Misma noche reincidente.
Donde la taza sigue tibia, donde mis manos ya no distinguen su trémulo por frío o por exceso de conciencia.
La taza, la mesa, la madrugada: todo es utilería.
Bebo, el día se acerca.
Sigo aquí.
Insomnio letal.
Destroza las esquinas del pensamiento hasta que todo es filo.
Y el cuerpo sostiene ruina viva.
Los ojos no (ad)miran: vigilan.
La mente no piensa: rumia.
Mirar cansa. Pensar sangra.
Párpados en tregua; y el ruido, soberano, no abdica.
•••
Si el sueño es una muerte nimia, entonces el insomnio su antítesis, el némesis del descanso... Me pregunto.
Es como si el tiempo hubiese aprendido una sola frase y la dijera mal,
una y otra vez.
No pertenezco a esta hora, ni a la siguiente.
El día me expulsa antes de empezar y la noche no me reconoce como suya.
Dejé de esperar el sueño.
Espero fallar mejor: que la lasitud se vuelva niebla, que la mente flaquee, que el bucle afloje… aunque sea un eslabón.
A veces el amanecer llega como un veredicto. Otras, como una burla. Y sin embargo —lo perverso— sigo.
Con la porcelana en manos, con los ojos en vidrio, con el pulso cansado.
Sigo, porque incluso el insomnio, en su forma más letal, no sabe terminar lo que empieza. Por eso deteriora: ni siquiera concede un final.
Entonces el cansancio se torna claridad.
Transparencia en aquello que el día disimula. Amanece. Siempre amanece.
El mundo vuelve a armarse sin consulta.
Yo sigo en el centro del círculo, sosteniendo un recipiente vacío y,
una vez más.
Sobreviví a la continuidad.
Insomnio letal.
Letal porque no mata, bajo ironía.
Letal porque obliga a seguir funcionando cuando ya no hay con qué.
Letal porque cada amanecer es una prueba superada que... Dios, no pedí rendir.
Respiro.
Sigo despierta.
Eso es todo.
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