Nunca me ha gustado nadie de manera real; todo siempre se basa en la idealización para mí. Imagino a la otra persona mientras pongo un muro transparente entre los dos, un muro que nunca voy a cruzar. Me dedico a contemplar en silencio, a apreciar detalles minúsculos que casi pasan desapercibidos.
No me gusta, pero anhelo al punto de sentir dolor por no poseer. Lo quiero controlar, golpeo mi cabeza, me distraigo, conozco personas temporales y vuelve a mi mente cada que cierro los ojos. Estoy en una espiral, cayendo sin tocar el suelo.
Mi imaginación se vuelve tan intensa que puedo jurar que le toco mientras alucino. Podría observarle durante horas sin emitir un solo sonido, porque quiero memorizar cómo respira; quiero guardar en mi memoria el momento en que su pecho sube y baja cada que el aire entra a sus pulmones.
Es así mi anhelo: nunca amor, siempre obsesión.
Y pienso, pienso en mí deslizando mis dedos sobre su piel. Quiero memorizar con mi tacto porque deseo recordar cada parte de su ser cada que cierre los ojos. Quiero deslizar mi nariz por su cuerpo, presionarla en su cuello y tener por siempre su aroma en mi mente. Quiero poseer todo en mi memoria mientras me vomito en el baño de una estación.
Quisiera apuñalarme ahora mismo.
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