El celestial ascenso en la gran pira,
tal y como Marco Antonio lo quiso.
Medio mundo clamando tu nombre,
las lágrimas purificando el alma,
legendaria como los dioses.
. . .
Júpiter acunando tu cuerpo,
ofrenda divina,
herido con sus veinticinco traiciones,
sangrando la herida fatal del pecho,
como Antistius determinó.
. . .
Y renacer,
como un cometa cruzando el vasto cielo,
cual sublime copia en el panteón,
cual divinidad en las mentes de tus seguidores,
borrando esa perturbadora mancha
tan arraigada en la historia de tu tierra,
la presencia de la conspiración
atormentando tu república.
. . .
Porque quisieron evitar tu posible reinado, pero no pudieron evitar,
ni siquiera ante la eternidad de la traición,
tu coronación como dios.
. . .
Y, al final de una era,
al final de todo,
Augusto, sombra y sangre,
recogiendo tu legado,
sembrándolo, patrimonio de tu cultura,
para que vivan así
tus gloriosas hazañas,
por los siglos de los siglos.
Y que así sea,
por la gracia de las deidades.
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