Era extraño que Emma saliera de la casa, sobre todo después de la transformación. A pesar de su aspecto terrorífico, era una criatura muy parecida a cuando era humana. Callada, elegante y silenciosa, buscaba animales enfermos o a punto de morir para alimentarse. Sabía que tenía que proteger su existencia, en esos parajes donde la extrañeza era símbolo de muerte.
Emma entendía la curiosidad inherente de las demás criaturas, sin embargo era muy sencillo que se confundiese con miedo. Esa extraña mezcla creaba violencia desmedida, por eso su raza trataba de pasar desapercibida. Ahora, en estos tiempos de dopamina instantánea, era más sencillo pasar desapercibidos, porque nadie creía en cuentos o transformaciones.
En cambio, ella había vivido entre pociones y transformaciones a la luz de la luna. Vivía entre la lectura de cartas y la sangre de otros. Entre un limbo oscuro, pero repleto de luces cálidas. Ese mundo, lleno de cuarzos, animales disecados y collares de protección, era muchísimo más reconfortante que el otro, donde la gente se mataba sin razones aparentes. Emma tocaba los billetes cuando los encontraba, sin entender por qué los demás podrían matarse por ese insignificante papel.
Por eso le resultaba tan extraño ese humano que le vigilaba los pasos. Tendría que ser idiota para no darse cuenta de que Enrique estaba en cada uno de los lugares que ella frecuentaba. Trataba de alejarse de los demás, hablando entre susurros para que no se le escaparan los gritos terrenales. Sin embargo, el joven continuaba siguiéndola como ella perseguía a la luna en los días que se veía en todo su esplendor.
El colmo fue cuando lo encontró con la pluma en la mano. Quiso increparlo, alejarlo, destrozarlo ahí mismo con sus propias garras. Era la primera vez que el impulso violento de las arpías de antes se apoderaba de su cuerpo tibio. Enrique se salvó por pocos segundos de terminar despedazado, porque Emma concluyó en cuestión de segundos que la sangre derramada sería un terrible problema para ella y los de su especie.
No dejaría, eso sí, que el objeto permaneciera con él. Por eso, salió esa noche de su casa en medio de las montañas, aunque no fuese el día acostumbrado para salir a cazar. Esperaría a que el humano se quedase dormido, para después retirar la pluma y dejarlo sin rastros de su propia existencia. No quería imaginar qué haría si supiera el poder anclado en su plumaje, por eso era imperativo recuperarla.
Se quedó en el costado del árbol que estaba frente a la ventana del muchacho. Desde ese ángulo podría observar, sin que él notase que estaba. Se quedó desde que la luz del atardecer desapareció, siguió allí cuando apareció la primera estrella y continuó en su vigilia alerta incluso cuando la oscuridad se convirtió en manto.
—No puedo creerlo —farfulló frustrada—. Él sigue ahí.
Enrique la estaba esperando, parado frente a la ventana, una estatua vigilante, callada y solitaria, que sostenía su pluma como un tesoro. En tanto, pequeños movimientos y temblores le recordaban que continuaba con vida y no era una figura de yeso. Extrañada, desorientada, pero sobre todo, furiosa, quiso ver cuánto sería capaz de esperar. La respuesta fue la medianoche, cuando el rayo fulminante de la transformación la obligó a desplegar su verdadera naturaleza híbrida. Dejó de ser un pájaro, mostrando sus alas enormes, las garras terribles y las plumas gigantes.
Emma se sintió completamente estafada y extrañada por partes iguales. El humano había resistido incólume hasta ese momento en que se dirigía hacia su cama. Entonces, presa de emociones contradictorias, abrió la ventana y entró al lugar.
Por el ruido ocasionado, Enrique se dio la vuelta, quedando pasmado en su sitio, atacado por violentos temblores que apenas le permitían estar de pie. Emma, aún envuelta en esa aura de violencia, sin embargo, retuvo todas las maldiciones que estuvo a punto de lanzar. Se dio cuenta de la estupidez que había hecho, entonces tomó su pluma y le dijo con todo el odio que tenía guardado en las venas:
—Ladrón.
