Impuesta
Aug 1, 2026
Me convencieron de avergonzarme de la única cosa que elegí,
y de estar tranquila con todo lo que no.
Nadie me pidió perdón por el nombre que no pedí,
por el cuerpo que llegó sin consultarme.
Pero a mí se me exige la disculpa
por el nombre que sí elegí,
por el cuerpo que estoy construyendo para mí.
Se aplaude lo heredado,
lo que cayó encima como una lotería que nadie jugó,
y se sospecha de lo elegido,
como si elegir fuera un pecado mayor que nacer.
Aprendí a fingir primero.
Y fingir resultaba sencillo:
tenía la forma que los demás ya conocían,
cabía en los formularios, en las miradas, en las mesas familiares.
Ser yo, en cambio, tiene precio.
El precio es la vergüenza,
esa moneda que otros acuñaron
y que ahora esperan que yo cargue
como si me perteneciera.
Nunca hizo falta sentir vergüenza para fingir.
La máscara encajaba demasiado bien.
La vergüenza llegó después,
cuando elegí conscientemente,
con los años y el miedo puesto,
la única cara que realmente coincide conmigo.
Anhelo el día que invierta la ecuación:
que me dé vergüenza fingir,
y que ser yo no le deba explicaciones a nadie.
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