Incluso en mi peor día, tengo la valentía de mirarme al espejo.
Podría entrar al baño apenas me levanto, hacer mis cosas, cepillarme los dientes y fingir que el vidrio que me refleja en formato botiquín no existe, esquivarlo porque es relativamente pequeño, cerrar sus extremos hacia adentro, dejándolo en penitencia, culpándolo de algo que no hizo y seguir el ritual, enjuagarme la boca, escupir en la bacha y sin correr la vista del piso, darme vuelta, secarme con la toallita de manos y salir.
Pero luego recuerdo que hay otros tres o cuatro esperándome por toda la casa. Asique aunque quiera jugar con la indiferencia, tengo que mirarme al espejo, tengo que ser valiente y posar mis ojos en esos ojos que son míos, o parecen míos, reflejados en el vidrio. Luego, inevitablemente me ataca la ternura: la boca se me estira, me sonrío como si el reflejo lo hiciera primero y las neuronas espejo no lo pudieran evitar.
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Incluso en mi peor día, saludo a los perros de las casas que me ladran. Muchas veces me asustan, voy pensando que como ya me conocen no me van a ladrar. Pero ellos son perros, tal vez esperan todo el día para verme pasar y ladrarme, quizás soy la única persona que cuando pasa, a pesar de recibir ladridos, les dice "hola", con esa voz finita, forzada, pensando que así suena uno más amabale. Pero ellos siguen ladrando, babeando, trepando la reja, mostrando los dientes, cuidando la casa. Y yo igual los sigo saludando.
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Incluso en mi peor día, riego las plantas. ¡Cómo sufro cuando veo oscurecerse las raíces de los potus! A veces las enjuago y las limpio con mis dedos, las despojo de esa baba incolora que se produce en contacto con el agua y trato de tener mucho cuidado, pues son tan frágiles que terminan por romperse y luego tengo que jugar a la suerte y volver a esquejarlas a ver si se recuperan.
Me llegó el rumor de que mientras más oscuro sea el recipiente, mejor. Que ponerlos en botellas o frascos transparentes, contribuyen a su corta vida. Pareciera que les da vergüenza andar de exhibicionistas.
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Incluso en mi peor día, intento entender lo que me rodea. Que es sólo eso. No soy yo ni mis sentimientos, ni mis ganas ni mis deseos. Sino lo que me rodea. Que me pertenece porque está ahí, pero nada más. O quizás le pertenece a mis ojos, que lo ven, a todo eso que me rodea. Porque aunque me aleje o me esconda, si miro abarca toda la circunferencia, atrapándome. No me deja salir.
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Incluso en mi peor día, leo al menos diez páginas. No importa de dónde, si es un libro físico, un archivo, un blog o textos vomitados en la aplicación de notas del año pasado. Anoto palabras nuevas y lo hago con sorpresa porque uno que lee se percibe supremo concedor de todos los significados de todas las combinaciones de letras. Y cuando surge alguna nueva, te da por desconfiar, por pensar que está mal escrita, mal tipeada. Pero no.
Esta semana van cuatro: Yerto, Álalo, Uxoricida y Apofenia.
Y pensar que yo sigo enamorada de Abrazadera, Pulular y sobre todo, SOBRE TODO, de Coincidencia. Porque... ¡Qué hermoso ponerle un nombre a algo que en teoría no existe!
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Incluso en mi peor día, tengo piedad con la religión. ¿Cómo enojarse con esa gente que cree que existe un señor barbudo en el cielo, jugando con nosotros como si fuéramos personajes del SIMS? Hasta me resulta tierno e infantil: darle la responsabilidad a un otro de las cagadas que uno se manda acá en la tierra.
Me gustaría saber quién fue el genio que lo inventó. El "Rey del Storytelling". Decí que no existían los Nobel todavía...
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Incluso en mi peor día, amo. Podría odiar, sería lo más fácil, pero significaría levantar una pared de concreto en las ventanas de mi corazón. Y ya sabemos todos que hay que orear los ambientes luego de muchos días de humedad. Sino ese aire caldoso, texturizado, se queda impregnado en las paredes. Paredes de ladrillos como esas que levantan en las puertas cuando hay un desalojo. Siempre me llamó la atención ver en la ciudad un montón de puertas-no-puertas, ventanas-no-ventanas, garantizando la impenetrabilidad.
Luego descubrí el motivo. Todavía me sigue pareciendo una locura. Nadie debería vivir en la calle. Pero el mundo no está preparado para esta conversación... todavía.
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Incluso en mi peor día, sigo eligiendo la escritura. O tal vez debería decir que ella me sigue eligiendo a mí. Yo no la percibo como una obligación. Aunque quizás debería tomármela más en serio. Pero pienso que sistematizarla con pasos y horarios sería como profanarla. Y no estoy dispuesta a cometer semejante crimen. Igual entiendo que para muchos funciona así.
Si no escribo me violento, me pongo triste, me da como algo en la mirada que... no me mires ni me toques.
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Incluso en mi peor día, esquivo a la muerte. La ví llevarse insectos, mascotas, personas, relaciones.
Me respeta, sabe de mis ganas de escribir. De vivir para escribir. O de escribir para vivir... ¡como sea! Y sabe que aunque me obsesiona la curiosidad, nunca tuve la valentía. Ni la tendré. Es a la única que le permito llamarme "cobarde".
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