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Historia de calzones

Aug 11, 2026

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Historia de calzones
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De chico, todo objeto que tocara sus pies se transformaba en una pelota. Desde un bollo de medias hasta una lata vacía, cualquier cosa pasaba a ser el esférico que rodaba por el césped hasta sumergirse en el arco para convertirse en el gol que definía el campeonato del mundo.

Aquel día, caminaba tranquilo mientras repasaba mentalmente la lista de mandados que le habían encargado. De repente, una piedrita se le cruzó en el camino. Ante el mínimo roce con sus pies, esta fue encaminada a toda velocidad a través de las baldosas convertidas en césped. Los motores de los autos que pasaban eran el rugido de la hinchada gritando enardecida su nombre. Los paraísos de la vereda eran recios marcadores centrales que él eludía con habilidosas gambetas. Las hojas otoñales que decoraban la cancha eran los papelitos que llegaban volando desde la tribuna. Iba pensando que este era su día más glorioso como futbolista.

Y lo estaba siendo hasta que levantó la vista. Le llevó un tiempo asimilar que no se encontraba en el estadio de Parque Patricios, ni mucho menos en el almacén del barrio. Era una habitación interior de un local. No reconocía para nada aquel lugar y nunca había estado cerca de las cosas que veía allí: telas, remiendos, hilos, agujas, máquinas extrañas. Todo esto era un gran descubrimiento para él, aunque no fuera otra cosa que la casa de costura del barrio. Estaba apenas a dos cuadras de su casa, por lo que seguramente él habría pasado muchas veces por ahí. Sin embargo, jamás había notado su presencia, quizá porque siempre recorría esa vereda mientras disputaba algún partido imaginario.

Lleno de curiosidad, se puso a recorrer el local. De pronto, una mesa atiborrada de pedacitos de tela lo pararon en seco. Eran nada más ni nada menos que unos pequeños triángulos recién confeccionados, pero en esa aparente simpleza escondían una gran complejidad: había blancos, negros, azules, bordós, lisos, a lunares, rayados, de leopardo, a tachas. En fin, una explosión de colores y texturas cómo nunca había visto en su corta vida. No podía creer la cantidad de universos que se ocultaban detrás de un calzón.

Fue amor a primera vista. Cada día, salía del colegio impaciente por llegar a la casa de costura y seguir aprendiendo todo lo relacionado con el arte de confeccionar ropa interior. Al aproximarse a la adolescencia, se había convertido en un experto. Todos los vecinos del barrio acudían a él para conseguir calzones nuevos, o bien, remendar aquellos viejos y deshilachados. Este joven había pasado a ser la persona más confiable a la cual encargar ese pedacito de intimidad tan importante para la investidura humana.

De a poco, los partidos imaginarios se fueron acabando y el fútbol fue tomando un segundo plano. Algún que otro picadito con sus amigos el fin de semana y nada más. Se podría decir que su vida estaba dedicada única y enteramente a los calzones. Esta nueva y verdadera pasión había desplazado su sueño de ganar el mundial; ahora, lo que realmente anhelaba era llegar a zurcir la ropa interior de alguien importante, quizá un presidente o, por qué no, una estrella de cine.

Sin embargo, la desgracia siempre está esperando a la vuelta de la esquina. Y justo a la vuelta quedaba el bolichito donde tenía que ir ese día para devolver unos slips que le remendó al bolichero. Le gustaban los tangos que estaban interpretando unos guitarreros en ese momento y decidió quedarse a escuchar mientras se pedía una caña. A algún parroquiano se le ocurrió mencionar que el costurero de calzones del barrio entonaba lindos boleros y lo animaron a cantar. Él lo hizo con cierto desgano, pues ya se estaba demorando mucho y quedaba trabajo pendiente. Desafortunadamente, en el boliche se encontraba de paso un productor musical de una de las disqueras multinacionales más importantes del país y se acercó para convencerlo de que el canto era lo suyo, que su voz era especial para la música romántica, que si grabara un disco que fuera colocado en las bateas de todo el país se volvería número uno al instante.

Así fue. Grabó un disco y se volvió tremendamente exitoso. De la noche a la mañana era un cantante famoso. Sin darse cuenta, ahora su vida estaba atravesada por cientos de obligaciones contractuales. Su particular voz y sus pegadizas baladas románticas impactaron tanto al público que tenía que grabar, por lo menos, un disco por año. Esto también causó el crecimiento de la cantidad de conciertos que debía brindar. Al principio, eran unas pocas actuaciones en teatros barriales, pero poco a poco comenzaron las giras: primero hacia las provincias argentinas, luego hacia Latinoamérica. Finalmente, el mundo entero clamaba por su música. Tanta popularidad atrajo las miradas de personalidades importantes, tales como famosos del cine y la televisión, empresarios, políticos, que lo invitaban a banquetes, ágapes, fiestas y todo tipo de eventos exclusivos.

Ante el éxito rutilante, ¿quién tiene tiempo para zurcir calzones? Allá lejos fue quedando aquella vocación, la verdadera. Cada estadio que llenaba, cada evento exclusivo que amenizaba, cada gira internacional que concluía, solo servían para cubrir un pensamiento que lo angustiaba hondamente: cuánta ropa interior se estaba perdiendo de confeccionar. Ahora jugaba al fútbol con presidentes y estrellas de cine, pero esa angustia no desaparecía.

Una noche, estaba brindando su décimo cuarto Luna Park de ese mes. Era el momento cúspide del concierto, cuando cantaba una de esas baladas que despertaba la euforia del público. De pronto, un objeto terso y liviano cayó sobre su cabeza. Cuando llevó su mano para retirarlo, el mero contacto con su piel lo transportó inmediatamente a cientos de recuerdos queridos. Al despegarlo de su cabello engominado para posarlo frente a sus ojos, comprobó que se trataba de un culotte beige. El contacto con la vista intensificó esa memoria emotiva y no pudo evitar que se le cayera una lágrima, que fue interpretada por los presentes como una interpretación sentida de la canción.

Esa prenda no fue ni la primera ni la última que le fue arrojada desde el público. En todos los conciertos había por lo menos una persona que en algún momento de euforia depositaba cual proyectil su ropa interior sobre el escenario. Al terminar de cantar, él mismo se encargaba de recoger cada calzón y de guardarlo para llevarlo a su casa. De esta manera, fue construyendo un pequeño santuario en una de las habitaciones de su casa. Era una especie de museo personal, donde estaban expuestos tras vitrinas los distintos calzones recolectados durante sus conciertos. Allí podía encontrar la misma variedad que lo deslumbró en aquella casa de costura: blancos, de colores, lisos, a lunares, rayados, de leopardo, a tachas…

No era solamente un museo personal. Era el espacio donde se reencontraba con ese niño que iba corriendo tras un sueño y sin querer encontró uno nuevo. Era donde volvía a mirar con esos ojos infantiles a los que se les abría todo un mundo inexplorado. Era donde volvía a su recuerdo cómo el sueño de la niñez iba convirtiéndose en una verdadera pasión durante la adolescencia. Era donde se reconciliaba con él mismo y su carrera frustrada por culpa de los designios del destino. Era el lugar donde ya no renegaba de ser Sandro.

Nahuel Siandro

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