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Ideota

Aug 24, 2026

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Ideota
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Desde que soy muy chico tengo el mismo sueño: ganar el Premio Nobel de Literatura. ¿Te imaginás? Estaría en Suecia, Suiza o donde sea que se entregue. Richard Gere en persona me daría el galardón. Yo ahí, enfrente de los micrófonos, dedicaría el premio: “¡tomá pa vos, abuelita!”. Sí, esa vieja bruja siempre me decía que no iba a llegar a nada. Cómo le cerraría la boca. Además está la guita, porque no solo te regalan una medallita de morondanga, sino que te volvés millonario.

Todo lo que hice en mi vida fue para buscar el prestigioso galardón, desde que estaba en el moisés y mi abuela me reprochaba mi inutilidad. Y venía bastante bien hasta el otro día, cuando me vine a enterar de algo: ¿podés creer que para ganar el Premio Nobel de Literatura hay que escribir libros? O sea, libros, ¿me entendés? Siempre me llevé Lengua a marzo y no sé distinguir entre un adverbio y un sustantivo. ¿Cómo voy a hacer para escribir un libro?

Igual no me resigné. Cuando me enteré de eso, inmediatamente me senté frente al papel en blanco. Algo iba a escribir, aunque fuera una mínima oración, una palabra, un garabato… La cosa estaba complicada. Estuve horas ahí sentado, reprimiendo las ganas de prender la play, y la página seguía intacta. Era como si las ideas me esquivaran, como si se negaran a formar parte de mi futura obra de arte. ¿Qué pasa? ¿Le tenían miedo al éxito? No quedaba otra que salir a buscar la inspiración. Si la montaña no va a Mahoma, etcétera. Así fue que probé con drogas blandas y fumé un poco de goma eva. Después pasé a las drogas duras y me preparé un té de hormigón. Las ideas seguían gambeteando mi cerebro.

“¿Y si cometo plagio? Total, los del Nobel no deben haber leído todos los libros del mundo”. Me dirigí hacia la biblioteca de mi casa y, cuando estuve enfrente de ella, me di cuenta de que no existía. Nunca fui de tener libros, así que no necesitaba un mueble de esos. Sin material para plagiar, sin ideas propias, ¿qué sería de mí? Jamás llegaría la preciada medalla. Estaba lejos de hacerla relumbrar en la cara de mi abuelita. El tiempo le estaba dando la razón a la vieja bruja.

De golpe, mi bolsillo sufrió una ligera vibración. Claro, estaba ahí, servido. Era el aparatito que condensaba toda la información del mundo. Pasé unos minutos viendo tutoriales de Youtube y videítos de Tik Tok sobre la creatividad, la inspiración y el oficio de escribir. Así estuve hasta que un gatito que jugaba con una bola de yute me fue llevando hacia otros horizontes. A las ocho horas, estaba viendo cómo un náufrago pelaba un coco con el machete y decidí cambiar de rumbo.

La inteligencia artificial me ayudaría. Total, todo el mundo la usa. Si García Márquez viviera, seguro le pediría una puntita para su próxima novela. Primero, el chat me dijo cómo hacer para no dejar grumos en el licuado, pero después me tiró un tip interesante: las ideas te asaltan cuando menos lo esperás. A partir de ahí, salí más seguido de mi casa. Me internaba en los callejones más oscuros. Sacaba la billetera y la sacudía en el aire. Vociferaba: “ay, cómo pesa este iPhone”.

Los asaltos brillaban por su ausencia. Estaba jurando que no iba a votar nunca más a las autoridades municipales, que no podía ser la seguridad con la que se vivía en el barrio, hasta que llegó el día. Me picó el bagre, salí al kiosco de al lado a buscar un alfajor y, cuando estaba poniendo las llaves en la cerradura, sentí algo frío que me presionaba la espalda.

—¡Arriba las manos!

Una sonrisa se me dibujó en el rostro y exclamé:

—¡No me digás! ¡Sos una idea!

—Shhh… Cerrá la jeta o te quemo.

—¿Me tirás un centro? ¿No me querés decir qué puedo escribir?

—Claro, después de tantos años el señorito se acuerda de que existo.

—No te calentés. Pasemos a tomar un café y lo charlamos tranquilos.

—¿Tranquilos? Treinta años me tuviste desempleada. Tengo ideitas a las que dar de comer. Las cosas que me obligaste a hacer para sobrevivir no tienen nombre… ¿Por qué no le hice caso a mi hermana y me fui a vivir con ella a la cabeza de Luis Majul?

—Idea querida, nunca es tarde, podemos solucionarlo. Tranquilizate, bajá el arma y charlemos civilizadamente.

—¡No! Me tenés podrida. Dame toda la guita que tengás y ese alfajor. ¿No había de fruta?

Esa fue mi última oportunidad. El tren del Nobel pasó de largo. Jamás volverá a parar en mi estación. Sin embargo, todavía puedo refregar alguna cosa en la cara de mi abuelita. El mundo está lleno de medallitas, estatuillas, copas, rifas, bonos contribución o lo que sea. Por ejemplo, está el torneo de fútbol en la canchita de la esquina. ¿Qué se usaba? Esa pelota ovalada que se calza abajo del sobaco, ¿verdad?

Nahuel Siandro

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