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impostor

mael

May 7, 2026

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Siempre había dicho que no soy el mejor amigo de la improvisación. No tengo un alma creativa por naturaleza, más siempre aspiré en serlo porque amaba el arte en todas sus variedades. Amo las formas de expresión, pero amarlas me ha hecho compararlas a las relaciones humanas y cómo estas funcionan para que sobrevivan a la tempestad. No bastaba con solo quererlas, algunas obras no las podía entender por sí solas, otras no sabían qué desdicha ocultaba cuando la culpa recaía en mí por no entenderlas en su tiempo y forma. Me veía arremangada por la vergüenza de estar parada y no ir a la misma velocidad que el resto.
« "Tengo que hacer algo"», seguido de un « "pero... ¿qué será?"» me atolondraban.
No tengo una expresión artística de una persona, cuyas ramas de la creación, formación académica o familiar, favorecieran en darle estructura a mi desorden, un nombre, o propósito a ser más allá del cuestionario de su origen. Me quedo muda. Y eso muchas veces se interpretaba como pérdida de tiempo y un silencio incómodo hacia la malinterpretación. Sé que puede mostrarse el esfuerzo e inseguridad de mi joven determinación, más no la calidad que le inculco a mis obras tras finalizarlas como yo desearía, por eso me he sentido tan ajena a los halagos, me siento igual que un impostor con el sabor amargo de no conseguir la satisfacción personal tras una labor. Incapaz de aceptar que estén felicitándome por un logro propio, algo en mí, piensa que quizá lo robé inconscientemente. Me siento inadaptada, preso del sabotaje en su libre albedrío. Soy la viva imagen de un impostor, la mirada de alguien que aguarda un poco de solemnidad en el capullo recién transformado, una idea vaga que atraviesa y consigue darles labia a sus palabras.

Por mera suerte, conseguí sobrevivir a mis veintitantos.

No creo que la premonición de mi yo joven sea lejana, al cumplir más edad, siento que no llegaré a cuestas a la meta. Y ni siquiera comprendo aún por qué siento tan amenazante la idea de seguir existiendo. Sé que debo seguir, pero aún no consigo un motivo que me aliente a continuar sin refunfuñar cada mañana por otro día más.

Durante mucho tiempo mis ojos permanecieron capturados por la tristeza; interpreté ese concepto inconsciente de mí misma, tan lejos de todo propósito, y creí profundamente que parte de esa fealdad me pertenecía por derecho propio. La primera vez que lloré, de joven, genuinamente confié en lo pasajero de mi pueril sentimentalismo. Pensé que la tristeza ilusoria se desvanecería al acabar la adolescencia, pero crecí a una adultez llena de carencias. Me hallo en fotografías donde alguna vez fui parte, donde los temblorosos ojos se muestran sin distracción, y la distinguida luz en la retina de mis ojos parece querer estremecer mi nostalgia con algo más que barro sobre la maleza.

mael

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