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    Historia de un árbol

    May 14, 2024

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    Cuando el cielo ya se estaba poniendo rosado, el niño llegó a su casa en medio del bosque.

    Entornó la puerta y sacó su pequeña banqueta afuera, dispuesto a escuchar el sonido de las piñas cayendo de los árboles.

    • ¡Kevin! ¡Kevin!

    El niño ignoraba el llamado.

    • ¡Vení ya mismo!

    Ésta vez, el niño sintió una fuerte vibración de pasos en el suelo, temió por su madre, se levantó en puntas de pie y entró a la choza.

    Su madre era una mujer muy alta. Se encontraba agachada debajo de un mueble, como buscando algo perdido, de modo que sólo quedaba al descubierto la mitad inferior de su cuerpo, donde el overol que siempre utilizaba para trabajar cubría sus largas piernas.

    • ¡Kevin! -le dijo, mientras se incorporaba. ¿Qué te dije sobre robarle al bosque las cosas que no te pertenecen?

    El niño, que era mudo pero comprendía el sentido de las palabras, enfocó su atención en el pie descalzo de su madre. Ella se agachó y lo tomó de los hombros.

    • Hijo… comprendo tu aburrimiento, pero debés entender que sólo somos pasajeros en esta casa. El espacio es muy grande y al empezar el frío debremos habernos ido.

    Se abrazó a la cintura de su madre, dejándose estar, mientras ésta jugueteaba con sus rulos.



    Todos los días, Kevin se despertaba muy temprano y salía buscar piedras en la orilla del río. Las había rojas, verdes y grises; cada una con un contorno diferente, forjada por el trabajo silencioso de la corriente. Después de un rato se recostaba en el pasto y dormía. Imaginaba piedras volando a través del viento, el viento entre los árboles, el viento avanzando velózmente hasta chocar con el rostro de su madre. Su madre le decía:

    • Hijo, recuerda, el bosque lo ve todo. Los árboles son más viejos que las personas. Su muerte es capaz de poner el tiempo en suspenso. Los pájaros, los animales, el oxígeno; todo depende de su respiración.

    Kevin, sin embargo, era incapaz de razonar la importancia de estos mensajes, porque una sensación mayor lo paralizaba: el miedo. Pensaba que los árboles eran más grandes que él. Su vigor se extendía a través de brazos larguísimos, para culminar en una gran nube llena de hojas, a donde nadie llegaba. Era imposible. Kevin le temía a los árboles. ¿Por esto realizaba tantos rituales? Tomaba las piñas más perfectas, cortaba las flores más nítidas, guardaba cada piedra que durmiera encima de una raíz.



    Una mañana despertó y su madre no estaba. La buscó por todas partes. En la cama, en los muebles, en el río. Caminó pasos muy fuertes para convocar su presencia. Se paró encima de su banqueta y miró hacia todas partes. Cerró la puerta despacio y se internó en el bosque. Volvió a recorrer el río, sus laderas, trepó los árboles y descansó en las mesetas. Intentó llamarla en un sueño.

    Se sacó todas las cosas que llevaba en el bolsillo y las tiró al suelo. Había varias piedras. Una de ellas, la menos gris, comenzó a proyectar un haz de luz que recogía del sol. El hilo amarillo apuntaba hacia un árbol más enano que sus circundantes. Sus ramas eran pocas pero habían criado largas hojas; su corteza, de un tinte amarillo, aún no estaba del todo desgastada por la luz.

    Kevin se acercó despacio y en silencio, mirando a su alrededor en cada paso. Cuando estaba al lado del árbol, percibió un sonido muy agudo y profundo, como un pájaro llorando. Alzó la cabeza al cielo y se sorprendió por cuán inmensa y ancestral era la naturaleza. Pensó en el tiempo en que los árboles seguirían creciendo. Al bajar la vista, buscó el origen  del sonido en todas partes. Palpó las ramas y sus raíces; abrazó el árbol.

    Decidido a continuar la búsqueda, volvió para recoger las piedras. Entonces siguió el haz de luz una vez más. Apuntaba al centro del tronco. Ese tramo de la corteza se diferenciaba del resto del árbol: como astillado por la luz, se formaba un extraño dibujo circular. Algunos centímetros al lado, también por el reflejo de otra piedra, se conformaba un mismo boceto. Kevin pensó en dos ojos, distanciados por un vacío, y buscó una nariz. Más abajo, aún, una rama realizaba una sombra semicircular, como un labio plegado y sonriente. Entonces miró el árbol desde más lejos: dos raíces gordas sobresalían debajo del tronco, y las hojas de las ramas, dispersas como unos rizos, caían sobre la totalidad del árbol, terminando el dibujo de una mujer.

    Kevin, que era mudo, gritó.

    Joaquín Serio

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