Al día siguiente del suceso, apenas se puso la luz del sol, Emma recuperó su forma humana y también la sensatez. Consciente, sobre todo, de que Enrique tenía la oportunidad de abrir la boca e invocar el desastre. Tenía que estar preparada, se dijo, para tomar a toda su familia y echar a volar a otros rumbos. Se pasó las manos por la cara, mojando con el agua fría del río. No quería irse de ese lugar, era uno de los pocos donde había sido medianamente normal. Ya era bastante trabajoso abrirse paso entre otros humanos, hechizarlos para que su aparición no fuese motivo de sospechas y comenzar, otra vez, todos los rituales que se asocian con los cambios.
Por eso se quedó en silencio y fue al salón de clases. Esperó a que Enrique la señalara con el dedo, que la detestase, que le temiese y obligase a los otros a hacerle daño. Estaba tan preparada para esa afrenta, que aprovechaba los ratos para rumiar antiguos hechizos de protección, listos para ser lanzados a la primera provocación.
Sin embargo, Enrique no le dijo ninguna palabra. Pasó el día, pasó otro y después el siguiente. El clima de normalidad de otoño, ese que hace que las hojas caigan y bailen frente a los transeúntes, continuó con su normalidad. Emma pudo ir a clases sin sentir los ojos de todos, ni el miedo al rechazo, tampoco el temor de los cuchillos o de los científicos de bata blanca.
Enrique continuaba en silencio. A veces, le dedicaba miradas repletas de significados inconexos, pero en general continuaba con su vida como si nada hubiese sucedido.
¿Acaso él se quedaría en silencio para siempre? ¿Le pediría algo? Emma estaba demasiado ansiosa como para esperar a que él le dijese algo. Entonces, decidida a probar su suerte, fue a terminar con la espantosa espera que la tenía anclada a la ansiedad otoñal.
Ese día Enrique tuvo un extraño presentimiento, quedándose mirando por la ventana, de la misma manera que lo hizo cuando tomó la pluma. Pocas veces pensaba en ese suceso, porque creía francamente que había sido un mal sueño, que se coló por la ventana esa noche. Solo los grandes ojos de Emma, que lo buscaban con desafío y la desaparición de la pluma, hacían que se diera cuenta de que era real, que efectivamente ella era un extraño milagro que se posó en su habitación aquella noche.
Se alejó de la ventana justo cuando eran las doce. La fantástica arpía apareció, con los ojos más terribles que nunca y un reclamo atorado en la garganta.
—¿Qué quieres? —chilló Emma, incapaz de resistirse a ese sentimiento de furia.
Los pies pesados, la boca seca, los temblores, el asombro y la extrañeza atacaron a Enrique sin piedad alguna. La criatura se quedó a la misma distancia, evaluándolo con todos sus sentidos, tratando de calmar las ansias de enterrar las garras para demandar una respuesta.
—Nada —respondió el chico—. No quiero nada.
El aire que desprendió el salto que hizo Emma al retirarse de la habitación dejó a Enrique entumecido de frío, teniendo el efecto de despegar los pies del suelo. Cayó de rodillas, siendo preso del sudor, tomando grandes bocanadas de aire tratando de entender qué había sucedido.
Aún estaba en ese estado de trance, tratando de salir de sus pensamientos fatalistas, cuando una lluvia de hojas secas cayó sobre su rizada cabeza.
—Si las mueles bien —le dijo Emma—, podrías hacer una infusión que te permitirá dormir mejor.
¿Cómo sabía ella que no dormía bien desde que la pluma desapareció? La pregunta relampagueó en la mente de Enrique, quien comenzó a recoger las hojas con lentitud, tratando de no hacer ningún movimiento brusco, para no ahuyentar a la fantástica aparición.
—Gracias, Emma.
—No hay de qué —dijo ella, pero antes de irse lo miró por el rabillo del ojo—. Te veo en unas horas. Trata de dormir.
Atravesó la ventana, alejándose de la casa de Enrique, con la luna en la espalda.
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