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hojas muertas,

kaen,

Jul 20, 2026

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el olor a café siempre transportaba a laen hacia los recovecos del pasado. lo preparaba de la misma manera que su padre: cerrero. una cucharada cargada de café recién molido, el agua mezclada con una astilla de canela partida con sus propios dedos y aquel trocito de piloncillo que le otorgaba el dulzor del que kaen recordaba quejarse en su infancia, pero que ahora apreciaba replicar con paciencia. ese ritual bastaba para evocar al viejo paseándose por la cocina; era sentir otra vez la textura de aquellos años en los que, siendo apenas un niño de puntillas sobre los mesones de granito, escuchaba la risa de su padre llenando cada rincón. crecer entre constantes mudanzas y maletas hechas a medias nunca había sido su fuerte, pero si algo había permanecido intacto, anclándolo a tierra firme, eran los pequeños detalles que conformaban su primera raíz.

las hojas secas de un ciclo que termina no desaparecen del todo del paisaje; se quedan ahí, formando parte del terreno. de la misma forma perduraban los gestos cotidianos: la precisión con la que su madre acomodaba las tablas para picar cerca de la hornilla, el arte de armar aquella salsa agridulce para sus rollitos de primavera favoritos, o los antojitos del padre a media tarde —con el sol en su punto más alto, el rugido de las tripas y el olor a pan dulce calientito, recién salido de su propia panadería—. aquella memoria no se quedó atrás en el tiempo; cruzó fronteras y se mudó con él a un nuevo país, un territorio donde aprendió a edificar un hogar que ahora, de la mano de su esposo, sostenía con la misma calidez. como si bastara cerrar los ojos para escuchar los pasos del pasado resonando en el pasillo, o sentir que el aliento de quienes lo formaron sigue habitando en cada rincón nuevo.

kaen seguía doblando las telas de la misma manera, eligiendo el idéntico aroma de suavizante para la ropa, amasando con los mismos compases que aprendió de sus progenitores. comprendía que avanzar con la cabeza en alto no significaba dejar atrás lo vivido, sino caminar con ello integrado en el pulso diario. por eso nunca dejaba su sonrisa, ni vacilaba en extender la mano para ayudar o en mantenerse firme sin acobardarse ante nadie. al final, había entendido que la amabilidad abre puertas y corazones, y que aquello que nos transforma verdaderamente —como una canción que sigue tocando en un cuarto vacío— se queda a vivir en nosotros, convirtiéndose en una huella imposible de borrar por más que los años pasen.

kaen,

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