerebral lo despertó y se halló sentado en la cama en medio del silencio de la noche. Había entendido finalmente el mensaje que le habían dejado. Le pedían que se marcharse de su apartamento. Pensó que sería una broma de mal gusto, que no tenía sentido alguno, y casi corriendo se levantó de la cama y volvió a leer el mensaje que había dejado encima de la mesa. Argumentaban que en el edificio había muchas personas mayores y dos niños pequeños, uno de ellos recién nacido, y que, aunque comprendían y agradecían todo el servicio y el esfuerzo en el hospital, por el bien de la comunidad, debería pensar en irse a otro apartamento. Aquellas palabras fueron como el último puntillazo que esperaba recibir antes de que todo se fuese a la mierda. De pronto se sintió odiado, humillado y mutilado. Acababa de recibir un golpe rotundo y siniestro en su rostro. Un golpe dado por cien pares de manos llenas de incomprensión, de ingratitud. Al rato comenzó a digerirlo todo y a tratar de entender la situación. Se puso a analizar su vida, a buscar alguna razón que le explicase el porqué de aquel mensaje de sus vecinos. Pensó en su vida sexual, en sus descalabros amorosos, en los chicos que se llevó alguna madrugada a casa. Pero no era capaz de encontrar nada lógico, nada de peso realmente como para tamaña humillación. Se negaba que el tema gay fuese el problema, fuera de ciertos círculos recalcitrantes ya había dejado de ser un inconveniente. Su promiscuidad no le importaba a nadie y, en todo caso, no era algo público y notorio.

Javier se levantó de la cama desnudo y se metió en la ducha. Necesitaba que el agua fría le recorriera el cuerpo, le refrescara la cara y le hiciese olvidar. Precisaba olvidar, sentirse limpio y fresco. Aunque no comenzaba el próximo turno hasta después de las cuatro de la tarde, se iría igualmente al hospital. Estaba seguro de que sería bien recibido por sus pacientes, por aquellos que necesitaban más que nada un abrazo, una mirada de compresión y, sobre todo, un tratamiento que les pudiera salvar la vida. Lo otro, era mejor olvidarlo. Sabía que sería muy difícil, pero era la mejor opción. No podía permitirse el lujo de odiar en ese momento. El odio no le llevaría a ninguna parte, y en sus manos estaba en juego la vida de muchas personas. Salió de la ducha y se secó lentamente, al mirarse al espejo vio a un chico normal, espléndido y joven, con unas ganas terribles de amar y ser amado, con las fuerzas necesarias para seguir adelante y salvar el momento.

Doña Juana, la vecina del primero A, una señora de setenta y cuatro años que siempre está pendiente de todos, estaba en su puerta y le dio los buenos días con una sonrisa enorme en la cara. Javier salió a la calle y respiró, feliz.

 

Yom Hernández

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