Me niego a dejarte de querer, me niego a dejarte ir. Pero no me niego a esos efímeros recuerdos que me aferran con ansias hacia ti, que se sujetan a mi pecho como si fueran hogar, tan cálidos como tu nombre resonando con fuerza en mis oídos cada vez que me pregunto si mi corazón tiene dueño. No tengo miedo de mostrarme vulnerable; nunca lo tuve.
No temo al amor intenso, a ese que no pide permiso ni elige, solo se queda en silencio. No temo la profundidad de mi sentir ni perderme algún día entre tus brazos, si el destino lo permitiera. Lo que sí comprendo —aunque duela— es tu miedo: temes esfumarte, romper la costumbre, abandonar el confort de tu soledad, esa que parece bastarte más que el cariño torpe, sincero y desnudo que intento ofrecerte.
Te quedas donde no duele, donde nada te exige, donde no hay riesgo. Yo, en cambio, permanezco, aprendiendo a sobrevivir con todo lo que te di y con lo que aún te doy. Amarte no me genera terror; lo que a veces me quiebra es entender que para ti, soltarme no es una pérdida.
He estado a oscuras, sola durante tanto tiempo que aprendí a vivir en profundidad. No en la superficie donde todo es liviano, sino en el fondo, donde el amor se piensa antes de sentirse. Por eso, desde el día que te quise, no fue por impulso: fue una decisión nacida de años de vacío y de espera. Porque no todo sucede porque sí.
Esa misma experiencia me enseñó a sostenerme. Me niego a no quererte, a dejarte ir, no por dependencia, sino porque llegué a ti por elección. Elegí sentir, no por costumbre, y me quedo en paz sabiendo eso.
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