Hoy volví a esa vieja casa.
Después de muchos meses, hoy volví a la casa donde crecí.
Después de veinticinco años, la calle al fin está adoquinada.
Con las paredes opacas, la madera picada. El techo está frágil y con grietas como los huesos en las rodillas de mi abuela.
Su cuerpo ha perdido peso, su cabello es ralo y grisáceo.
Por un momento no quería estar allí; esa no era mi casa, simplemente donde crecí. Todo sigue igual: la mesa está en la misma esquina, las sillas se mecen con dificultad y rechinan aún más.
Las manos de mi abuelo ahora tiemblan, ya no son fornidas y su torso ya no es sólido como el de un toro.
Él lleva ciego ya unas décadas, pero ahora se tropieza y pega con el poste que ha estado ahí todos esos años, el que se conocía de memoria, donde está marcada mi estatura y la de todos sus nietos.
La casa es la misma, pero mi abuela no. Ya no le falla una válvula en el corazón, ahora son dos. Su mirada se cierra y camina con dolor, se sienta con cuidado y se levanta en pausas, apoyándose en lo que esté a su lado.
Desde hace tiempo no había podido ir a esa vieja casa, calurosa y dañada. Me rehusaba a aceptar que los pilares que me criaron ya no funcionan igual, y que un día no muy lejano ya no estarán.
Me sentía como una extraña en el terreno que me formó, bajo las luces que me dieron tanto amor y calor.
Tenía miedo de preguntarme qué pasará cuando ya no tenga esta vieja casa, cuando ya no pueda abrazarla, recorrerla y abrir sus puertas.
El cuarto de mi infancia ahora es de alguien más, está de otro color y mis pies no pudieron entrar. Los rincones que rayé fueron sellados; ya no están mis recuerdos, mi reflejo y mis sombras, ni la huella de mi peso de cuando bailaba en la alfombra.
Ya estoy de vuelta en mi casa y tengo un nudo en la garganta.
No puedo dejar ir esa vieja casa. ¿Quién voy a ser sin ella?
Mis años ya me pesan y entre esas cuatro manos que me vieron crecer ya no existe la suficiente fuerza.
No hay peor tortura que atestiguar la muerte de una parte de tu alma, verla deteriorarse y no poder repararla. Ver el resplandor entrar e iluminar las retrateras llenas de momentos que ahora cuestan recordar.
Ellos poco a poco pierden la vida y con ella se llevan la mía, la que tanto les debe, la que los hizo abuelos.
No puedo despedirme de esa vieja casa, no puedo mirarla a los ojos, no tengo las agallas. Se me nubla el sentido y me punza el pecho estar entre sus paredes.
No podés afrontar la muerte, aunque haya sido anunciada. Solo puedo apreciarla y darle las gracias por nutrirme, por darme tanto mientras intento dejar ir la culpa de tener que perder a otros mientras me encuentro a mí misma.
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