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Hoy todos han muerto.

Gio

Jan 8, 2026

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Hoy todos han muerto.
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Hoy todos han muerto y solo quedamos nosotros.

No hay revelación en decirlo. Es un dato, como la temperatura del cuarto o el polvo acumulado en las esquinas. Lo digo para situarnos, para que no finjas sorpresa ni yo tenga que explicarme. El mundo hizo lo que sabía hacer, lo que nos enseñó a ti y a mí desde antes: agotarse.

Te miro desde la distancia justa. Desde el intervalo de espacio en el que todavía se permite el escape, donde la huída no parece la decisión del cobarde, sino del sabio. He pasado años perfeccionando ese espacio entre los cuerpos, ese centímetro invisible donde no ocurre nada pero todo amenaza con suceder.

Ahora, ese conjunto de milímetros no sirve de mucho. Las defensas se me agotan en el momento en que pronuncio tu nombre; las formas de atacar se me acaban cuando recuerdo tu mirada. Sin otra manera de proteger mi psique de tu tan natural forma de matarme, me limito a decir tus apodos, como si al fragmentarte pudiera evitar esas tres sílabas que silencian mi forma de resistir.

Mi silencio no es solemne. Nunca lo fue. Es torpe, lleno de interrupciones que no llegan a decirse. Aprendí a callar antes de aprender a quedarme. Por eso estoy aquí tarde, por eso todos han muerto antes que nosotros.

Te busqué negándote, que es la forma más honesta que conozco de la fidelidad. Te busqué en lo que no elegí, en las decisiones que tomé solo para no parecerme al hombre que habría sido contigo. Siempre pensé que el amor era una casa y yo nunca supe construir nada que no se cayera con el primer temblor.

La promesa de morir joven no era valentía, era prisa. Quería evitar este momento exacto: estar frente a ti sin excusas, sin testigos, sin el ruido del mundo para justificar mi cobardía. Viví más de lo que planeé porque no supe cómo morirme sin dejarte sola.

Ahora el tiempo es una superficie lisa de la cual ya no puedo sostenerme sin tambalear. El dolor en las piernas, las manchas en mis manos, la lentitud con la que pienso: todo lo confirma, el tiempo va ganando. El cuerpo se vuelve un archivo defectuoso, una suma de errores que insiste en seguir funcionando. Me comparo con los hombres que conocí: algunos fueron padres, otros fueron líderes, otros al menos supieron repetir un apellido. Yo fui tránsito, pasillo, alguien que aprendió a irse bien pero nunca a quedarse del todo.

Tú no tuviste hijos. No porque no pudieras, sino porque no quisiste convertir el amor en herencia. Dijiste alguna vez que traer a alguien al mundo era una forma de fe y tú nunca creíste lo suficiente. Yo, en cambio, nunca supe cómo formar una familia; confundí la cercanía con encierro y la rutina con una forma lenta de desaparecer. Nos faltó lo mismo desde lugares distintos.

Ahora que ya no queda nadie, eso deja de ser una falta y se vuelve una coincidencia. Nadie nos reclama. Nadie nos nombra. El linaje termina aquí, como una frase que no necesita punto final porque ya no hay quién la lea

No te pido que digas nada. Tampoco yo voy a explicarme. Hemos dicho suficiente en otras vidas, en otras versiones fallidas de este mismo encuentro. Me acerco no para tocarte, sino para comprobar que sigues ahí, que no eras una idea persistente ni un error de mi memoria.

Y aun así, me quedo. No por esperanza, sino por cumplimiento. Te prometí que cuando ya no quedara nadie, cuando el mundo se hubiera vaciado de testigos y de excusas, estaríamos juntos. No como salvación ni como consuelo, sino como último gesto.

Por primera vez, no siento urgencia de irme.

El cansancio ya no es una amenaza. Es una forma de compañía.

Y hoy, hoy todos han muerto,

incluso tú.

Gio

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