Historia de Cartillas
De donde vengo, la mesada, o como quieran llamar al dinero que reciben los niños/adolescentes, no es un hecho. Es decir, ninguna criatura, y esto era todo menor de 18 años que no sabe lavarse sus calzones, como diría mi abuela, recibe plata si no la necesita. Los pesos que podíamos adquirir eran, entonces, proporcionales al esfuerzo que poníamos al limpiar el auto, según el trato realizado por las partes involucradas, o las lágrimas que podíamos derramar de acuerdo al precio de una entrada y una gaseosa para el baile. En su defecto, los pesos los conseguíamos trabajando infantil e informalmente.
A los 13 años me metí en el maravilloso mundo de las ventas por catálogo. Todo empezó como un pasatiempo, me encantaba mirar cartillas y soñar con tener todo lo que se presentaba en sus páginas, Así que para poder tener esas cosas, tenía que empezar a venderlas. Con el apoyo de mamá, solicité unirme a la red de vendedoras locales. Nos reuníamos en la casa de alguna de las representantes; tomábamos algo refrescante, masticábamos algunas galletitas y aprendíamos a colocarnos maquillaje, a vender algún producto y, lo más lindo, podíamos tener suerte y quedarnos con algún producto gratis. De todas las vendedoras, yo era la más pequeña, pero de sueños gigantes.
Vendía una cartilla que ofrecía desde cosméticos hasta libros y utensilios de cocina. Muy pronto me hice de esmaltes de todos los colores y punzones para incursionar en la tarjetería española, así ampliar los servicios a ofreceren un futuro próximo. Tenía clientas fijas: mi madre, que me pagaba todo al costo; mis maestras, que eran quienes más gastaban en la cartilla, ya que usaban los aromas y cosméticos que les vendía; y la mamá de una amiga, quien, para mi suerte, era alérgica a todos los productos de limpieza, salvo a los que yo le ofrecía de una marca con un angelito. Gracias a ellas me mantenía a flote con el mínimo de ventas, pero esto me permitía tener un pequeño ahorro y darme algunos gustitos estéticos acorde a las necesidades de la edad.
Cuando me fortalecí en las ventas de esa cartilla, empecé a incursionar en un catálogo con productos mas caros, orientado principalmente al cuidado de la piel y maquillaje. Comencé a asistir a cursos sobre limpieza de cutis y colorimetría. Todo eso, para poder tener mejores labiales, cremas y ser una Barbie emprendedora. Nunca llegaba al mínimo para ser vendedora independiente, pero le sumaba ventas a otra vendedora y, a cambio, conseguía lo que necesitaba a precio de costo.
Si bien, en general, lograba cubrir los gastos de la caja de productos pedidos, muchas veces era necesario recurrir a mis ahorros y luego recuperarlos cuando las cuentas de mis clientas se saldaban. No era fácil ser vendedora: debía ser constante y requerir, concurrir siempre a principio de mes o luego del incentivo docente para apurar el pago si era necesario, no me gustaba pedir, pero no quedaba otra, yo dependía de esos pesos. Valía la pena tener una entrada monetaria y así comprarme todos los cintos de colores que quería. En un tiempo, era muy fanática de los cintos.
Otro gustito que me di siendo vendedora de "Su" y "Mónic" fue tener la moneda necesaria para hacerle regalitos a mi, en ese entonces, amigovio. Él, muy fan de Radiohead, no conseguía los CDs porque, en ese momento, los originales eran muy caros, y tenías que viajar al pueblo vecino para conseguirlos. Los pirateados de la placita no llegaban, ya que la banda, a pesar de ser conocida, no era la más popular en el pueblo. Y por esto, me tocó hablar con el único que tenía una computadora con internet (modem de teléfono) y grabador de CDs, para que me bajara música de la banda lo antes posible. Compré el CD virgen y él me lo grabó. Así, en una semana, tenía el CD de regalo de cumpleaños para mi primer noviecito, sellado por todos lados con corazones y caritas felices. Por fin, mi trabajo había hecho feliz a otra persona: lo vi reír, abrazarme y llegar al punto de casi dejar caer una lágrima cuando le di su regalo.
Seguí trabajando con las cartillas hasta que ya no pude más; debía prestar más atención a la escuela. Los trabajos que nos ponían en la escuela técnica eran más pesados y el tiempo que estaba dentro de los talleres me impedían realizar las visitas a las clientas. Las obligaciones me apartaron del negocio. Odiaba no tener los recursos y tener que pedirles a mis viejos cuando necesitaba algo, pero muy pronto me hice de otra changa: hacer las tareas a quienes no querían hacerlas a cambio de un módico precio. Pero esa es otra historia, otros ingresos y otras dificultades que más de una vez me costó la cabeza.

Ancla
Solo me gusta escribir para no olvidar los sentimientos o para volver a sentirlos. Gracias por leerme.
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