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A veces creo
que intenté otra vida.

El vapor sube
desde un cuenco invisible
y algo —lo sé—
se ha ido para siempre.

Mi cuerpo es una pieza olvidada
sobre una mesa fría.
Un diente mellado.
Un tornillo que respira en la penumbra.

La casa lo sabe antes que yo:
las puertas pesan,
las ventanas inhalan un aire distinto,
el pasillo nombra ecos
que no me responden.

Desciendo.
Llevo una linterna exhausta
sobre el yeso de mis huesos.
Busco una astilla,
una sílaba adherida al muro.
Algo que diga todavía.

De niño me enseñaron
a cerrar la boca.
El dolor debía tragarse entero,
sin voz.
Esa orden se incrustó en la lengua
como un clavo de yeso.

Cuando la discusión golpea el aire
un cable pelado toca el agua.
Mi pecho chispea.
Las palabras ruedan fuera de la frase,
ruidos, piezas, tornillos
sin destino.

Entonces otra cosa
entra en escena con mi rostro.
Las tazas se astillan,
la habitación adopta
la forma del miedo.

Te veo retroceder.
Te veo.
Y en ese gesto
algo en mí se quiebra suavemente,
como hielo entre la nuca y los hombros.

Después llega la vergüenza.
No tiene lenguaje.
Solo una respiración lenta
que vuelve oscuro el interior del cuerpo.

Yo no quiero ser ese hombre.
No quiero incendiar
las pocas vigas que me sostienen.

Digo —en voz baja,
como si escribiera sobre el aire—:

necesito ayuda.

Lo repito
con los labios cerrados,
con la lengua en la sombra,
con una chispa mínima
ardiendo en la baldosa.

Si alguna mañana
una luz diminuta
se filtra en el cuerpo,

si un tornillo brilla
como una pupila en el suelo,

entonces sabré
que no todo ha caído.

Entonces,
muy despacio,
volveré a entrar en mí.

Y el nombre
—mi nombre—
no se borrará del todo.

Giovanni Battista Manassero

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