Hay algunos pequeños hombres que viven en un mundo de cartón, con títulos de papel y hambre de poder. Creen ser especiales porque, dentro del reino que imaginan gobernar, pueden tomar papel, crayolas y cinta adhesiva para moldear la realidad a la forma retorcida de sus deseos más impuros.
Hay de esos hombres que, incapaces de sostener la mirada frente a la abrupta realidad, prefieren sumergirse en el río de la fantasía, donde otros curiosos se toman el tiempo de contemplarlos y, por un instante, confunden el disfraz con la grandeza.
Son hombres que levantan templos para venerarse a sí mismos. Se inventan ceremonias, acumulan símbolos, coleccionan reconocimientos y saludos, como si el respeto pudiera comprarse con un mandil, una medalla o un cargo. Ignoran que la dignidad jamás ha necesitado uniforme.
Hablan con la voz solemne de quien cree haber encontrado la verdad, pero olvidan que la verdad tiene una costumbre incómoda: siempre regresa a preguntar cómo se vive cuando nadie está mirando.
Porque hay quien presume fraternidad mientras siembra abandono. Hay quien predica honor mientras colecciona traiciones. Hay quien se presenta como maestro de la moral cuando nunca fue capaz de gobernar el pequeño territorio de su propia conciencia.
Los pequeños hombres suelen confundir el reconocimiento con la importancia. Creen que ser vistos es equivalente a ser admirados, y que ser obedecidos es lo mismo que ser respetados. No comprenden que el respeto nace de la coherencia y que la autoridad moral jamás se decreta.
Por eso necesitan fabricar enemigos. Les resulta insoportable la existencia de quien camina sin pedir permiso, de quien estudia sin buscar aplausos, de quien construye sin necesitar un escenario. Porque toda vida auténtica desnuda la pobreza de una existencia sostenida únicamente por la apariencia.
El problema no es que sueñen. Todos necesitamos una utopía para seguir caminando. El problema comienza cuando el sueño consiste únicamente en verse más altos que los demás, aunque para lograrlo deban pararse sobre una montaña de mentiras.
Y entonces llega el tiempo, ese viejo insurgente que nunca acepta sobornos. El tiempo arranca el cartón de los castillos, humedece los diplomas de la vanidad y deja al descubierto lo único que realmente pertenece a un hombre: sus actos.
Porque, al final, nadie es la silla que ocupó, ni el símbolo que vistió, ni el reconocimiento que colgó en la pared. Uno termina siendo aquello que dejó en la memoria de quienes compartieron el camino.
Y hay memorias que abrazan.
Pero también hay silencios que, sin pronunciar una sola palabra, dictan la sentencia más dura contra un hombre: haber pasado la vida construyéndose un pedestal, sin advertir que lo hacía sobre arena
~Insurgente Alfredo
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