Nos gusta creer que pensamos solos.
Que cada decisión que tomamos nace de algo íntimo,
personal,
irremplazable.
Elegimos qué vestir,
qué desear,
qué defender,
a quién amar,
qué odiar,
qué considerar correcto.
Y aun así, casi todo lo que somos
fue nombrado antes de que pudiéramos elegirlo.
La política nunca vive únicamente en los gobiernos.
Habita la forma en que aprendemos a mirar el mundo.
En aquello que se premia.
En aquello que da vergüenza.
En los cuerpos que merecen ser vistos
y en los que deben esconderse.
Está en las palabras que repetimos sin preguntarnos de dónde vienen.
En el miedo constante a quedar afuera.
En la necesidad de producir,
de ser útiles,
de convertir incluso el descanso
en algo que deba justificarse.
Nos enseñan desde temprano a construir identidades consumibles.
Ser alguien.
Destacarse.
Funcionar.
Y cuando finalmente creemos haber encontrado una personalidad propia,
a veces descubrimos algo incómodo:
muchas de nuestras elecciones
nacieron del deseo de pertenecer.
Porque el poder más efectivo
no es el que obliga.
Es el que logra que una persona
ame aquello que la mantiene obediente.
Entonces aparece la duda.
¿Cómo saber si una decisión realmente nos pertenece?
¿Cómo distinguir un deseo genuino
de uno sembrado lentamente por el miedo,
la costumbre
o la necesidad de aprobación?
Quizá por eso pensar cansa tanto.
Pensar de verdad.
No repetir opiniones heredadas,
no consumir ideas ya armadas
como si fueran identidad.
Pensar implica soportar el vacío
de no saber quién ser
sin todo aquello que otros pusieron antes en nosotras.
Porque incluso la rebeldía puede convertirse en una estética.
Incluso el desacuerdo puede terminar domesticado,
vendido,
vuelto tendencia.
Y una empieza a sospechar
que la libertad absoluta tal vez no exista.
Que siempre estamos atravesados por algo
la época,
el lenguaje,
la clase social,
el miedo,
la necesidad de amor.
Pero tal vez la verdadera libertad
no consista en escapar completamente de esas influencias.
Tal vez consista en reconocerlas.
Mirarlas de frente.
Preguntarse quién se beneficia con nuestros silencios,
con nuestras inseguridades,
con esta sensación permanente de insuficiencia.
Y aun así,
seguir intentando construir una voz propia
en medio de todo el ruido.
Porque quizá madurar
sea descubrir que pensar por una misma
no significa vivir libre de influencia,
sino aprender a notar
cuándo una idea realmente nace adentro
y cuándo solo está ocupando el espacio
donde debería haber una pregunta.
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